Comencemos por el silogismo: si gran parte de los grandes festivales privados son la versión moderna (es un decir) de las fiestas patronales de verano que toda mediana capital de provincia quiere albergar, ¿tiene algún sentido que sea la propia iniciativa pública la que copie ese modelo privado, en lo que supone – al fin y al cabo – una suerte de doble tirabuzón de la desidia y la absoluta carencia de imaginación? La respuesta parece obvia, pero nos atrevemos a esbozarla: no. Y parece claro que el actual consistorio coruñés sintoniza con esa idea. “Teníamos muy claro que el panem et circenses no vale, y que es muy fácil elaborar una programación de una manera vulgar y desmadejada: debemos tender a lo contrario, y esa parte pedagógica es obligada”, nos comenta José Manuel Sande, concejal de cultura, deporte y conocimiento de A Coruña desde hace tres años. Nos lo dice mientras tomamos una caña y unas tapas, con el sutil folk rock de Tulsa (que están terminando de ensayar) y el pop naïf de Neleonard (que comienzan luego su actuación) oficiando de telón sonoro de nuestra charla en el céntrico Bulevar del Papagayo: uno de los más de doce enclaves en los que se ha desarrollado la actividad de la 32 edición del Noroeste Estrella Galicia.

Han sido unos ochenta conciertos a lo largo de seis días los que se han desarrollado en la ciudad. Una programación ecléctica (punk rock, garage, soul, flamenco, mestizaje, ritmos electrónicos) en la que destacaba su inusual porcentaje de participación femenina: alrededor de un 60% de mujeres o de proyectos integrados por ellas. En cualquier caso, si uno examinaba el cartel a simple vista y aún huérfano de la hojarasca promocional, con una mirada algo virgen, tampoco esa primacía femenina saltaba de forma tan notoria: cualquiera de los primeros espadas de su cartelería atesoraba calidad de sobra para encabezarlos, aunque en sus folletos apenas había más jerarquía que la horaria. Todos sus caracteres ocupaban el mismo espacio. “El esfuerzo va en base a la calidad o la excelencia, y es un proceso natural pero también deliberado, en un año emblemático en la busca del equilibrio femenino, pero es necesaria la continuidad”, justifica el concejal. Lo cierto es que, después de ver los conciertos de Neneh Cherry, Maria Arnal i Marcel Bagés, The Pretenders o Ana Curra, hay poco margen para cuestionar su visión.

Con Neneh Cherry comenzó precisamente nuestro itinerario en el Teatro Colón, en un show tan distinguido e irreprochable como de costumbre, durante el que avanzó material de su próximo álbum y apenas activó el retrovisor para rescatar “Manchild” y “Woman”. Aquella misma noche de martes transitó luego entre el estatismo escénico al servicio de la turgencia de un flamenco que no abraza dogmas – el de Rocío Márquez sin banda, solo acompañada por un guitarrista – y la imponente presencia y el arrebato de un entregado Dorian Wood cuyo concierto, por contra, redunda en un “Xalá” (su último álbum) que se resiente de un severo monolitismo, aunque acaba ganando enteros en el cuerpo a cuerpo de un escenario tan recogido como el de la Plaza de las Bárbaras. Si algo ha calado en la apuesta del Noroeste Estrella Galicia en los últimos tiempos es su apuesta por la descentralización. Expandir lo que era un festival reducido a los grandes conciertos de la playa de Riazor a las calles y plazas de toda la ciudad. Y con escenarios que obedezcan a una relativa unidad estilística, que atraigan a diferentes faunas urbanas. “Se busca de una forma sutil la convergencia entre los espacios y la tipología de las músicas”, nos explica luego José Manuel Sande.

