“Norteamérica tiene que redefinir quién es”
Entrevistas / Liz Phair

“Norteamérica tiene que redefinir quién es”

Carlos Pérez de Ziriza — 24-06-2020
Fotógrafo — Archivo

Liz Phair fue una de las grandes sensaciones del indie rock norteamericano de los noventa. “Exile in Guyville” (Marador, 1993), una especie de respuesta femenina, procaz, cruda, desafiante y feminista – mucho antes de los tiempos del #metoo – al mítico “Exile on Main Street” (Virgin, 1972) de los Rolling Stones.

“Exile in Guyville” fue el discazo que colocó a Liz Phair en el gran puzzle de sonidos que la marea alternativa de la época nos dejó. Su carrera fue perdiendo aristas con el tiempo, espaciando sus entregas y acercándolas a un terreno más convencional, pero la influencia de su anterior discografía fue creciendo a medida que otras artistas de nueva generación revindicaban su obra de los noventa como una piedra de toque capital.

Esta norteamericana nacida en 1967 en New Haven (Connecticut) y criada en Chicago es, desde hace años, uno de los grandes iconos femeninos del rock, y ha volcado todo el amplio bagaje personal y profesional que atesora en “Historias de Terror” (Contra, 2020), su primer libro. Unas memorias en las que demuestra su excepcional talla de narradora, y en las que lidia con asuntos como la amistad, la familia, el amor, el sexo, las relaciones de pareja, la maternidad y, sobre todo, la necesidad de dejar un legado, una impronta que transmitir a las generaciones futuras. Y lo hace con una franqueza apabullante. Un libro abiertamente confesional, con mucho más cuajo experiencial que estrictamente musical, que justifica sobradamente una conversación telefónica de veinte minutos – entre València y California – que se hizo corta y podría haber generado al menos media docena de titulares tan explícitos como el que encabeza este texto.

Tengo la impresión de que “Historias de Terror” (Contra, 2020) es un libro cuya necesidad surge no solo de sobrepasar la mediana edad, sino también del hecho de tomar conciencia de lo que supone el paso del tiempo y la muerte de seres queridos. ¿Es así?
Sí, fueron todas esas cosas. Tratar de documentar mi día a día, mirando atrás en el tiempo. Lo que he sido y lo que soy como persona. Me sumergí mentalmente en el pasado, como si estuviera en disposición de ser juzgada como persona por todo lo que hecho bien y lo que he hecho mal. Y arreglarme con eso. El clima político en Norteamérica también tuvo algo que ver, supuso un impulso. Lo que ha pasado en los últimos tiempos nos ha hecho perder nuestra energía, nuestros valores como ciudadanos, y me cuesta entender cómo hemos ido metiéndonos en este sendero de fanatismo e injusticia, y de tan poco respeto por la verdad. Y también se sumó a todo ello que muchos grandes artistas, sobre todo músicos, murieron durante el periodo anterior a empezar a escribirlo. Perdimos a Prince, perdimos a Bowie… creo que hasta que se fueron, prematuramente, nunca imaginé lo influyentes que ambos fueron para mí. Son los primeros grandes músicos con los que conecté, pero además me di cuenta de lo mucho que influyeron en mi forma de pensar a la hora de ser escandalosa, libre, dramática, sexual y desafiante. Cuando murieron y el clima político de mi país se volvió más oscuro, me empecé a preguntar cuál sería el legado creativo que me gustaría dejar tras de mí. Qué es lo que quería contar sobre mí.

Es impresionante el detallismo que muestras a la hora de describir momentos y situaciones que has vivido hace varias décadas, a lo largo de tu niñez, adolescencia y juventud. ¿Eres de quienes suelen utilizar una libreta o un diario para anotar cosas o responde eso a una reconstrucción literaria?
Es curioso, porque mis amigos y familiares dicen que tengo una memoria horrorosa, y que nunca me acuerdo de nada (risas). Pero lo que retengo, ya porque me haya resultado dramático o excitante, lo retengo. Muchas de las cosas que ocurren entre medias las olvido, pero todo lo que sea intenso, o al menos que haya vivido con intensidad, lo retengo como si estuviera concibiendo una película, como si pudiera revivir esa sensación. Puedo haber sido tu compañera de habitación en el instituto y haber olvidado por completo tu nombre, pero al mismo tiempo acordarme de fechas específicas con una gran riqueza de detalles. Supongo que tengo una memoria extraña. Pero me ayuda a saber sobre qué asuntos quiero escribir.

