La norteamericana Joan Wasser, que saltó a la palestra con “Real Life” hace justo veinte años, retoma el disco que la dio a conocer y lo rehace en un elegante ejercicio de estilo que puede interpretarse como balance de toda una carrera; o reivindicación de su estilo en tiempos en que tanto cuesta destacar.
En todo este tiempo, la compositora y cantante no sólo ha lanzado una docena de álbumes bajo su curioso pseudónimo, sino que ha acompañado a artistas del calibre del fallecido Lou Reed, Iggy Pop y Damon Albarn, hechizados por su estilo cálido anclado en un clasicismo amable.
La neoyorquina define aquel debut lanzado en 2006 como el trabajo que le abrió las puertas a todo lo demás, y esgrime este argumento para rendir tributo a sus canciones con arreglos renovados que han ido creciendo con sus músicos en centenares de actuaciones sobre el escenario.
Es también una manera de darle una segunda vida a su obra más celebrada en tiempos en los que se tiende a este tipo de conmemoraciones. Desde la primera canción, “Anyone”, hasta la última, “Real Life”, la norteamericana confía en arreglos esenciales –guitarras acústicas, cajas de ritmo, percusiones mínimas, pianos, voces desnudas– y un sonido exquisito para arropar sus composiciones. Wasser lleva a la esencia cortes como “Save Me”, que se beneficia de la aparición estelar del incombustible Iggy Pop. Momentos sugerentes como “Christobel” y su piano sinuoso, o el romanticismo de “Eternal Flame” se codean con el soul blandito de “I Defy”, o las guitarras delicadas de “The Ride”, en un viaje sereno.
Esa deliberada desnudez, la falta de ganchos fáciles y estridencias, los silencios y la interpretación desnuda, se convierten en el principal atractivo del álbum. Pero también en cierto lastre de unas canciones a las que ya desde su publicación original le faltaban aristas. En todo caso, Wasser se ve cómoda reinterpretando unas composiciones a las que el tiempo ha puesto, como siempre pasa, en su justo lugar.
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