Hace ya cuarenta y cinco años apareció el primer número de “Love and Rockets”, un cómic autoeditado que reunía historias firmadas por tres jóvenes californianos, hermanos e hijos de una familia de origen mexicano: Jaime, Mario y Gilbert “Beto” Hernández. De aquellas páginas iniciales surgirían con el tiempo dos vastos universos de ficción, auténticas novelas-río que se expandirían de manera orgánica a lo largo de las décadas siguientes y que compartían un rasgo esencial: ambos estaban articulados en torno a personajes femeninos de enorme fuerza.
Beto Hernández daría forma a “Palomar”, una serie ambientada en un pueblo latinoamericano mítico, situado en un lugar impreciso y comparado en innumerables ocasiones con el Macondo de García Márquez. Por su parte, Jaime Hernández pondría en marcha “Locas”, también conocida como “Hoppers 13”, una saga situada en la ciudad ficticia de Hoppers, trasunto evidente de Oxnard, la localidad portuaria en la que crecieron los hermanos. “Locas” sigue la vida de Maggie Chascarillo y Esperanza “Hopey” Glass, dos chicas del barrio –una chicana y la otra mitad colombiana, mitad escocesa– cuya relación fluctúa constantemente: algunas veces son amigas, en otras pareja y, con frecuencia, incapaces de soportarse. Pocas obras han descrito una relación prolongada en el tiempo que oscile entre el amor, el deseo, la amistad y el rechazo con tanta naturalidad y verosimilitud. Otro hilo que atraviesa el volumen de principio a fin es la música: Hopey es bajista de una banda punk y, a lo largo de sus giras, se suceden situaciones tan caóticas como tragicómicas. De hecho, los hermanos Hernández tocaron en varios grupos en su juventud, y más tarde han diseñado los covers de numerosos discos.
Los primeros cómics de “Locas”, recogidas en el primer tomo publicado por La Cúpula, se caracterizaban por una mezcla desprejuiciada de géneros. Ciencia ficción, dinosaurios, robots, lucha libre femenina y superhéroes convivían con apuntes costumbristas. Sin embargo, con el paso de los números, Jaime Hernández fue dejando atrás casi por completo los elementos fantásticos para construir un enorme retablo narrativo, una auténtica comedia humana que acompaña a sus personajes a lo largo de los años de manera no lineal y los observa crecer, madurar, distanciarse y reencontrarse.
En torno a Maggie y Hopey se despliega un reparto extraordinariamente memorable y carismático: Izzy Ortiz, la amiga atormentada de Maggie; su hermano Speedy, un tipo belicoso y arrogante que despierta la atracción de muchas chicas del barrio; Beatriz García, otra amiga que acaba casándose con un millonario y sueña con convertirse en una superheroína bajo el nombre de Penny Century; Ray, un aspirante a artista que se enamora de Maggie; su inseparable amigo Doyle, marcado por un pasado lleno de traumas; Vicki, la tía de Maggie y campeona de wrestling; y muchos otros Un slice of life de una riqueza desbordante, capaz de abarcar casi todo el abanico de emociones humanas, de relaciones sexuales y sentimentales, de transitar con naturalidad desde lo trágico o lo agridulce hasta estallidos de humor directo.
Pero “Locas” no alcanzaría su grandeza sin el trabajo gráfico de Jaime Hernández, un auténtico maestro del blanco y negro, cuyo dibujo limpio y preciso sostiene toda la narración. Uno de los rasgos más llamativos de su estilo es la evolución física de los personajes: no solo son expresivos, sino que envejecen, engordan, aparecen despeinados o con ojeras, cambian de aspecto y de actitud, con el paso del tiempo, sin perder un ápice de su magnetismo.
Este volumen, estupendamente editado por La Cúpula, reúne cerca de una treintena de historias de extensión muy variable: algunas apenas ocupan un par de páginas, mientras que otras superan con holgura la veintena. Varias de ellas pueden considerarse pequeñas obras maestras, como “Vida loca”, “Acaba con todo, Terry Downe” o “Moscas en el techo”. En esta última, Jaime se acerca al “realismo mágico” de su hermano Beto con una magnífica intensidad.

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