El envite comporta que el festival se acabe resintiendo de los mismos solapamientos de actuaciones que esos grandes festivales que todos tenemos en mente. Esas amargas disyuntivas que crea la abundancia. En el pecado lleva la penitencia. O, en terminología más positiva e institucional, “en su virtud reside su principal amenaza: la idea de cuántas cosas me pierdo o ¿por qué he de elegir?”, justifica Sande. El caso es que la jornada del miércoles, la siguiente, se presentaba especialmente peliaguda en el tramo de entre las ocho y media y las doce de la noche, cuando tocaba elegir entre James Holden y Maria del Mar Bonet, o entre Nathy Peluso y Dona Rosa, o entre Christina Rosenvinge y Roy Ellis. Pero al final fue el inclemente aguacero que cayó durante toda la tarde el que se encargó de despejar incógnitas: los conciertos al aire libre de las plazas de San Nicolás y Las Bárbaras fueron cancelados, y nos quedamos – que no es poco, ni mucho menos – con la excepcional sesión de James Holden y sus Animal Spirits en el Teatro Rosalía de Castro, a cuya audiencia sumieron en un placentero estado de trance gracias a una electrónica que no lo parece por orgánica, y que se nutre del free jazz y de elementos de la tradición house en mantras que son toda una experiencia sensorial. Tras flotar con ellos en el espacio, nos enteramos de que finalmente los conciertos de Peluso, Rosenvinge y Ellis no se celebrarían. Arreciaron las críticas en redes sociales a la ausencia de un plan B ante una inclemencia meteorológica que era una posibilidad latente en cualquier previsión. Quizá se podrían haber reubicado sus actuaciones en otros recintos cubiertos, aunque lo cierto es que el margen de tiempo ya era escaso. El concejal se defiende: “No podíamos instalar carpas en Las Bárbaras y San Nicolás, por sus características. ¿Podríamos haberlo trasladado a salas privadas? Ahí ya entramos en otra dimensión, con quiénes cuentas y con quiénes no. Se intentó hasta el final, y tratamos de renegociar con esas bandas para que regresen en otoño”.

La noche del jueves, ya con los cielos prácticamente despejados, tenía unos protagonistas indiscutibles: Maria Arnal y Marcel Bagés. Su concierto fue una prueba concluyente de que el entorno también es determinante en la música, y de que ese es precisamente uno de los mejores activos del festival, la localización de espacios. No fue el mejor de los conciertos que uno ha podido verles – aunque nunca bajen del notable alto, lo suyo apenas vislumbra parangón – pero poco importó porque el castillo de San Antón y su patio interior iluminado redimensionaron esa reivindicación de la memoria – la histórica y la meramente musical – que anida en su arrolladora vehemencia interpretativa, sazonando una propuesta que se nutre del folk, la jota, el cant de batre valenciano, el flamenco o el pop. Siguen deslumbrando allá por donde pasan, claro. Algo más tarde, Ana Curra reventaba el aforo del Campo da Leña (se instaló una carpa el día antes por si irrumpía la lluvia) con su solvente descarga de clásicos de Parálisis Permanente y otros rescates de ultratumba como su versión del “I Wanna Be Your Dog” de Stooges (“Quiero ser tu perro”).

