De gira mundial dentro de un festival


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De gira mundial dentro de un festival



8 / 10
Miguel Amorós — 30-06-2026
Fecha — 27 junio, 2026
Sala — Zona histórica Loulé (Portugal), Loulé
Fotografía — Alejandro López

El Festival Med.26 califica de éxito esta nueva edición y nosotros lo corroboramos. Se trata de un evento ejemplar que lleva veintidós años centrando su programación en las músicas que pueden encontrarse en todos los rincones del mundo. Una mezcla inteligente entre nombres consagrados y otros por descubrir para el gran público, pero de calidad contrastada. Un referente a nivel europeo gracias a su apuesta por la diversidad cultural, el entendimiento y la unión entre los pueblos.

Sinceramente, y dada la gran cantidad de festivales que se celebran, es un placer poder recomendar uno tan disfrutable como este. Y no es únicamente mi opinión: otros festivaleros e incluso los propios grupos que asisten lo corroboran. Sin mencionar los múltiples premios que ha ido recogiendo y que reconocen su labor. Como ejemplo, los conseguidos este año: premio al mejor programa cultural de la península ibérica y premio nacional a la seguridad en eventos.

Como ya hemos contado en otras ocasiones, el festival se desarrolla en el casco antiguo de la preciosa ciudad de Loulé, al sur de Portugal. Cinco escenarios (palcos) distribuidos por calles y plazas donde también pueden encontrarse espectáculos itinerantes de circo, danza, batucadas, fanfarrias, etc. Además, hay exposiciones, espacios para relajarse y socializar con DJ de lounge, mercadillos de artesanía e instrumentos musicales, lugares dedicados a los niños y niñas donde realizar actividades, un escenario dedicado al jazz, otro a la música clásica... Todo ello convive con los grandes conciertos. Un festival que reúne a un público familiar durante las primeras horas del día y a otro más joven y apasionado en las noches y madrugadas.

Pero entremos en materia y repasemos lo que se pudo vivir musicalmente durante esos tres días.

Jueves 25 de junio de 2026

Todo empezó con dos propuestas portuguesas, pero muy diferentes entre sí. En el Palco Chafariz, donde los conciertos se disfrutan sentados sobre el césped, actuó Sangue Suor, un proyecto basado en la unión de tres bateristas. Aunque el planteamiento pudiera sugerir otra cosa, fue un diálogo a tres en el que las bases electrónicas se unieron a las orgánicas, dando como resultado un sonido más ambient y experimental que melódico, y sin florituras.

En el Palco Cerca, el escenario central, apareció Vitorino, una de las voces más emblemáticas de la música portuguesa contemporánea. Sin entrar en comparaciones, podríamos hablar de una figura del talante de Paco Ibáñez. Ante un público veterano y sentado, este superviviente artístico de la Revolución de Abril y testigo vivo de medio siglo de música, libertad y democracia, revisitó sus clásicos, fusionando la tradición alentejana y la poesía popular con nuevos sonidos. Su actuación sustituyó a última hora la baja por enfermedad de otro clásico, Sérgio Godinho.

Apenas pudimos disfrutar en el Palco Castelo de Lala Tamar, israelí de madre marroquí y padre brasileño. Esta cantautora, poeta, intérprete de guimbri y bailarina, que canta en árabe, amazigh, español, portugués y haquetía (el particular dialecto del ladino que se habla en el norte de Marruecos), recupera canciones ancestrales del norte de África desde una mirada femenina, aportando además el hechizo del trance gnawa.

Y apenas la vimos porque, en el Palco Hammam, situado en la recogida terraza de los baños turcos, el dúo formado por el senegalés Ablaye Cissoko y el francés Cyrille Brotto hipnotizó a los privilegiados que ocuparon las pocas sillas que cabían en ese espacio. La combinación del acordeón diatónico de Brotto con la kora y la cálida voz de Cissoko, es de tal calibre, que resulta imposible escapar de su encanto. Ningún instrumento se impone al otro y, juntos, crean una especie de música de cámara afroeuropea íntima, con toques de improvisación jazzística, pero profundamente arraigada en la tradición. Puso la piel de gallina el discurso de Cissoko sobre el sufrimiento de los inmigrantes que fallecen en esos tortuosos viajes hacia la tierra prometida y la canción que dedicaron a esa tragedia.

