Hay algo luminoso y sugestivo en el debut como directora de Aina Clotet que lo diferencia de otros filmes, especialmente de los dirigidos por mujeres en España, atravesados la mayoría de ellos por una pátina de consciente trascendencia: el tono, que, a sabiendas, bascula continuamente y sin miramientos entre el drama y la comedia.
En la primera escena conocemos que Nora, la protagonista, ha sufrido una mastectomía y es advertida de posibles recaídas, detalle que, en un guion canónico, prepararía al espectador para un drama imbuido de fatalidad. Sin embargo, y con el riesgo que eso conlleva, Clotet, actriz popular en Catalunya por su trayectoria televisiva, antes incluso de su galardonada serie “Esto no es Suecia”, combate la funesta expectativa aderezando la huida hacia adelante de Nora con diálogos patológicos, situaciones chocantes y personajes excéntricos, pero no por ello alejados de la realidad.
En el centro de la película, Nora, a la que se entrega en cuerpo y alma la Clotet actriz y de la que la Clotet directora y coguionista (junto a Valentina Viso, habitual colaboradora de Mar Coll) hace un retrato desacomplejado y con aristas. La Nora de la película se nos muestra perdida, pero desatada: egoísta y maquinadora, infiel y medradora.
La cinta incide en la idea de lo cómico y trágico fusionado en el torrente emocional de la protagonista. A ello contribuyen varios personajes que dan la medida justa del tono, como un joven que se obsesiona con ella (impetuoso Marc Soler) o una allegada embarazada y obsesionada con la muerte (febril Zaira Pérez). A destacar también, dos curiosas (y acertadas) elecciones de casting para los papeles de los padres de Nora: Guillermo Toledo en su primer rol hablado en catalán y Lloll Bertran, popular cómica catalana, como sorprendente psiquiatra con una evidente falta de tacto al tratar con los pacientes. Aunque algún exceso final recarga el conjunto, “Viva” aparece como una apuesta valiente, tan heterodoxa como digna de aplauso.

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