Atravesando la oscuridad
ConciertosRocío Márquez & Pedro Rojas Ogáyar ...

Atravesando la oscuridad

9 / 10
David Pérez Marín — 30-06-2026
Fecha — 25 junio, 2026
Sala — Teatro Cervantes / Málaga
Fotografía — David Pérez

Teníamos muchas ganas de presenciar la puesta en escena de Himno Vertical(25), el último trabajo de Rocío Márquez junto al guitarrista Pedro Rojas Ogáyar y, aunque el tiempo y la distancia seguían imposibilitando consumar ese deseo, hoy tocaba romper la kilométrica barrera volando a (como cantaba Morente) esa Málaga la bella que siempre nos recibe con los brazos abiertos. Y es que, entre todos los marcos posibles, elegimos uno de nuestros templos musicales preferidos para saldar la deuda, donde hemos disfrutado de decenas y decenas de noches memorables, de Lou Reed a Patti Smith, de Wilco a John Mayall, de Rocío Molina a Silvia Pérez Cruz… el Teatro Cervantes. Así, en la mejor de las compañías, nos adentramos en la oscuridad resplandeciente de una propuesta introspectiva en la que, con la pérdida y el duelo como epicentro y motor primero, la poesía, el cante y la experimentación se abren paso entre grietas y heridas, trascendiendo a los propios artistas como pura luz sanadora. Voces que comienzan a llegarle a Rocío y Pedro “desde adentro”, en forma de energía dictada, recorriendo cada una de las pistas del álbum en un concierto que es ritual vital y transformador, trance individual y colectivo en el que, “desandando lo andao”, la ropa y hasta el cuerpo arde por seguiriya espectral, rasgando el silencio y fundiéndolo en la garganta de Rocío y en las seis cuerdas de Pedro.

Este réquiem (que celebra la vida) al que estamos teniendo la suerte de asistir, sigue intentando que “toitas las penas que nos afligen sean elección”, transitando y cruzando la sombra, el vacío y el dolor de la ausencia con oníricos “dictados”, en los que la performance y cante de Rocío es metamorfosis creativa sin pausa, danzando en el susurro, encogiéndose y estirándose hasta explotar por los aires, ya sea al natural o mutando electrónicamente. De “Apariencia”, fandango que eriza hasta las paredes del teatro, a una “Sombra” por soleá que nos deja sin aliento y todavía nos estruja el lado izquierdo del pecho: “Voy a vivir la sombra desde el adentro, voy a salir de ella gota a gota y la luz saldrá a mi encuentro”. Nos perdemos este fin de semana a Marc Ribot y sus Ceramic Dog en el Jazz Vejer, pero Pedro Rojas Ogáyar continúa exprimiendo guitarra flamenca y eléctrica con la misma maestría y crudeza que el músico de New Jersey, mientras Rocío se arrodilla en cruz frente a los focos y descompone su voz, o canta y danza por verdiales descalza, con mono de cuero negro y falda de colores que transforma en túnica, tela en la que se esconde y desaparece para volver a renacer una y otra vez. Exorcismo performativo y sonoro que termina por arrancarnos más de una lágrima con una “Ausencia” a corazón abierto, malagueña descarnada y bellísima a reventar, en la que la guitarra de Pedro resplandece hasta cegarnos y Rocío vuelve a demostrar porque es la voz a batir, encogiéndonos el alma en una interpretación que deja las marcas de su quejío grabadas en la pintura de Bernardo Ferrándiz del techo para siempre.

Cogemos aire y nos regalan dos vidas extras, primero con una guajira que es fantasía infinita, expandiendo mil colores y aromas en la oscuridad, “Vuelo”; y luego rematándonos con “Aire” (tras tirar y descolgar la tela del escenario, rodeada de flecos luminosos), tangos en los que nos habríamos quedado a vivir la eternidad y un día, con un estribillo que nos persigue desde la primera escucha y ese desenlace en el que parten el cielo en dos y la luz vence la partida: “Trae prisa la oscuridad, que solo si la atravieso se calma mi tempestad”.

Nos vamos por bulerías y dictado “finale”, con ambos músicos flotando y vaciándose sobre las tablas, y esas “flechas que se arrepienten nada más echar a volar”, un “Destino” en el que late la filosofía del proyecto y la manera de entender la creación de estos dos artistas: juego sin meta y amplitud sin límites. La liturgia de flamenco y experimentación llega a su fin y un punto de luz se derrama como una cascada en la oscuridad, con el rostro de Rocío sumergiéndose y atravesándola, subrayando que “no importa que el dictado no sea significado con un significante, ni que no esté firmado ni que lo comprenda nadie”. Y es que, como esas flechas por bulerías que nos atravesaron a la primera, “muchos comprenden tarde que el destino está en el vuelo y no trae cuenta clavarse”. Eso es el arte y la vida, eso es lo que acabamos de presenciar durante poco más de una hora en este teatro: sentimientos inabarcables que te impactan sin preguntar ni responder.

Y si en las presentaciones de su anterior trabajo junto a Bronquio, el sobresaliente “Tercer cielo” (22), se marchaba cantando a los cuatro vientos aquellos famosos versos de Mairena por toná (“Aquel que se va, / va diciendo en el silencio, / ¡qué grande es la libertad!”), ese vuelo como destino sigue siendo el único camino creativo posible y, a capella, tras la ovación y con todos en pie, como el agua clara que baja del monte, “No siento pena ninguna”, fandanguillo de El Carbonerillo: “No siento pena ninguna / porque el mundo me critique, / no siento pena ninguna; / yo soy águila imperial, / y mientras tenga una pluma / no dejaré de volar”.

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