Pero si algo tiene este festival es que pasas de la relajación a la excitación en cuestión de minutos. Asian Dub Foundation ya estaban tocando en el Palco Matriz, el escenario de mayor aforo, lanzando esas proclamas que siguen plenamente vigentes. Aunque en la actualidad ya no tengan la fuerza de antaño, Steve Chandra, con su guitarra flotante; Jamil Ahmed, al bajo contundente; y Nathan Flutebox, con su flauta y su beatbox, constituyen el núcleo de la banda, pero los dos nuevos MC no poseen el mismo carisma que Aktarv8r o Ghetto Priest. Pese a ello, clásicos como “Naxalite”, “Flyover”, “Rebel Warrior” o “Free Satpal Ram”, con la que cerraron, fueron recibidos con entusiasmo por el público.

Tras ellos, la gracia y singularidad de la brasileña Tulipa Ruiz resultó balsámica. Acompañada únicamente por su hermano Gustavo a la guitarra, fue desgranando ese estilo que ella misma ha dado en llamar “forest pop”: una encrucijada entre la MPB, el pop y cierta psicodelia tropical, con letras impregnadas de un humor y una sensibilidad muy personales. Pero lo principal es esa voz de timbre impactante y vibrato pronunciado, capaz de pasar del susurro al grito sin perder su identidad. Lo demostró en temas como “Efêmera”, “Novelos” o, especialmente, en la irónica “Proporcional”. Una artista a seguir.

Quienes sí cuentan con una legión de seguidores son los californianos Groundation. Este festival siempre ha reservado un espacio para el reggae, y en ese estilo esta banda ocupa un lugar especial. Se dice de ellos que, más que una banda, son un movimiento, y los numerosos seguidores que acudieron así lo demostraron. Hasta nueve músicos sobre el escenario dieron una solvencia espectacular a ese reggae con toques de jazz y ritmos globales que, en sus manos, se convierte casi en un ritual. Harrison Stafford, fundador del grupo, lanzó un “cantamos por amor, pero también por justicia” e inundó con sus buenas vibraciones a todo el público que llenaba el espacio frente al Palco Matriz.

Groundation

Tras la certeza de la eficacia del reggae, la sorpresa del día llegó con Lalalar. Desde Turquía vienen surgiendo desde hace un tiempo propuestas muy interesantes. Una de las que ha conseguido traspasar fronteras es la cantante Gaye Su Akyol. Algunos de sus músicos forman parte de este cuarteto que mezcla la música de sus raíces anatolias con psicodelia y electrónica. El resultado es una propuesta oscura, sustentada sobre unas bases funk muy marcadas y claramente orientada a la pista de baile, pero con una contundencia que remite incluso al rock industrial y al punk de unos Nine Inch Nails en sus mejores tiempos. Causaron auténtica locura y desenfreno. Otro nombre del que, sin duda, seguiremos oyendo hablar.

Cerraron la noche los polacos Dikanda, que se mostraron enormemente ilusionados por tocar por primera vez en Portugal. Alguien del público comentaba que, a falta de Goran Bregović —que cayó del cartel—, buenos eran ellos. Y me atrevo a decir que no tienen nada que envidiarle. Se trata de una magnífica banda polaca de música balcánica y gitana con más de veinte años de trayectoria. Al frente, Anna Witczak-Czerniawska, alternando acordeón y percusión, claramente inspirada en la desaparecida Esma Redžepova y poseedora de una poderosa voz en romaní. La acompañan otra voz femenina, violín, trompeta, guitarra, contrabajo y percusión. Su directo posee toda la energía de las grandes bandas balcánicas, pero también una notable sutileza. Pusieron a sus pies al numeroso público que llenó esta primera jornada del festival.

