Mike Shinoda tiene que ser un tipo tan afable como listo. La prueba no está solo en sus entrevistas, sino en haber llevado adelante una de las resurrecciones grupales más audaces (y brillantes) que se recuerdan desde los tiempos de Joy Division/New Order. En este caso, sin cambiar el nombre. El más difícil todavía.
Lo digo desde la distancia que me da no haber sido nunca demasiado fan de ese estilo intenso y pirotécnico que ayudaron a definir desde Los Angeles hace ya tres décadas, combinando rock alternativo, hip-hop, emo y metal. Una de las aportaciones de los noventa y primeros dos mil a la cultura rock.
En su inteligente regreso con su nueva frontwoman, la carismática Emily Armstrong (Dead Sara) y también nuevo batería -no subestimemos la importancia de ese puesto a la hora de insuflar vida a cualquier banda-, los de Los Angeles llenaron dos días consecutivos el imponente auditorio de Rivas Vaciamadrid. Y se dieron un homenaje. Un triunfo indiscutible viniendo de donde vienen, aunque parezca casi modesto al lado del desfase Bad Bunny: el tiempo no pasa en balde.
Nueve años habían pasado desde la última visita a la capital, un concierto que tuvo lugar en la Caja Mágica semanas antes del dramático suicidio del cantante Chester Bennington. La carga emocional de esta nueva visita enmarcada en el From Zero World Tour era, pues, evidente. La banda agrupó su generoso set list en cuatro “actos”, con el protagonismo lógico de su nuevo álbum (hasta nueve canciones), de su debut “Hybrid Theory” y de la secuela “Meteora”, que figuraban en la camiseta de una proporción sustancial de asistentes.
El dúo electrónico neoyorquino Phantogram y el divertido combo de hip-hop de Virginia Clipse no tuvieron que calentar el ambiente a estas alturas del año: la canícula había activado el modo supervivencia de los asistentes puntuales que ocupaban cada centímetro de las escasas sombras del recinto.
Precedidos por el trailer de su inminente documental “Unshatter” y una cuenta atrás, el sexteto hizo acto de presencia con puntualidad, luces y proyecciones a la altura y un sonido que por momentos quedaba sepultado por un gigantesco karaoke (“Crawling”). La fidelidad de los fans se mide en sus tatuajes, desde luego, pero sobre todo en la generosidad con la que han aceptado a la nueva cantante, cuyas prestaciones fueron impecables, aunque por momentos se ve todavía un poco tímida. Armstrong empezó mostrando sus credenciales con la poderosa “Up From The Bottom” o clásicos de la casa como “Breaking The Habit”. Cuando hubo que gritar lo puso todo.
Es precisamente en la combinación de las voces de Shinoda y Armstrong donde la nueva versión del grupo tiene su principal atractivo, sin menospreciar al resto de la banda y a un nuevo batería multi instrumentista, Colin Brittain, que va como un reloj. El poder de estribillos que dan pie a la catarsis colectiva -y que se me antojan a veces demasiado intercambiables- puso el resto en una puesta en escena medida al milímetro -con guiño a la inmortal “Enjoy The Silence” de Depeche Mode-, pero con cierto margen para salirse del guion hasta el bis.

Linkin Park miman a sus devotos fans -entrega de gorra firmada incluida-, se acuerdan de Bennington enfocando un detallado tatuaje, y hasta le dan una oportunidad a la canción de “Transformers: Revenge of The Fallen”. Justo antes de que salieran a la palestra, me sorprendió ver rondando a un tipo con una camiseta de Michael Bay. Acabé pensando que Linkin Park -con Shinoda como mente pensante- sean al rock lo que Bay al cine, aunque es posible que esto sólo sea una ocurrencia mía. En cualquier caso, la acertada llegada de Armstrong añade una energía femenina que les garantiza una rara segunda vida.

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