La introducción de conciertos matinales es otra de las características que diferencian lo que es ahora el Noroeste Estrella Galicia de lo que antes era el Noroeste Pop Rock, aunque básicamente exista una línea de continuidad como para afirmar que hablamos del mismo festival, imbricado en el mes de fiestas de la ciudad. “Queríamos romper con la concepción de las fiestas como un simple espectáculo, que el espectador no fuera un mero sujeto pasivo, sino activo, que pueda escoger e interactuar”: esa es una de las razones de que la cita se haya desoblado en tantos espacios y husos horarios, según nos confesaba José Manuel Sande. Con el sol aún pegando a conciencia, pudimos disfrutar el viernes del estimulante post hardcore de los compostelanos Malraio en la calle Capitán Troncoso, del tan indescifrable como seductor rock instrumental con especias orientales, tintes psicodélicos y desvíos free jazz de los madrileños Mohama Saz en la plaza José Sellier Loup y del magnético folk pop de la orensana Marem Ladson en el bulevar del Papagayo. Tres propuestas tan distantes entre sí (y a la vez tan estimulantes) que por sí solas ya explicitan la diversidad de intereses sonoros que marcaron la semana entera. Aunque todos los ojos ya estaban puestos, por la tarde, en la playa de Riazor. Tras los discretos pases que allí se marcaron los locales Elman y Tunduru y la prestancia de unos Temples tan eficientes como derivativos, fueron Belle & Sebastian quienes se metieron al público en el bolsillo con otro de sus acostumbrados – aunque es cierto que en sus visitas este año se advierte un ímpetu renovado – derroches de clase, picoteando con sensato equilibrio entre su ejemplar pasado indie pop (“The Stars of Track and Field”, “Get Me Away From Here I’m Dying”), su etapa intermedia de inspiración soul y de absorción de sonidos de la costa oeste americana (“I’m a Cuckoo”, “Another Sunny Day”) y su más reciente arrebato dance (“Party Line”, con un Stuart Murdoch pletórico). Es difícil imaginar mejor banda sonora o mejor celebración colectiva para una ciudad norteña, de cielos grises y lluviosos y a la vez elegante como A Coruña: cualquier morriña anda cerca de la serena melancolía que irradian los escoceses, sabiamente templada entre lo versado y lo popular.

La programación se cerró el domingo en el Mercado de la Cosecha con una jornada de cariz familiar y sin primicias de relevancia, de nuevo cercenada por la lluvia. Aunque – esta vez sí – los conciertos de La Plata, Morgan, Ángel Stanich y Aldaolado fueron reubicados en un par de salas, Mardi Gras y Playa Club. Para entonces ya nos habíamos marchado de la ciudad. Pero antes, el sábado, se imponía disfrutar de algunos conciertos matinales (entre ellos, los divertidísimos Esteban y Manuel y su cumbia psicotrópica) y de la que sí era la indiscutible exclusiva de la semana de conciertos: los Pretenders de Chrissie Hynde. Si uno se abstrae de cualquier comparativa (la polémica que generó su caché coruñés en comparación con el vigués del año pasado) o la brevedad con que ventilaron su visita (a todas luces, una hora escasa es muy poco tiempo para un cabeza de cartel), no queda más remedio que rendirse ante lo que fue un concierto rotundo. Atinada elección de temario – repleto de la gran mayoría de sus incontestables clásicos, de “Talk of The Town” a “Mistery Achievement”, pasando por “Kid”, “Hym To Her”, “Message of Love” o “Stop Your Sobbing” – , solvencia en la ejecución de una banda engrasadísima y, sobre todo, la seguridad de contemplar a uno de los grandes mitos (sí, mito: ese término tan manoseado) femeninos de la historia del rock en un más que encomiable estado de forma, a sus casi 67 primaveras. Cerca de 30.000 personas lo disfrutaron, de una forma o de otra, en la playa de Riazor. Nos cuentan que fueron diez mil más que el año pasado.

Lo cierto es que prácticamente todas las actuaciones a las que pudimos asistir durante toda la semana estuvieron concurridísimas. Así que es lógico que el festival saque pecho, en vista de cómo se consolida. Y de cómo genera un retorno de su inversión, que repercute en unas calles que, a diferencia de otras grandes capitales españolas, están más que concurridas en pleno agosto. Acabamos este repaso a lo que dio de sí la semana con otra cita del concejal, que sería un eslogan perfecto para quienes ponen en solfa ese apolillado mantra de que la derecha gestiona los dineros de forma más eficiente que la izquierda, y que sirve de corolario a gran parte de lo que hemos expuesto en estas líneas: “Cuando llegamos había cierta inquietud en algunos sectores de la ciudad porque parecía que llegaba una pandilla de sálvajes, de bárbaros, de punkies, de anticapitalistas… pero nosotros hemos pensado justamente en el rendimiento económico de las fiestas, y anteriormente no se había hecho: deben estar orientadas la propia ciudadanía pero también pensando en que la ciudad pueda ser visitada, porque a veces lo localista es precisamente lo críptico y lo reduccionista, y nosotros debemos tender justo a lo contrario”.