Mañana

DiscosLero

Mañana


6 / 10
Fran González — 01-07-2026
Empresa — El Volcán
Género — Pop

Parece que, por muy manido que suene recordar que Hitchcock nunca recibió el Óscar a mejor director, Sharon Jones no debutó hasta tener cuarenta años o Nick Drake murió sin conocer el culto a su persona, todavía hay jóvenes (y no tan jóvenes) que necesitan saber de estas historias de éxito agridulce para no cejar en su afán. Por supuesto, componer sobre la gloria y el laurel no es algo nuevo (tenemos ejemplos en el mainstream y en el indie para aburrir), pero Lero ha querido darle una atractiva vuelta de campana al concepto, encontrando en el desvirtuado y falaz triunfo del presente su mejor fórmula para imaginar el “Mañana”.

El extremeño afincado en Madrid aboga en su tercer disco por la auto-ternura, sin caer en la condescendencia, tratando de entender y poner palabras con ello al frenético paradigma que define cómo debe ser el éxito hoy día: ágil, efectista y que al menos dé de qué hablar durante dos o tres días o hasta que otro exija su turno. En medio de esta dinámica salvaje, donde la música está más próxima al ultraprocesado que al arte, es emocionante ver que ciertos nombres se plantan e infiltran dentro de ese ritualístico engranaje su disidente contribución. Lero, además, comienza haciéndolo no sin cierta ironía, autoproclamándose “El rey de la montaña” e introduciendo en el oyente ciertas pildoritas con forma de verso azucarado que orientan el tono de la partida: “Un día contarán mi mayor hazaña / Aunque ella se fue, la ilusión volverá”.

Ese parece ser el destino y propósito principal del cancionero: restaurar una ilusión marchita y vituperada por lógicas ilógicas, tratando así de recordar cómo era entregarse a la pasión antes de que un algoritmo intruso lo echara todo por tierra. “Toda la vida esperando algo más”, canta con Mararia en “Volverá”, una oda repleta de dobles sentidos sentimentales que redundan en dicha idea. Entre sus barras se agolpan referencias que van desde el cine de León de Aranoa (“Lunes al sol”) hasta personajes del Tekken 3 (“Caparica”) o “Cómo conocí a vuestra madre” (“Casa torcida”), confluyendo en esa idea de desarticular el hilo conductor y subyacente que erróneamente ata al sujeto a sus logros.

Claro que Lero también sabe cómo y cuándo pecar de zorro y jugar sus mejores cartas, o al menos sí las más retozonas. Ataviado de una producción que eleva la categoría y presteza con respecto a sus anteriores propuestas (LUKI y Giancarlo Onofre, culpables de ello), el cantante retuerce su métrica hasta convertirla en un eufónico trabalenguas (“Mississippi”) o en una loa contra el edadismo sin perder por ello la pulsión afectiva que vertebra la obra (“Para los 28 aún falta mucho, nos queda tiempo juntos”, canta en el tema que da título al elepé).

Porque, en esencia, Felipe Tena, alter ego del firmante de este disco, estima innecesario exhibir con evidencias el eje rector de su discurso, apostando más bien por soterrarlo bajo un romancero torcido y repleto de afectos en retirada que laten, irónicamente, al compás de ese inmediatismo rápido, cuantificable y obscenamente visible que define, hogaño, la culminación. Lero apunta así a la herida sin recrearse en ella, combatiendo el marco viciado de su oficio con sus propias armas; un sabotaje elegante en el gesto, que nos demuestra que incluso en el terreno más domesticado pueden abrirse grietas por las que cabe algo parecido a la ilusión.

 

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