Describes situaciones duras, con mucha crudeza, pero al mismo tiempo muestras mucho sentido del humor a la hora de reírte de ti misma, sobre todo en capítulos como el de tus visitas al supermercado Trader Joe’s. ¿Crees que el sentido del humor es esencial a la hora de escribir un libro tan íntimo y confesional?
Creo que esa forma de saber reírse de lo que nos pasa en la vida es esencial para vivir bien, y debe serlo para cualquier persona. Hay tantas cosas que no podemos controlar en nuestra vida… gente que trata de tener más poder, más dinero o una mejor estrategia para darle un contrapeso a su vida. Yo amo la vida, y a veces es muy complicado controlar cosas que son mucho más grandes que ti, que te sobrepasan. Una de las mejores cosas del ser humano es su capacidad para hacer arte, seas quien seas. Incluso la persona mas aburrida del mundo será capaz de crearse su propio rinconcito en el mundo, cuando en realidad tenemos muy poco control sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, todo nos viene ya impuesto por fuerzas que escapan a nuestras decisiones.

A lo largo de todo el libro, da la sensación de que siempre has estado entre dos aguas, sin encajar por completo en tu entorno: te describes como demasiado convencional para el entorno universitario bohemio en el que creciste, y luego demasiado poco convencional en comparación con tus amistades más recientes y con los padres y madres de amigos de tu hijo. En cierto modo, eso también me recuerda que tu música era demasiado cruda y explícita cuando debutaste on “Exile in Guyville” (Matador, 1993), al menos para romper la barrera del mainstream, pero conforme fuiste evolucionando también tu música se ha hecho demasiado mainstream para los parámetros del indie rock del que surgiste.
Gracias por decírmelo, es una observación muy perspicaz y muy real. Mucha gente se siente fuera de sitio en la vida, pero el hecho de que yo fuera una hija adoptada, y de que lo supiera mientras crecía, hizo que siempre tuviera algo así como un compartimento abstracto en mi cabeza, como si me viera obligada a seguir mi instinto para averiguar quién soy en realidad. Es como una búsqueda, porque no sé de dónde ni de quién vengo. Si no conoces a tus padres biológicos ni a tus antepasados, ¿cómo vas a saber de dónde vienes si no examinas tus propios instintos? Eso me ha hecho tener siempre propensión a guiarme por mi propia naturaleza, que muchas veces no concuerda con mi entorno. Me acostumbré a no encajar en ningún sitio. También me di cuenta, con el tiempo, de que no soy tan única como me creía: la mayoría de la gente se siente así, aunque no busquen de forma activa la naturaleza de la que proceden, tal y como yo hacía. Yo me lo tomé demasiado en serio, y creo que fue por el hecho de ser adoptada.

Se te ha considerado, en cierto modo, una especie de icono femenino para muchas mujeres del rock que han venido luego. ¿Sentiste que, como profesional, tenías que hacer un esfuerzo doble por el hecho de ser mujer, sobre todo a principios de los 90?
Absolutamente. Me sentía muy vulnerable en aquella época. Y siempre a la defensiva. Sentía que tenía algo que ofrecer, musicalmente, y que tenía el mismo talento e inteligencia que mis homólogos masculinos, pero me sentía menospreciada solo porque era mujer. Siempre con miedo a admitir que el placer que mi música podía provocar era menos profundo. Tenía que probar que podía ser tomada en serio. Pero al mismo tiempo había en mí, sobre todo en los primeros tiempos, los de Girly Sound, una parte que se rebelaba contra todo eso. Y con un sentido del humor particular. Era como: “vaya, quieres probar que puedo sentarme a tu mesa, pero al mismo tiempo no te das cuenta de lo ridículos que somos todos”. Me resistía a tener que encasillarme para poder probar que mi trabajo era igual de válido. Me servía de una mezcla de desobediencia y de deseo por hacer prevalecer mi trabajo.

