Mientras artistas veteranos de todo el mundo anuncian giras de despedida interminables o comebacks que se convierten en prácticamente una nueva etapa en su trayectoria, Manolo García y Quimi Portet se han permitido –nos han permitido– el placer de despedirse de su público en una de las giras más esperadas y al mismo tiempo más improbables a priori de la música en castellano. Pero, a diferencia de las de otros, sabemos que la suya será esta y no habrá más. Lo sabemos porque siempre han sido consecuentes con ellos mismos. Cuando su fórmula se agotó tuvieron claro que era el momento de vivir otras vidas; por eso, cuando prometieron que no volverían por volver, sabíamos que iban a cumplir con su palabra.
El Último de la Fila han vuelto porque el tiempo apremia y quién sabe si habría tiempo más adelante. Pero sobre todo han vuelto porque esta gira se la merecía mucha gente. Se la merecían todos aquellos cuyas juventudes quedaron marcadas por la música de ese curioso grupo que nació en la más estricta independencia y, casi por accidente, se convirtió en uno de los grandes nombres de nuestra música. Se la merecían todos aquellos y aquellas que les descubrieron más tarde y jamás habían podido verlos en directo en estos casi treinta años desde que dijeron adiós en 1998. Pero sobre todo –al margen de que ambos hayan seguido con sus respectivas carreras, cada uno a su manera– se la merecían ellos mismos, para sentir el cariño de quienes les continúan considerando una banda muy especial. Para ser conscientes de que no nos hemos olvidado de su legado y que no importa las vueltas que dé el mundo, porque hay canciones que siguen siendo atemporales. Claro, estoy hablando de nostalgia. Evidentemente. La nostalgia, sea esta un sentimiento o una emoción, forma parte indisoluble de nosotros mismos y de la cultura y la música con la que hemos crecido o con la que hemos compartido parte de nuestras vidas, sea de jóvenes o sea de más mayores. Bienvenida sea, de vez en cuando.
La nostalgia no lo disculpa todo, pero si nos ayuda a entender que no son los artistas los únicos que envejecen, sino que nosotros lo hacemos con ellos. Y resulta por tanto sencillo entender que Manolo García no puede continuar siendo ese joven adrenalínico de camisa blanca y deje aflamencado que hacía vibrar al público en tiempos de “Enemigos de lo ajeno”, ni siquiera Quimi Portet es capaz de mantener su actitud lunática –por mucho que dé la sensación de que haya firmado un pacto con el diablo–. Y no pueden porque tienen ya setenta años de edad. La buena noticia es que la edad no es una limitación cuando disfrutas con lo que haces, y es evidente que Manolo –sobre todo– y Quimi se lo pasaron realmente bien rememorando sus años mozos frente a un público que se había multiplicado y mucho, como bien bromeó el guitarrista en su speech. Por todo ello fue una cita especial, entrañable y masivamente merecida. La lluvia, invitada inesperada, la convirtió en algo todavía más especial. Una de esas noches para el recuerdo, sí, pero sobre todo una noche para hacerle justicia a un grupo al que muchas veces no se le da el peso que merecen en nuestra historia musical, Manolo García nunca ha sido El Último de la Fila sin Quimi Portet y Quimi Portet nunca ha brillado tanto como cuando, a apenas unos pocos metros a su derecha, su compañero reclama precisamente la luz de los focos.

No hubo sorpresas en el segundo concierto de esta gira de retorno. Suficiente sorpresa ha sido poder vivirlo. Tampoco decepciones. Porque la banda que respaldaba a Manolo y Quimi la formaban aquellos que habían batallado con ellos en muchas campañas y con quienes han continuado ligados de un modo u otro. Ellos y Sara García, como tercera guitarrista. Una noche entre amigos, aunque esos amigos y amigas fuesen más de cincuenta y seis mil. Frente a ellos, Manolo García fue, como siempre, pura cercanía, naturalidad y sencillez, bromeando, soltando tacos, lanzando alguna proclama reivindicativa, colgándose un albornoz de la cabeza sin ningún tipo de miramientos, hablándonos como nos hablaría si compartiésemos mesa en un bar de tapas... A su manera, Portet también lo intentó fugazmente, pero algunos echamos de menos algo de espontaneidad cuando prácticamente repitió palabra por palabra su discurso de Fuengirola, eso sí, en catalán. Y no nos olvidemos de un espectáculo discreto, pero con algunos de esos detalles que convierten a El Último de la Fila en El Último de la Fila (los mensajes surrealistas en la pantalla superior "Vendo Opel Corsa", o ese marco de proyecciones de pollos a l'ast bien dorados y suculentos), como aderezo a lo que sucedía sobre el escenario.
El público, como no podía ser de otro modo, respondió y estuvo a la altura. Un mar de canas cantando a voz en grito, restándole esos treinta años a sus corazones, o compartiendo con hijos e hijas ese amplio puñado de grandes éxitos que El Último de la Fila desplegaron durante más de dos horas y cuarto. Empezaron por Los Burros con ese “Huesos” y, por el trayecto, sonaron prácticamente todas las canciones que esperábamos; “Querida Milagros”, “Mi patria en mis zapatos”, “Aviones Plateados”, “El loco de la calle”, “No me acostumbro”, “Soy un accidente” y así hasta cerrar su actuación con “Sara” (de “Como la cabeza al sombrero”, 88), “Lejos de las leyes de los hombres” (de “Enemigos de lo ajeno”, 86; el principal protagonista de la noche) y “Dulces sueños” (de “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”, 85), subrayando así el peso de sus tres primeros álbumes en orden inverso al original en un set que, tras seis minutos de descanso –lo justo para “cambiarse los calzoncillos”, aderezados por vídeos del pasado sin desperdicio–, todavía guardaría fuelle para cuatro temas más y el cierre con “El Rey”, versión de José Alfredo Jiménez que, da la impresión, se convertirá en el broche final de cada una de las noches de esta última gira de El Último. Y si la del domingo fue mi despedida definitiva de sus directos, haré durar el buen sabor de boca con el que me quedé tanto como me sea posible.


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