Viernes 26 de junio de 2025

Con más público que el día anterior a esa misma hora, Daniel Kemish & Friends fueron los encargados de abrir la programación musical del festival. Y lo hizo el propio Kemish, aunque desde un balcón cercano al Palco Chafariz. Después bajó para reunirse con sus Friends. Nacido en el Reino Unido, pero criado en Portugal, lo suyo es la americana, un estilo al que su voz rasgada aporta una personalidad muy reconocible. Su bien engrasada banda, con una afilada guitarra de apoyo y un eficaz armonicista, explica que su propuesta haya alcanzado reconocimiento internacional.

Aunque quien sí está cosechando un enorme éxito en todo el mundo es la pakistaní Arooj Aftab. Las sillas dispuestas frente al Palco Cerca estaban ocupadas horas antes de su actuación. Salió acompañada por un trío —batería, contrabajo y guitarra— que creó un fondo jazzístico íntimo y acogedor para esa voz susurrante, emotiva y también misteriosa de Aftab. “Vamos a tocar canciones de mis dos últimos discos; uno es más triste y el otro más alegre, así lo equilibraremos”, comentó. “Whiskey”, “Last Night” y “Raat Ki Rani” sonaron como nanas que mecían a un público completamente entregado. Casi al final repartió bebida entre las primeras filas y brindó antes de interpretar “Bolo Na”, una composición que escribió hace quince años, cuando tenía el corazón roto, y en la que profundiza sobre las complejidades del amor. Fue tal el ensimismamiento colectivo que, al cumplirse el tiempo previsto, ya no hubo ocasión para interpretar su habitual bis con el poema de amor “Mohabbat”.

Tras ese ambiente tan especial resultó chocante encontrarse con el bielorruso Yegor Zabelov, virtuoso del acordeón, en el Palco Hammam. Aunque lo que hace con el instrumento escapa a cualquier imaginación. Se declara influenciado por Philip Glass, Steve Reich, Michael Nyman o Arvo Pärt, referentes del minimalismo clásico, pero lo que presentó fue un ejercicio de experimentación extrema con el acordeón (incluso llegó a morderlo en algunos momentos), hasta el punto de que parecía una prolongación de su propio cuerpo. Digno de ver.

En el escenario principal, el Matriz, los aún jóvenes húngaros Bohemian Betyars se mostraron como unos alumnos muy aventajados de bandas como Gogol Bordello o Dubioza Kolektiv. Toda la euforia de los ritmos gitanos, amplificada por un ska arrollador, les garantiza una fiesta continua. Y así fue. Difícil resistirse si lo que se busca es movimiento.

Agitación también con los portugueses Expresso Transatlântico, un grupo concebido para el lucimiento de los hermanos Varela, a la guitarra eléctrica y la guitarra portuguesa. Apoyados por una banda perfectamente compenetrada, sus canciones, que en estudio resultan más melódicas, cobran en directo una electricidad y una pasión que los convierten en un auténtico torbellino rockero. Fueron muy celebrados por un público que los conoce bien y los admira.

Un cariño similar recibió el caboverdiano Mário Lúcio & The Pan African Band. Y ese es un sentimiento que el público portugués suele mostrar hacia los artistas procedentes de las antiguas colonias lusas. Lúcio es cantante, compositor, poeta y exministro de Cultura. El pasado año publicó “Independance”, un título en el que la inclusión del término “dance” no era, ni mucho menos, casual. Un disco que celebra el cincuenta aniversario de la independencia de Cabo Verde y que reivindica el regreso de las danzas tradicionales prohibidas durante el colonialismo. Para presentarlo reunió esta banda, toda una declaración política al estar formada por músicos de diferentes países africanos. Ellos y el público lo celebraron bailando.

La segunda muestra de la devoción del festival por el reggae llegó de la mano de uno de sus grandes maestros, Tiken Jah Fakoly. A lo largo de su carrera ha fusionado el reggae con un firme activismo panafricano, convirtiéndose en el gran icono marfileño del género. Desde hace algunos años luce la presencia serena de un viejo sabio de la tribu, mientras sus denuncias contra las injusticias sociales siguen ocupando el centro de sus canciones. “Le peuple a le pouvoir”, “Discrimination” o “Africa Wants to Be Free” sonaron poderosas junto a su numerosa banda, demostrando que su reggae no adormece, sino que despierta. Lanzó una pregunta tan sencilla como certera: “¿Cómo es posible que África sea tan rica y su población tan pobre?”. Se despidió con “Ouvrez les Frontières” y “Françafrique”, dejando un mensaje inequívoco: “El reggae es la voz del pueblo”.

