Qué entrañable y noble grupo es The Aggrolites. Destinados a ser soldados del underground, el grupo californiano de dirty reggae vuelven con “Super Atomic”, un álbum que representa a la perfección el momento del grupo: ya veteranos, conocedores con creces de su propio juego (aquello del dirty reggae les pertenece luego de mencionar así a su álbum debut, pero también más allá de eso porque pocas etiquetas son tan representativas) y con el objetivo clarísimo de ofrecer los grooves más contundentes y orgánicos del condado.
“Super Atomic” no deja espacio sin llenar. Como un pelotón de luchadores del groove, el quinteto da siempre en la diana y más allá que el cantante Jesse Wagner esté en estado de gracia hasta los temas instrumentales cumplen con sus cometidos.
Para quienes no estén muy enterados de la coyuntura que rodea al grupo, Aggrolites se ensalzan en el sonido del early reggae, el soul de Toots and the Maytals y por qué no, en el Northern Soul británco. La influencia isleña es clara y palpable, tal es así que hasta suenan holliganescos en “Boots on the Terrace” donde el ska domina la escena.
Si The Aggrolites fuesen un animal, serían un adorable bulldog de 35 kilos: dulce, juguetón, divertido y cuidadín con que se cabree.
La energía de su directo (otro de los laureles del grupo) se refleja en cada tema de este disco en especial los más animados “Duck Pon Pond” (junto al skaman angelino Man Like Devin), “Live By The Code” con un atrapante spoken word de Wagner y “Super Atomic” de impoluta energía de raíz.
Mención aparte al juego que ofrece el Hammond de Roger Rivas, siempre llevando el timón con estilo y giros excitantes.
Los trayectos de tiempo entre lanzamientos suelen ser un causal de ansiedad en los fans de Aggrolites, pero cuando las devoluciones tienen este nivel (o el del sólido “Reggae Now” de 2019 que llegó ocho años después de su predecesor), la espera siempre merece la pena.
Podrá sonar cliché en 2026, pero un disco así de laborioso y que evidencia su tracción a sangre compás tras compás es un manifiesto pro humanidad. No sé si es tanto un producto hijo de la inteligencia natural, pero sin duda lo es de una pulsión cardíaca con enorme sentido del ritmo.
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