Tener la osadía de revisar clásicos de nuestro cine, a priori magistrales e incontestables –recordemos el impacto de la cinta original en su época y su respectiva nominación en los Oscar a Mejor Película de Habla No Inglesa– puede dar pie a que mucho inmovilista redomado se formule la recurrente (y cretina) pregunta de marras: “¿para qué?”.
Fernando González Molina, ataviado con guion de Alana S. Portero y la hipnótica ofrenda en cámara de una debutante Elisabeth Martínez, se atreve a responder a la impertinente cuestión con algo que va mucho más allá del simple remake. “Mi querida señorita” (26) agarra por las solapas al clásico setentero de Jaime de Armiñán y José Luis Borau para traérnoslo al (casi) presente y demostrarnos que, medio siglo después de que su película hiciera historia, la intersexualidad continúa siendo un estigma que lacera.
Por supuesto, González Molina y Portero no pecan de presentistas ni pretenden enmendar la ejecutoria de nadie con su propuesta, aunque claro está que cualquiera que revisite la película del 72 con ojos contemporáneos (y un mínimo de empatía) sabrá ver en seguida sus descuidos. El más importante, y que la película de 2026 ataja como principal prioridad, es el de no querer presentarnos la intersexualidad como una mera metáfora insinuada, sino como un conflicto verbalizado con palabra y grito. Por suerte para todos, ya no existe una censura a la que haya que sortear desde la ambigüedad, y por consiguiente, el enfoque de esta renovada versión permite a sus protagonistas hablar con una claridad que la obra madre no pudo permitirse entonces.
El cine del tardofranquismo podía abrir grietas, pero difícilmente rompía por completo su marco moral (siempre me chirrió ese final, tan conservador y normativo). Aquí, sin embargo, el viaje de Adela (interpretada, además, por una actriz intersexual), atraviesa con verdadera visceralidad los sinsabores de la duda, siguiendo en primera instancia los pasos de su trasunto referente a puro verbatim (desde el accidente de coche con el respectivo encontronazo con un amor del pasado, hasta la inolvidable y reveladora escena en la consulta médica), para terminar dando una vuelta de campana total y convertir su segunda mitad en una verdadera oda a la libertad y al autodescubrimiento.
Es entonces cuando realmente sentimos que la película crece y busca su propio lugar, esta vez no en la Pamplona de 1969, donde transcurre la primera parte, sino en el renovado e idealizado Madrid de un recién estrenado año 2000: a pesar de todos los pesares, la ciudad de la oportunidad, todavía heredera de la post-movida, y en la que Adela aprenderá el valor de la familia que se elige, a mirar de frente al deseo (y a no juzgarlo) y a reinventarse de verdad entre chupaditas de eme y temazos de Chico y Chica. Y si hablamos de música, rompamos una inesperada lanza por esa sorpresa de banda sonora que firman entre sintetizadores envolventes y angustiosos Álex de Lucas y Zahara, responsables silenciosos de empujar al espectador hacia el desconcierto íntimo de nuestra protagonista.
Competir, desde luego, con aquel primigenio elenco de actores y actrices (José Luís López Vázquez, Julieta Serrano, Antonio Ferrandis, Mónica Randall, Lola Gaos, Chus Lampreave), no resulta fácil; pero la frialdad de Nagore Aranburu (que entre “Maspalomas” y “Los Domingos” está de dulce), la afabilidad de la inmortal María Galiana, el encanto natural de Anna Castillo o la ternura de ese cura fan de Berlanga que nos regala Paco León sirven de sobras para desembarazarnos de comparaciones y entregarnos sin reservas a esta nueva mirada (ojo, eso sí, a su escena post-créditos y a algún que otro guiño para nostálgicos).
La respuesta, por tanto, a cualquier obstinada duda que pretenda anular la legitimidad y razón de ser de la obra de González Molina y Portero a estas alturas, se resume en la necesidad todavía vigente de dar con referentes en pantalla que se atrevan a mirar donde antes apenas se podía y a nombrar sin rodeos lo que durante años ha sido tabú. Profanar, en el mejor de los sentidos, un título de esta envergadura es, asimismo, una forma brillante de conseguir que este no caiga en el olvido y que su mensaje siga recordándonos, cinco décadas después, que hay ciertas batallas que nunca hay que dar por ganadas.

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