Dice la leyenda (reconfirmada por los responsables del ciclo) que, tras actuar el año pasado en ‘Noches del Botánico’, el mismo Van Morrison pidió expresamente regresar al evento durante la siguiente temporada. Dicho y hecho. De nuevo, dos fechas consecutivas; y, de nuevo, todas las entradas vendidas en un abrir y cerrar de ojos, en este caso con el reciente álbum “Somebody Tried To Sell Me A Bridge” (Orangefield, 26) como excusa. Y es que, próximo a cumplir 81 años de edad y a estas alturas del partido, el mito de Belfast tiene potestad para hacer lo que le venga en gana. También para aparecer sobre el escenario unos minutos antes de la hora marcada (algo que, por otra parte, suele ser habitual en sus conciertos), tal y como sucediese en la primera de esas dos citas que Morrison tenía agendadas con el público madrileño en este 2026.
Daba así comienzo un concierto ataviado con el esperado corte clásico, cimentado a su vez sobre toneladas de blues elegante y sólido que diseña esa (por supuesto) excelente banda de ocho miembros que acompaña al norirlandés. La zona central queda reservada en exclusiva para el astro, quien, refugiado tras sus gafas de sol, repartió habilidades entre armónica, saxofón y guitarra, sabiéndose amparado por un séquito al que, al margen de su pericia, tiende a dirigir y vigila incansable. El argumento principal sigue quedando focalizado, en cualquier caso, sobre esa voz que el artista mantiene en buen estado, reconocible al instante, con personalidad y todavía rotunda cuando de dibujar canciones atemporales se trata.
Unos y otros trazaron un paseo por el género y sus autores, con momentos álgidos como “Deep Blue Sea” (de John Lee Hooker), “Back To Writing Love Songs”, “Night Time Is The Right Time” (de Roosevelt Sykes), la magnífica “When The Rains Came”, “If It Wasn’t For Ray”, el ramalazo pop de “Real Real Gone” o “Goin' “Down Geneva”. Una selección completada en el tramo final –a modo de virtuales bises– con la deliciosa “Moondance” y una relectura del himno “Gloria” (rescatado de su época en Them) durante la que cedió foco al público y, sobre todo, a una banda a la que no dudó en abandonar, quién sabe si por desdén o con la intención de regalar un lucimiento concretado en esa suerte de jam session final, tan efectiva como previsible.
Era el epílogo de una actuación en la que, sobre el papel, los elementos parecieron lucir inmaculados. Quizá demasiado. Un directo impecable en ejecución, pero más imponentemente cumplidor y complaciente que emotivo y desbordante. Resulta una obviedad que, en el caso de Van Morrison, la actitud importa más bien poco, dada su consabida sobriedad escénica. Pero, a lo largo de cien minutos, el concierto latió automatizado con pulso constante, propiciando una ligera sensación de inercia. Una actuación, en definitiva, de técnica fina y contrastada elegancia, a buen seguro deliciosa para puristas e incondicionales. Una velada que incluso podría tornarse lujo, atendiendo al hecho de que quizá no resten demasiadas oportunidades para seguir viendo a una leyenda como Sir George Ivan Morrison sobre las tablas, pero también algo escasa en ese tipo de sentimiento capaz de alcanzar más allá del mero virtuosismo.

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