La sorpresa de la noche llegó con Omar and Eastern Power. Son la demostración de que, en ocasiones, la globalización consigue derribar fronteras. Omar Benassila llegó a Seúl desde Marruecos; el batería procede de Egipto y el resto de la banda está formado por músicos coreanos. Su música combina el blues gnawa marroquí, el afrobeat, el dub y el rock psicodélico. Y, desde luego, funcionó.

Pero el mayor triunfo fue para Seun Kuti & Egypt 80. Es cierto que ofreció un espectáculo muy similar al que pudimos ver el pasado mes de mayo en el Festival WOMAD de Cáceres, pero su afrobeat tiene denominación de origen. Comenzó, como acostumbra, con una composición de su padre Fela, en esta ocasión “Shakara”, dando además protagonismo a su extraordinaria banda. Después se centró en los temas de su último disco, “Heavier Yet (Lays the Crownless Head)”, producido ejecutivamente por Lenny Kravitz. Con “T.O.P.”, “Stand Well Well”, “Love & Revolution” y “Emi Aluta” llenó buena parte de una actuación rebosante de energía. Solo “Na Dem”, publicada recientemente con la colaboración de Tom Morello, queda fuera de ese trabajo. Una vez más demostró que la conciencia y el baile son perfectamente compatibles.

Sábado 27 de junio de 2026
El dúo formado por el portugués Manuel de Oliveira y la brasileña Bianca Gismonti fue el encargado de despedir al sol que aparecía al fondo de su escenario. Y qué mejor que hacerlo con esa combinación de guitarra y piano que surgía de forma tan natural. Su repertorio original se sitúa entre el fado, el jazz y la MPB sin pertenecer realmente a ninguno de esos géneros, ya que ambos construyen paisajes sonoros donde la improvisación resulta esencial.

Tras ellos llegó la delicadeza, aunque de otra manera, con nada menos que Orchestra Baobab. Es cierto que de aquella banda que surgió allá por 1970 para tocar en el Club Baobab ya no queda ninguno de sus miembros originales y que ahora incluso cuenta con una voz femenina, pero nadie como ellos ha conseguido unir la música cubana y la africana de una forma tan sutil y única. Fue una delicia escucharlos y dejarse llevar lentamente por su compás. Dicen que su música nos recuerda que la elegancia también puede ser revolucionaria. Aquí queda escrito.

Disfrutar de ellos nos dejó poco tiempo para ver a la colombiana Ëda Díaz. No sabemos si es casualidad, pero últimamente varias cantantes latinoamericanas han fijado su residencia en el país vecino y parece que allí se las reconoce y valora especialmente. Su propuesta es singular porque escapa de cualquier etiqueta. Acompañada por un trío con batería, teclados y abundantes bases electrónicas, fue desarrollando unas canciones de letras muy personales. “Sabana y Banano”, “Vuelve la vieja”, “Brisa” o “Paso, paso” transitaron desde ritmos muy percusivos hasta ambientes delicados, donde la voz y la presencia escénica de Díaz adquirieron todo el protagonismo.

Sorprendente también la ucraniana Ganna, residente en Berlín. En la terraza Hammam desplegó sus múltiples máquinas y, en una especie de sesión de DJ, experimentó con loops, samples y electrónica mientras cantaba. Desde 2013 lleva realizando su propio trabajo de campo, grabando a cantantes tradicionales de pueblos de su país, y a partir de ese material ha construido un lenguaje musical propio. Sobre un fondo de armonías jazzísticas y texturas electrónicas, jugaba con su voz e improvisaba pequeños gritos que atrapaban la atención del público. Además, tocó un extraño instrumento, el Guitaret, un invento de 1963 que se interpreta con las manos y que, al tapar una serie de pequeños orificios, puede sonar unas veces como un vibráfono y otras producir timbres completamente distintos. Esto es la folktrónica, amigos.

