Xarim Aresté habla de “Punt de Creu” como de un ejercicio de aceptar las propias contradicciones. “Tiene que ver con enfrentarse a dos lados opuestos, las dos agujas que se cruzan, con afrontar la propia contradicción. Todos tenemos nuestras fortalezas y nuestros límites, y todo eso forma parte de lo que somos”. La idea de polaridad aparece varias veces durante la conversación, como si el disco se moviera constantemente entre fuerzas contrarias. Xarim explica que, con los años, su relación con las canciones ha cambiado radicalmente. Si en el pasado trabajaba de manera mucho más impulsiva, ahora el proceso es mucho más lento. “Antes publicaba prácticamente todo lo que hacía. Ahora puedo dejar una canción reposando durante años y pasarla por un filtro hasta que desaparecen las impurezas”. No se trata tanto de perfeccionismo como de una nueva relación con el tiempo. “Cuando eres joven tienes mucha prisa. Ahora no. Ahora entiendo que las canciones necesitan su tiempo”. Ese cambio también afecta a la forma en que los discos terminan tomando forma. El músico reconoce que no suele partir de un concepto cerrado. Más bien ocurre lo contrario. Escribe muchas canciones y, en algún momento, algunas de ellas empiezan a reconocerse entre sí. “De repente hay canciones que comienzan a hablar entre ellas. Como si fueran hermanas o primas. Y ahí aparece algo bastante mágico”. Ese componente misterioso forma parte esencial de su manera de entender la música. Para él, el proceso creativo no es algo completamente racional. “Hay algo muy accidental en hacer música. Hay canciones que podrían haber estado en este disco y han acabado en otro, o al revés”.
"No sé separar ciencia, filosofía y espiritualidad. Al final todas hablan del mismo fenómeno, la existencia"
En ese contexto, la voz ha ido ganando importancia con el paso del tiempo. Durante muchos años la guitarra fue el centro absoluto de su universo musical, pero ahora la relación con el canto es distinta. “Cantar se ha convertido en algo espiritual para mí”, explica. Y añade una comparación reveladora. “Cuando empiezas a tocar guitarra, intentas imitar a otros músicos, pero llega un momento en que encuentras tu propio camino. Con la voz pasa lo mismo”. Ese respeto por el texto, por lo que se dice y cómo, se trasladó también al proceso de grabación del disco. “Todo está construido alrededor de mis pequeños acentos y dinámicas. Es algo casi imperceptible, pero a partir de ahí se construye toda la ola sonora”. En ese sentido, el disco está lleno de tensiones que conviven entre sí. Canciones que transmiten calma pero que al mismo tiempo contienen una energía salvaje. “Puede parecer contradictorio”, reconoce, “pero muchas canciones transmiten tranquilidad y a la vez tienen algo salvaje dentro”.
Para darle forma al disco, contó con la complicidad de Josep Munar a la producción. “Es un auténtico místico del sonido. Alguien que busca la verdad en el sonido”. Esa búsqueda tiene mucho que ver con su forma de entender la música, que a veces roza reflexiones más amplias sobre la existencia. Cuando se le pregunta si el disco tiene una dimensión filosófica o espiritual, responde sin establecer demasiadas diferencias entre ambas cosas. “No sé separar ciencia, filosofía y espiritualidad. Al final todas hablan del mismo fenómeno, la existencia. La música vive en otra dimensión. No la puedes meter en una caja. Tiene que ver con la emoción, con la abstracción, con los sueños”. Esa dimensión intangible es, precisamente, lo que más le interesa. Porque, en última instancia, la música no sirve tanto para resolver el misterio de la vida como para convivir con él. “La música me ha ayudado a aceptar que la vida es un misterio”, admite.
Quizá por eso, mientras trabajaba en “Punt de Creu”, tenía una sensación muy concreta sobre lo que podía provocar el disco. Más que respuestas, compañía. “Mientras hacíamos el disco sentía que estas canciones podían acompañar a la gente”. El álbum se adentra en aspectos dolorosos de la experiencia humana como la pérdida, el paso del tiempo, la muerte… Pero lo hace desde una mirada tranquila. Sin dramatismo. “Hablamos de la muerte, pero no como algo oscuro. Más bien como parte del ciclo de la vida”. Aresté afirma no haberlo pensado de forma deliberada, pero tampoco le sorprende. En su manera de trabajar hay mucho de intuición, de dejar que las canciones revelen su propio sentido con el tiempo. Al final, todo vuelve a esa imagen inicial del bordado. El punto de cruz como forma de construcción paciente. Un gesto repetido una y otra vez hasta que, sin darse cuenta, el dibujo aparece completo. “Las canciones saben más cosas que uno mismo”, dice en un momento de la conversación. Y quizá ahí esté la clave de “Punt de Creu”. En esa mezcla de paciencia, intuición y misterio que termina dando forma a las canciones cuando menos lo esperas.

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