Lo que dices acerca de que no querías encasillarte me sirve para enlazar con la siguiente pregunta que te quería hacer: me da la impresión, más aún tras leer el libro, de que no has querido nunca erigirte en un modelo a seguir para nadie. Cuando hoy en día, mujeres como Snail Mail, Waxahatchee, Stella Donnelly, Caroline Rose o Jay Som – con algunas de ellas incluso compartiste cartel en el Primavera Sound de 2019, tu único concierto español hasta ahora – te reconocen como una influencia capital. Digamos que el reconocimiento del ascendiente de tu música ha ido a más con el tiempo.
Creo que nunca pensé en mí misma como un modelo a seguir. Crecí más como una artista visual que musical, quería ser como Nancy Spero o Leon Golub, para quienes trabajé en Nueva York cuando me mudé allí desde Chicago. Tenía claro que el rol del artista debía ser provocador, de agitador ante la sociedad. Creo que ser artista es algo de lo que mucha gente es capaz, pero no lo intentan porque les falta la valentía. Me gusta la idea de ser un ejemplo de cómo se puede dar con ese coraje para hacer algo, algo que sea incluso intimidante. Y si me consideran un ejemplo como artista por el hecho de ser mujer, también me parece bien, porque hay muchas grandes mujeres artistas que han sido olvidadas por la historia, cuya importancia ha sido obviada durante mucho tiempo. Pero, al mismo tiempo, lo único que me gustaría incentivar en la gente es a que hagan cualquier tipo de arte. Y que haya más mujeres. Y, francamente, me ha generado un impacto muy profundo, y en eso tienes razón en lo que decías, cuántas mujeres jóvenes están haciendo ahora aquello a lo que yo casi ni me atrevía a principio de los 90. Representan un gran cambio respecto a aquellos tiempos, hay un movimiento entero de mujeres que se hacen notar, hasta el punto de que cada vez son más los festivales cuyo cartel prácticamente está equilibrado entre mujeres y hombres.

Hay un capítulo particularmente emocionante, el de tu viaje a Shanghai, en el que describes la diferencia de valores entre nuestra cultura, tan materialista y tan pendiente de la imagen y las redes sociales, y la oriental.
Creo que los norteamericanos tenemos que redefinir quiénes somos, porque hemos perdido nuestra identidad nacional, hasta cierto punto. Ha quedado claro que somos una sociedad hipócrita y corrupta, que nos hemos fallado a nosotros mismos, en más de un sentido. En el fondo, yo aún creo en el espíritu norteamericano, pero – como dices – ese capítulo refleja una vivencia que me abrió los ojos, sobre cómo la gente puede cuidar de ella misma de forma apasionada y desde un marco de referencia totalmente distinto al nuestro. Yo esperaba encontrarme con una versión comercializada de China, una sociedad muy materialista que te deja a merced de la compasión de otros. Me gusta que surjan esos cuestionamientos de la identidad, que se pongan en cuestión las ideas preconcebidas acerca de nosotros, de nuestra cultura, de lo que significa estar vivos como seres humanos, de eso que consideramos tener éxito en nuestro sistema capitalista, que es como un experimento que parece estar llegando a su fin. O a lo mejor no, ¿quién sabe? Lo que sí que parece es que estemos llegando al final de un modelo de crecimiento que nos plantea ¿es así como queremos coexistir? Porque además el mundo se está haciendo cada vez más pequeño a medida que nos cargamos nuestros recursos naturales, el clima se va haciendo menos elástico, vamos perdiendo margen para cohabitar y estamos obligados a aceptar que no hay una nación más valiosa que otra solo por el hecho de que tenga más dinero o más poder. Los grandes ideales de los últimos siglos están en cuestión, y estamos viviendo una situación que es nueva para todos.

¿Y crees que todo lo que está ocurriendo estas últimas semanas en tu país, las grandes movilizaciones antirracistas tras el asesinato de George Floyd, forman parte de esa redefinición pendiente de los valores norteamericanos que mencionabas?
Sí, totalmente. Son síntomas de que algo se mueve en una nación que se creó y nos fue prometida según unos ideales que no han llegado a materializarse. Es la plasmación de un sentimiento que siempre ha estado ahí. Pero que tanta gente haya salido a la calle junta, en medio de una pandemia, durante días y semanas, por la importancia del mensaje que transmiten, pone de manifiesto esa falta de equidad que está tan institucionalizada en nuestra sociedad. Es el crack que hace que la gente ya no aguante más esa situación. Me ha hecho sentirme orgullosa de Norteamérica, en un momento en el que no encontraba muchos motivos para estarlo.

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