Tercer cielo
Discos / Rocío Márquez ...

Tercer cielo

10 / 10
David Pérez Marín — 31-05-2022
Empresa — Universal Music
Género — Fusión

“Madre mía”, o más bien, “mare mía” (hasta flamenco me salió). Eso se me escapó la primera vez que tuve la suerte de escuchar “Tercer cielo” al completo, mes y medio antes de su publicación. Le he dado unas veinte escuchas antes de ponerme a teclear y, cada vez que termina “La marca”, me vuelvo a acordar en voz alta de mi madre, así que es de justicia comenzar la reseña de esta manera. Y es que la cosa es muy seria. Aunque esta obra parte del juego, del azar de dejarse llevar por el mundo del otro y explorar sin miedo el mundo propio, este baile dialéctico entre el flamenco y la electrónica que han fraguado conjuntamente Rocío Márquez y Bronquio, contiene una profundidad y fluidez orgánica que, en mi opinión, hasta el día de hoy, nadie había alcanzado.

Una poderosa poética diseminada por distintos cantes, regados con electrónica de lo más diversa con la voz libérrima de Rocío explorando cada milímetro de sus cuerdas vocales, limpia o corrompida, filtrada y distorsionada por Bronquio.

Es cierto que se han hecho cosas muy brillantes y se ha experimentado mucho dentro de la encrucijada electrónico-flamenca: Desde aquel “New Hondo” del Turronero en 1980 con los sintetizadores de Josep Llobelle, a los mil proyectos y saltos al abismo del imprescindible (le pese a quien le pese) Niño de Elche, o aquel magnífico Porvenir de Le Parody, pasando por Rosario La Tremendita en su últimoTremenda junto a Pablo Martín Jones, la dupla RomeroMartin, Califato ¾ o ese “Caballo Rojo” que se acerca de Cristian de Moret, por nombrar solo a algunos compañeros. Pero este “Tercer cielo” desprende una verdad y un amor tan fuerte que, como cantaba Camarón susurrado por Federico, se puede respirar en cada pista y “duele el aire, el corazón y el sombrero”.

Creo que, sin ser comparables por muchos motivos claros, sí que este “Tercer cielo” en su conjunto, podría suponer, tiempo al tiempo, un referente icónico en la convivencia y experimentación del flamenco y la electrónica, como lo fue (ahí voy) en su día “Omega” de Morente para la dialéctica del rock y el flamenco que vino después. Ya lo he dicho. Y es que, ese grito eléctrico y libre de “¡La hierba!” que parte el cielo en dos en el “Poema para los muertos” de “Omega”, abriéndose paso entre palmas flamencas que se funden a fuego con una batería atronadora y un tornado de riffs afilados que nos despegan del suelo, es hermano y cohabita, más allá de las nubes, del tiempo y el espacio, con ese quejío electrónico de cierre de “Tercer cielo”, “¡Qué grande es la libertad!”.

Puede sonar grandilocuente y arriesgado comparar el álbum al que nos enfrentamos con uno de los discos más rupturistas e influyentes de la historia de la música española, pero la emoción que te eriza la piel nunca miente. “Tercer cielo” te estruja el pecho desde los segundos iniciales y no te suelta la entrañas en ningún momento a lo largo de diecisiete (más uno, ¡ay!) cortes. Estamos ante una obra irrepetible que muy posiblemente marcará un antes y un después, abriendo nuevas puertas y ventanas, ensanchando más aún el flamenco y la electrónica.

Han colaborado un amplio elenco de músicos de estudio como Xoan Sánchez a las percusiones, Antonio Lucas y Manuel Jesús Montes Saavedra a las palmas y jaleos, o Carmen Morales a las polifonías. Además de otros muchos artistas en temas puntuales, como el Coro de la Escolanía Jardín Menesteo con Lupe Matarranz a la dirección, la guitarra de Lorena Álvarez, el bajo de Daniel Escortell y el contrabajo de Marco Serrato, los coros de Antonia Pantoja y Rocío Valencia, y la flauta de Vicente Parrilla.

La dirección artística de “Tercer cielo” corre a cuenta de Emilio Rodríguez Cascajosa (también concepto) y Juan Diego Martín Cabeza.

Abróchense los cinturones… o mejor no. Despegamos rumbo a lo desconocido, a lo pretérito y porvenir, a la noche más oscura, donde renace toda luz, frágil y sanadora, surcando heridas y grietas en las que crecen, bailan y trepan enredaderas de cables y flores de neón de mil colores y aromas. ¿Hacia dónde? Hacia lo sagrado y bastardo, hacia el umbral de la vigilia y del sueño, del deseo místico y de la fe que muerde los labios hasta que brota la sangre, donde se funden todos los sentidos con el sudor de los pensamientos desnudos. Vislumbrar el reflejo que fuimos, acelerar sin frenos y partirnos contra él en millones de trozos, para poder recomponer una nueva imagen, taconear sobre ella, que los pedazos vuelen y vuelta a empezar. Rocío Márquez y Bronquio nos dan la bienvenida al “Tercer cielo” por milonga en “Paraíso. Cuántos cuerpos por venir”, con la voz de Rocío fundiendo el sentir y el pensar en cada susurro, en cada quejío, abriéndose paso por la bruma de inquietante electrónica que Santi teje capa a capa, piel a piel, teletransportándonos a otra dimensión. Beats, percusiones sintetizadas y jaleos que nos golpean en el pecho como un desfibrilador y ya estamos flotando, en poco más de tres minutos, en un virginal espacio exterior.

