Steven Spielberg, el hombre que hizo que el mundo entero tuviera pánico a los tiburones, vuelve a demostrar, en cambio, su amor por los extraterrestres en “El día de la revelación”, film que no solo es un compendio de su cine sobre la existencia alienígena, sino también una llamada a la reflexión en el convulso mundo actual, aquí situado en el umbral de una supuesta tercera guerra mundial.
No le pidamos al autor de “E.T.” o “Encuentros en la tercera fase” análisis sesudos sobre la política de nuestros días. Su mirada y sus intenciones son las de Hollywood: un mensaje tan bienintencionado como naíf y encapsulable en una galleta de la fortuna. Sí se le puede exigir al responsable de la trilogía de Indiana Jones un espectáculo de primer orden. Y eso es lo que ofrece en “El día de la revelación”, largometraje frenético con un par o tres de secuencias asombrosas e ingeniosas e interpretaciones excelentes, algo no siempre habitual en películas de tan evidente objetivo comercial.
Colin Firth sorprende como un poderoso villano de despacho, casi siempre sedente y cuyo radio de acción se circunscribe a un par de baldosas teletransportables. El actor añade a su conocida elegancia british esa terrorífica y cautivadora capacidad intimidatoria propia de los malvados para el recuerdo. Sin embargo, la dueña de la función es Emily Blunt, con una interpretación radiante que modula el ritmo de la cinta y sus cambios de tono. Encarna a una pizpireta presentadora del tiempo de una cadena local con inesperados poderes para entender –en su acepción más amplia– a los demás, humanos o no. Desencadena los momentos más emotivos de la película, administrados con cálculo y sin regodearse en la sensiblería.
Igualmente, Blunt es portadora del humor de la cinta, ingrediente luminoso que el guionista David Koepp, uno de los habituales de Spielberg –suyas son “La guerra de los mundos” y “Parque jurásico”– utiliza con inteligencia; recurre incluso al slapstick en una de las escenas más logradas, en un hangar.

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