Última cita del año para la electrónica y lo audiovisual en el Centro Botín, en esta ocasión recibíamos a uno de los grandes y el cartel de entradas agotadas nos daba una pista de que la cita era más que esperada por parte del público. Oscar Mulero llegaba a Santander con su último espectáculo: Monochrome, espectáculo que sirve como carta de presentación a su último álbum Perfect Peace, que vio la luz el pasado mes de marzo.

Monochrome se alimenta en la parte visual del concepto cinematográfico colaborativo de los artistas Nazaré Soares y Javier Bejarano, siendo este último al que pudimos ver encargándose de generar los visuales en directo durante el espectáculo.

Conforme la sala, inundada con una luz roja inquietante desde el inicio, iba llenándose, podía notarse que la expectación era notable. Y es que en esta ocasión Mulero iba a plantearnos un espectáculo diametralmente distinto a lo que nos tiene acostumbrados, pero que sí dejaría entrever las señas de identidad del DJ y productor.

Desde el inicio, se nos deja claro que asistimos a un viaje regresivo, reflexivo, de texturas sonoras densas e imágenes sugestivas, algunas en movimiento, algunas fijas, todas ellas generadas a tiempo real en concordancia con la música. La base rítmica, nutrida de duros golpes de bombo y bajo, iba acompañada de una serie de drones (notas o sonidos sostenidos en el tiempo) algo más melódicos, que nos iban introduciendo en la neblina de imágenes (filmadas en su mayoría en película en blanco y negro de ocho y dieciséis milímetros) que trazaban la línea entre lo onírico y lo terrenal, todo con un denominador común: el de la introspección y la búsqueda a través de la memoria.

Pasada la media hora la intensidad iba en aumento, el auditorio empezaba a aullar debido al nivel de graves que la música imponía, las capas que se superponían en lo musical, que cada vez iba recrudeciéndose más, se superponían también en lo visual, fusionando en esta ocasión la naturaleza y la imaginería fúnebre. La rítmica iba adquiriendo en ocasiones un corte más industrial, más oscuro, donde el punch era cada vez mayor, lo cual nos hizo despertar y darnos cuenta a los allí presentes de a quién teníamos delante. Todo termina por estallar y hasta las pantallas en el escenario tiemblan, con un gesto tierno, Óscar Mulero pide aplausos para su compañero en el escenario y se retira. Se mira todo el mundo. Zumban lo oídos.