Se trate del festival que se trate, este tipo de eventos son algo más que una sucesión de conciertos. Son puntos de encuentro social, excusas para reunirse con amigos, pareja o familia alrededor de luces, colas, pulseras, escenarios y canciones que funcionan como catarsis. En ese sentido, O Son Do Camiño se ha consolidado como una especie de Disney World musical del Noroeste peninsular. Un gran parque de atracciones, noria incluida, en donde la euforia, el cansancio y el desbordamiento conviven durante tres días. Una maquinaria enorme y eficaz que, a veces, minimiza el impacto de conciertos que seguramente necesitarían más escucha y cercanía.
La edición de 2026 arrancó el jueves con Habló Pablo y unos The Molotovs que confirmaron aquellos motivos por los que son una de las bandas más comentadas del momento. Estos últimos, a pesar de algunos problemas de sonido, ofrecieron un concierto sólido a pesar de haber quedado la sensación de que, hoy por hoy, brillan más en las salas de conciertos. Barry B fue el primer torbellino de la jornada, con unas canciones que crecen sobre el escenario y una actitud inteligente ante un público que, en gran medida, esperaba a Katy Perry, mencionando la circunstancia en diversas ocasiones. Después llegaron Leire Martínez y Dani Martín, dos artistas cuya propuesta sigue invitando al debate sobre si funcionan como proyectos propios o como prolongaciones de bandas ya instaladas en la memoria de todos y todas. En cualquier caso, ambos encontraron una respuesta incontestable en un público que no dejó de corear cada canción.
Entre medias de ambos apareció Carlos Ares, uno de los nombres más sobresalientes del festival en términos de dirección musical. Su concierto volvió a mostrar una personalidad cada vez más definida, tendiendo puentes entre el folk, el rock clásico y una sensibilidad melódica muy reconocible. Un trabajo de banda y construcción sonora que merecía más atención. Katy Perry, por su parte, ofreció un espectáculo pop construido desde la acumulación de estímulos visuales y grandes momentos reconocibles. Cercana con el público y respaldada por una puesta en escena propia de una gira de estadios, entregó exactamente lo que una ocasión como era la nueva edición del O Son Do Camiño demandaba. No faltaron los grandes éxitos ni momentos para el recuerdo como su lanzamiento al público dentro de una botella, en uno de los conciertos más espectaculares que ha vivido el festival. El cierre del día fue para Michenlo, que jugaba en casa y conectó con los últimos asistentes gracias a una buena sesión cargada de guiños a Galicia.
El viernes presentó una hoja de ruta muy distinta. Corella inauguraron la jornada con solvencia en el que confesaron era su primer concierto en España. Después, D. Valentino salió al escenario en el que se sintió un desajuste atmosférico evidente al ofrecer su propuesta urbana dentro de un día claramente dominado por las guitarras. La difícil papeleta la salvó con nota, sobre todo para el buen puñado de fieles que esperaba por él. El pulso rockero se volvió a activar con Hoobastank, que defendieron su espacio con oficio y una notable carga nostálgica. Por su parte, los madrileños Niña Polaca demostraron que su crecimiento no depende únicamente de las canciones, sino también de una presencia escénica cada vez más sólida.
Sexy Zebras fueron los encargados de elevar definitivamente las pulsaciones y abrir la veda de los pogos, antes de la llegada de unos Biffy Clyro que firmaron uno de los conciertos más hermosos y contundentes del festival. Su combinación de intensidad, melodía y músculo volvió a señalar a una de las grandes bandas de directo del rock contemporáneo. Sí bien en los tramos más pausados quizá sacaran a parte del público (el que pedía impacto constante) de esa hipnosis colectiva, lo cierto es que ahí recae otra de sus virtudes: la capacidad de combinar tensión, melodía y estallido sin reducir el rock a una simple sucesión de golpes. Su directo volvió a demostrarlo, ganándose además un buen puñado de nuevos seguidores.

Ortiga
El gran plato fuerte del viernes fue Linkin Park (en la foto principal), con Mike Shinoda al frente y Emily Armstrong debutando en España tras el micro y bajo la inevitable sombra de Chester Bennington, pero probando solvencia tanto en cualidades vocales como actitudinales. La banda ofreció un concierto potente, emotivo y muy celebrado por un público que llevaba años esperando este momento. Las pausas entre canciones fueron quizá el único aspecto matizable de una actuación dominada por el entusiasmo. El cierre de los escenarios principales corrió a cargo de The Bloody Beetroots en formato DJ Set, mezclando rock y electrónica en una propuesta efectiva, aunque algo repetitiva por momentos.
El sábado comenzó con Sarria, que pese a un concierto más tranquilo de lo esperado volvió a demostrar que es uno de los artistas a seguir de cerca. Tras él llegó Ortiga, que convirtió el recinto en una fiesta desde primera hora gracias a una actuación breve pero muy efectiva, reforzada por las colaboraciones de Kike Varela y 9Louro. Carlangas tomó el relevo con un concierto sustentado en las guitarras y en la experiencia de quien lleva años sobre los escenarios, presentando las canciones del reciente “Universo Paralelo” (26), sin olvidar su pasado en Novedades Carminha o sus primeros temas en solitario.
Después llegaron los catalanes Dorian, con la intención satisfecha de mantener vivo el pulso festivo de la jornada. MVRK desató la locura entre los más jóvenes con un repertorio alimentado por el autotune y las redes sociales. Más irregular resultó el paso de Sen Senra, quien, acompañado de banda, dejó una sensación extraña con un formato casi acústico al que pareció faltarle algo de conexión. Todo cambió con la salida de Guitarricadelafuente, que confirmó que su propuesta funciona especialmente bien en directo gracias a unas canciones que crecen sobre el escenario y una puesta en escena tan sencilla como efectiva.

O Son Do Camiño
Lola Índigo hizo saltar todo por los aires con un espectáculo lleno de baile, música y una escenografía concebida como una feria propia. Una actuación que, salvando las distancias, funcionó como espejo de la espectacularidad mostrada por Katy Perry dos días antes. El cierre definitivo quedó en manos de Afrojack y DJ Snake, quienes pusieron el broche de oro con dos sesiones repletas de éxitos y remixes que justifican su condición de referentes de la electrónica mundial. Mención aparte merece la Zona Repsol, menos monumental, pero con una identidad muy marcada, por la que pasaron Bego Martín, Carkiuta, Hoonine o Barba Lago, entre otros nombres. Un espacio que funcionó como refugio para el público más conectado con la escena y menos condicionado por la lógica de masas de los macrofestivales.
Tres días de O Son Do Camiño que sirvieron para refrendar que se trata de uno de los grandes acontecimientos musicales del país. También para dejar claro que este modelo de macrofestival vive en una contradicción permanente donde se alternan experiencias enormes, carteles difíciles de reunir o momentos de comunión masiva, con otros donde música y conciertos pueden ejercer como estaciones de paso o simple banda sonora para algunos de los asistentes. En cualquier caso, queda la sensación de absoluto triunfo, con un público satisfecho y con ganas de repetir en una cita que, para muchos y muchas, ya es de asistencia obligada. Año tras año.

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