Las entradas, agotadas desde hace semanas; la sala, acondicionada con sillas para seguir el recital sentado; y el silencio, sepulcral, antes de la entrada de la artista. En Donostia-San Sebastián había ganas de tomarle el pulso al último largo de Rocío Márquez: "Himno Vertical". Un trabajo producido en menos de dos meses a partir de sesiones de improvisación con el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar, que ambos artistas diseminaron en la sala Kutxa Fundazioa de Tabakalera el pasado sábado dentro del ciclo “Bizi ala Iraun”.
En este punto de su carrera, el flamenco de Rocío Márquez es ya Su flamenco. Porque si con su disco "Tercer Cielo" (2022) ya abrió la puerta a un universo propio dentro del género, con "Himno Vertical" consolida esa obra personal y única suya, según fuimos testigos en San Sebastián.
Durante la actuación para presentar su octavo disco, los recursos de la cantante y el guitarrista no atendieron a fronteras de género. Él, con guitarra eléctrica y pedales. Ella, emitiendo sonidos guturales, alternando declamaciones con cante, con susurros, y con sonidos producidos con la lengua. Y los dos, con un un reverb y un juego de luces que nos llevó a pensar, en más de una ocasión, que en vez de una sala chiquita estábamos en un amplio espacio donde los sonidos nos atravesaban de pies a cabeza.
Abrieron el espectáculo con el "Dictado 1", y durante la hora y media de concierto trasladaron con fuerza los temas de "Himno Vertical". A ratos íntimos, con un acompañamiento mínimo de guitarra y Rocío hablando, que no cantando, sobre los acordes. A ratos explosivos, con una amplificación de la guitarra y unos quejidos mantenidos de Rocío, sobre un potente baile lumínico.
Alternando palos nos hicieron partícipes de ese viaje durante el que ambos artistas han explorado el duelo. Porque estas once piezas, inspiradas en la poesía mística de Roberto Juarroz ("Poesía vertical" fue el libro de cabecera de Rocío mientras trabajaba en este largo, de ahí el título, en honor al poeta argentino) nació como el ejercicio de Rocío de sentir cerca a una persona querida que acaba de perder a través del arte.

Con ese impulso de tender puentes entre lo terrenal y lo divino, la cantaora ha autoproducido por primera vez un disco suyo, después de casi dos décadas de carrera, y de muchos años de la mano de Universal. Así, la grabación del álbum, según confesó a la audiencia donostiarra, ha consistido en improvisaciones con el guitarrista, que fueron grabando impulsivamente. De este modo, la cantante se ha permitido experimentar con el flamenco según se lo han pedido las entrañas. Y el bolo de Donosti no fue sino el reflejo de ese trabajo intuitivo, ajeno a las normas técnicas, que conectó con las emociones del público de inmediato.
Se despidió entre ovaciones la artista cantando a capela, sola, y ya de pie, una última pieza a sus devotos antes de perderse tras la escena. Un cante que, como el concierto en su totalidad, era flamenco, porque, como ella dice, “el flamenco será todo lo que los flamencos y las flamencas queremos que sea”.
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