Sins
DiscosThe Soulbreaker Company

Sins

8 / 10
Kepa Arbizu — 11-06-2026
Empresa — Discos Macarras
Género — Hard Rock

Si meritorio resulta encontrar un registro propio entre el masificado ecosistema musical actual, mucho más lo es alcanzarlo a través de un proyecto alimentado por la inquietud y en una constante mutación. Si a eso le añadimos la inmediatez que caracteriza a unos tiempos actuales sedientos de derrocar cada día a sus apresurados ídolos para escenificar una nueva e inédita reverencia, ocho años de silencio discográfico se antoja como un espacio de tiempo casi insalvable para el almacenamiento de la memoria colectiva. Condicionantes todos ellos que rodean al esperado, y postergado, nuevo disco de The Soulbreaker Company, “Sins”, y que son salvados por un lanzamiento que demuestra el valor acumulado por una propuesta original y consistente, ajena gracias a su solvencia a cualquier determinante coyuntural. Por si fuera poco, y dada la natural condición de la banda por abrir horizontes en cada paso afrontado, el largo intervalo discurrido desde su predecesor, “Sewed with light”, no se salda con una presumible sofisticación en su sonido, al contrario, su paso adelante se materializa en un cancionero de espíritu orgánico, renunciando -al menos en parte- a sus intricados desarrollos para alisar el camino a base de ritmos urgentes y directos.

Como toda existencia, y la de un grupo no es diferente a la de cualquier otra especie, su trote avanzando por el calendario deja huellas, y en el caso de la formación gasteiztarra derivan en un intercambio de integrantes para la ocasión, dejando su hueco Andoni Ortiz y Asier Fernández a las incorporaciones de Guille y Lasto. Pero tan asentada se percibe la identidad de este combo que el trueque de integrantes no altera, o por lo menos no más allá del lógico carácter identificativo buscado por estas composiciones, su idiosincrasia, que persiste entorno a ese hard rock clásico de regusto psicodélico conjugado por el sombrío aura noventero y unas estructuras rítmicas complejas. Factor este último que, si bien rebaja su protagonismo en este episodio, no altera una ecuación que sigue resolviéndose en construcciones epopéyicas donde su latido retumba bajo una incesante alteración de sus constantes, haciendo que la extensión de cada tema signifique atravesar un fascinante mapa de climas dispares.

En aras de encontrar el mejor entorno para formular ese tipo de sonido, el quinteto ha hecho parada en los míticos estudios Electrical Audio, de Chicago, fundados por Steve Albini y en buena medida responsables de dar cabida a lo más insigne del rock alternativo. Una nómina a la que ahora se incorpora la formación vasca, que en absoluto pretende esconder el poso depositado en su mirada, y especialmente en este álbum, de aquellas décadas donde se fraguó el indie primigenio o el grunge. Un espacio contemporáneo que en comunión con un acerbo más setentero, encarnado por representaciones del género a las que gustaba de retorcer su naturaleza, ya sean Captain Beyond, Atomic Rooster o Budgie, genera un espacio tan peculiar como -a estas alturas- identificativo, casi tanto como la interpretación siempre tensa y emocional de su cantante, Jony Moreno, portavoz- sobresalientemente escoltado- de un repertorio que en forma y fondo enarbola una absoluta exaltación de sentimientos.

Irónicamente, o no, esa fila de hormigas que siguen a un patrón de manera acrítica, sin interrogarse sobre si el destino lleva al paraíso o al infierno, retratadas en una “Ant Row” que cuenta con unos fraseos eléctricos cargados de la afligida épica de Soundgarden, hace de primera muesca en una brújula que en muchos momentos parte hacia un espacio habitado por coetáneos de la banda de Chris Cornell. Porque tanto “Abd Al-Rahman”, y esa majestuosa melancolía que hace de inmejorable vestimenta para el idílico responso en manos de la belleza arquitectónica que predica, como sobre todo una excelente “Beginning of the End”, ensartada por un vigor doliente, parecen no esquivar su hermanamiento con la profundidad de los más intimistas Pearl Jam. Un dinamismo que deriva en barniz melódico, especialmente asequible, en “In Rome” para hacer del legado de Led Zeppelin o Jimi Hendrix, orientándolo hacia un territorio evocador formulado bajo la consistencia de unos Graveyard, un viaje con escalas hacia esa ciudad eterna transformada aquí en un Edén donde nunca olvidar que un día se fue feliz.

Pero si algo, en cuanto a esencia conceptual, distingue a esta banda es su capacidad para morar con absoluta solvencia en un paisaje repleto de contrastes. Un juego de antónimos que se percibe en toda su magnitud en “Road and Bread”, donde el romanticismo y los heroicos lamentos dialogan constantemente, una conversación que también tiene su cita en “Be on the Run”, haciendo que riffs de sutil color transmuten en rocosos e impetuosos. Si la más acústica y relajada “Reaching the Dragon” ocupa el ecuador del álbum, significándose como un relativo oasis de sosiego, a sus lados aparecerá flanqueada por el embrujo luciferino al que es sometido el arraigo funk por “Ten Thousand Years” mientras que “On Jupiter” oficia bajo una envalentonada y fanfarrona dicción que conduce hacia un soberano y contundente estribillo, que cargado de sarcasmo sugiere innovar en el plano amoroso y convertir en una gigante alcoba ese lejano planeta.

“Sins” se desprende de los grandes y sinuosos relatos sonoros previos de la banda para, sin alterar en absoluto su ADN, escribir párrafos bajo una caligrafía más clara y concisa. Una imponente expiación de pecados a través de épica crepuscular y riffs de granítica consistencia, un proceso que obtiene un imponente resultado que agita su verbo apocalíptico para hablar de señores de la guerra y bosques en llamas pero que igualmente susurra para revelar la existencia de refugios inmunes a las sombras.

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