Natacha Atlas

Tras una propuesta joven y novedosa llegó la veteranía de Natacha Atlas. Acaba de publicar un nuevo e interesante trabajo, “Parallel Universe – Volume 1”, junto a su compañero Samy Bishai, donde esa voz atemporal sigue aportando una visión contemporánea del pop árabe, el jazz y la experimentación. A pesar de ofrecer un discurso antibelicista ejemplar, con mensajes tan explícitos como “las bombas nunca serán armas de paz; las bombas son armas de guerra” o “con dolor enterraremos vuestra injusticia; vuestros crímenes solo sirven para aumentar nuestra rebeldía”, su puesta en escena, casi estática, y la escasa interacción con el público, dieron como resultado una actuación algo fría.

En el polo opuesto el brasileño Arnaldo Antunes, inconformista y experimentador incansable, con una trayectoria de más de cuatro décadas y una relevancia que sigue plenamente vigente. Presentaba su vigésimo álbum en solitario, “Novo Mundo”, un trabajo que expande los límites de la MPB y en el que ha colaborado una, digamos, alma gemela como David Byrne. Su puesta en escena fue magnética: toda la banda vestida de negro rodeándolo mientras él, con su inconfundible voz grave, se movía y bailaba de esa manera tan particular. Además, un vistoso juego de luces y láser reforzaba el espectáculo. Ante un público conocedor de su trayectoria, las canciones más celebradas fueron las que popularizó con Tribalistas, “Já Sei Namorar” y “Passe em Casa”; también la que ha compuesto junto al nombrado Byrne, “Body Corpo”, y las de Titãs, el grupo que cofundó, como “O Pulso”, “Televisão” y “Comida”, con la que cerró el concierto. Otro artista único en su género.

Cuando salimos del espacio Cerca en busca del siguiente concierto, algo había ocurrido: las estrechas calles adoquinadas estaban prácticamente vacías, algo impensable incluso el primer día del festival. El misterio se resolvió enseguida: Portugal estaba disputando uno de los partidos del Mundial. Eso facilitó llegar hasta el Palco Matriz para asistir a la descarga de los griegos Koza Mostra. Durante casi quince años han construido una música que fusiona el rebetiko con el ska, el punk, el hard rock y los ritmos macedonios y balcánicos. El bouzouki y el violín también le aportan un sonido muy característico. Quizá mencionar a Ska-P pueda ayudar a hacerse una idea de lo que son capaces de ofrecer en directo. Lo cierto es que, con temas como “Malaka” o la irónica “Don't Panik, We're on Titanik”, consiguieron que la mayoría de quienes habían preferido el festival al fútbol acabaran formando tumultuosos pogos.

Para seguir bailando, aunque con otro movimiento de caderas, llegaron los chilenos Calle Mambo. Unos auténticos todoterreno que viven prácticamente de gira y que ahora presentan “Retumba la Tierra”, una celebración de la identidad latinoamericana y, al mismo tiempo, una invitación a mirar el presente con conciencia. Nacieron tocando en las calles de Múnich y esa universidad sigue notándose sobre el escenario, porque su efectiva mezcla de folclore latino, música electrónica y sonidos urbanos, está concebida para hacer bailar sin renunciar al mensaje. Una vez más, su entrega física fue admirable y consiguieron que el público bailara con ellos.

Nuestro final llegó con el octogenario Bonga. El angoleño mantiene intacta esa voz inconfundible, ronca y terrosa con la que cantaba cuando Angola luchaba por su libertad. Lo hacía a través de la semba, un ritmo híbrido de raíces afro-lusófonas que entonces se convirtió en una forma de resistencia. Fue perseguido, vivió el exilio y acabó siendo una de las voces más destacadas de la diáspora angoleña. Hoy, en Portugal, es recibido con auténtica devoción, y así volvió a demostrarse. Podría decirse que este fue el gran concierto del festival. El partido de fútbol ya había terminado y todo el público que abarrotaba el Palco Cerca bailó al son de Bonga, aunque Portugal no hubiera conseguido la victoria.

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