Si Unamuno y las omnipresentes e imprescindibles Carmen Camacho y Macky Chuca construyen, verso a verso, la pista inicial, ahora es nuestro poeta más cercano y universal, Lorca, el que “Exprimelimones” por bulerías, entrelazando letrillas populares con otras de Carmen Camacho y la propia Rocío Márquez. He aquí, otra de las claves, motores y aciertos de este trabajo: el latido de la colectividad creativa. Bulería en la que las palmas, zapateos y jaleos de Los Mellis, fluyen y conviven con cada golpe de electrónica tan orgánicamente que, parece que habitaban este mundo como los amantes de Rayuela: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Alquimia/magia de Bronquio a los mandos.

Ya no hay vuelta atrás: nos empapamos de raíces y rito, de lisergia y verbena en vena, de vinos de la Axarquía y los Montes de Málaga con esa barbaridad llamada “Niña de sangre” por (ra)verdiales. “Venga fiesta y alegría, / bailo hasta romper el suelo / por un motivo profundo / que me ilumina la vía”. El fin del mundo nos pilla bailando bajo un huracán de pandas sampleadas y teclados de un Bach resucitado a base de éxtasis. Además, Santiago, demiúrgico y bastardo, se corona filtrando y jugando hasta límites insospechados con la voz del flamenco. Solo por este tema ya tiene todo sentido o daría igual que no lo tuviera.

Y “rezo para que vengas a mí” con una morfínica rumba urbana pegadiza hasta la muerte y más allá, con Livia (41V1L) como invitada y protagonista a este mal de amores intergaláctico que estamos recorriendo, con esos cuerpos amantes que se fueron y los que están porvenir, hería a hería, puñal a puñal clavado en el pecho.

No, no hay tiempo para coger aire y llegamos a la primera transición de la obra con una seguiriya espectral en tres cortes, separando y estructurando el “Tercer cielo” con esas marcas que dejan en “La piel” los ecos de latidos en fuga. “Qué solitaria vivo / en este corazón / donde hace frío”. Versos de García Montero donde anida la nieve y la soledad.

El siguiente poker ganador sigue con ese garrotín liberador de “Un ala rota”, para renacer y salir de ese agujero en el que alguna vez entramos sin darnos cuenta, con estribillo que no podrás quitarte de la cabeza incluido, con la voz de Rocío y la filtrada de Bronquio taladrándote muy adentro: “Con el garrotín, / con el garrotán, / en busca de la libertad”. Libertad creativa que parece no tocar techo y nos mece con el vaivén bucólico y electrónico de “Droga cara”. Y otro rasgo de la marcada valentía de este trabajo: el atrevimiento de explorar y dialogar con un abanico de palos flamencos y folclore amplísimo, solo apto para grandes conocedores y dominadores de lo jondo y popular. Así nos llega, con cadencia de villancico, este aguilando como “relámpago y llama de corazones que se inflaman al verte”, con unos coros que son pura fantasía y una letra de Macky Chuca que es una maravilla al cuadrado, del inicio: “En un papel bien doblao, / igual que una droga cara, / guardaste un día mi nombre / y ahora es festivo en mi casa”; al fin (con ese último verso que define mejor que ninguno la esencia de este proyecto): “Que de mi amor tú te mueras, / que de muerte plena vivas, / quiero ser quien soy de nuevas, / voy a parirme a mí misma”.

Seguimos con “Agua”, otro hit redondo de este viaje electrónico flamenco que no querrás que acabe, unos tangos para perderse, una y otra vez, en esos ojos “que fueron el reflejo de lo que fui”. Y terminamos bloque con la psicodelia desenfrenada de “El mengue y la zarabanda”, instrumental con coloso invitado a las teclas, Iñigo Bregel (Los Estanques) in da house.

Hay espacio para detener el tiempo con una impresionante y poseída debla de poco más de dos minutos, en la que Bronquio es el mismísimo diablo y Rocío hace jirones cielo e infierno. Ojalá atronen con estas duquelas y penas en alguna bienal flamenca… y revienten (con amor) cabezas y llueva confeti en plateas y palcos. Y vamos del compás por bulerías de ese “Mmmm” que deja atrás las nubes, con Rocío quemando las naves (mano a mano con Carmen Camacho en la letra, adaptando Márquez a San Agustín), a esa adictiva “Mercancía” por pregón, con sensualidad desbordada por Bronquio y Rocío al unísono. Antes encontramos, con sample introductorio de la copla “Prefiero mejor la muerte” que hacía Caracol y Morente por malagueña, otra de las joyas de este tesoro inabarcable, “Prefiero la muerte”, con letra completa firmada por la onubense y el jerezano. De nuevo nos adentramos mar adentro sin que nos demos cuenta, guiados por ese devenir de beats y cuerdas retocadas, absorbidos por esos cantos y recitados de sirena crepuscular: “Peor que la soledad / es mirarte frente a frente / y no poder sacar / este miedo tan presente”.

Recta final y las pulsaciones se disparan en “El corte más limpio”, con Bronquio fluyendo bajo el techno y la electrónica más oscura en ocho minutos de sudor resplandeciente, con Rocío Márquez  rezumando jondura y sensibilidad marca de la casa en los versos de Antonio Manuel: “Me atormentas porque sabes / que nunca te haría daño. / Fuiste a cortar los rosales / y te cortaron las manos”.

Volvemos a levantarle el pelo y vemos “La marca” con trozos de barro en su frente, ofreciéndonos de nuevo “el pensamiento de la yema de sus dedos” por toná; con letrilla de Antonio Mairena de cierre que estalla como fuegos artificiales, colofón y eterno retorno de este glorioso parto de sí mismos: “Aquel que se va, / va diciendo en el silencio: / ¡Qué grande es la libertad!”.

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