Asistir a un concierto de rock duro del de toda la vida siempre es una decisión acertada, más aún si viene protagonizado por una de las bandas más míticas del género surgidas en la década de los noventa. El reencuentro con Supersuckers era una oferta difícilmente rechazable, a sabiendas de que la velada programada en la sala vallisoletana Porta Caeli depararía emociones intensas y, sobre todo, impregnadas con sabor genuino.

Capitaneados por un Eddie Spaghetti convertido en principal paradigma del rock ‘n’ roll clásico tras la desaparición de Lemmy de Motörhead (fan confeso del combo, por cierto), el grupo ofreció un concierto crudo y tocado del tirón, sin apenas interrupciones ni concesiones para coger aire. La áspera voz de Spaghetti y sus marcadas líneas de bajo comulgan con la guitarra de un animoso “Metal” Marty Chandler, cómplice también con ese animal salvaje situado tras la batería que responde al nombre de Christopher “Chango” Von Streicher. Abriendo la velada y a modo de pequeño aperitivo, el grupo ejecutó algunos temas incluidos en su entrega de este mismo año, “Suck It” (Acetate, 18), caso de “All The Time”, “Breakin’ My Balls” o “The History Of Rock ‘n’ Roll”.

Pero, en realidad, el motivo de la gira que los de Arizona están realizando por la península no es otro que celebrar su trigésimo aniversario como banda, y para ello han decidido echar mano de “The Evil Powers Of Rock ‘n’ Roll” (Koch, 99). Un disco interpretado en su totalidad durante la parte central del concierto, destacando abrumadoras lecturas de “I Want The Drugs”, el corte que abre y da título al álbum, “Stuff ‘N’ Nonsense”, “Dirt Roads, Dead Ends And Dust” o “Hot Like The Sun”. Como añadido llegó una selección de clásicos de la formación, que dejó composiciones como “Mudhead”, la mítica “Pretty Fucked Up” o “Coattail Rider”. Un torrente eléctrico de hora y cuarto de duración y carente de bises, que contó en todo momento con el beneplácito de una numerosa audiencia afiliada casi en su totalidad a la vieja guardia.

Un certificado de autenticidad cada vez más cotizado, en una época como la actual en la que la pose vacía de contenido parece marcar el camino a un éxito tan inmediato como datado con fecha de caducidad. Por eso la presencia del trío significó una bofetada de realidad encajada con gusto, con el local tomado por camisetas negras y cuernos al aire, mientras la cerveza corría al mismo ritmo endiablado que las propias canciones.