Llenazo en la Joy Eslava para ver a los Klaxons. Los malpensados podrían aducir que ya que al sarao montado por Vodaphone y Myspace se accedía de forma gratuita el éxito no lo fue tanto. Y a esos habría que remitirles a anteriores pinchazos de estos mismos Secret Shows. De hecho la expectación podía palparse desde el minuto menos-uno, con un público especialmente caliente y gritón que, además, no tuvo la oportunidad de perder fuelle ante la ausencia de teloneros. Los Klaxons saltaron directamente a escena en formato de a cinco, con un mago de los arreglos electrónicos que lo mismo disparaba las secuencias que tocaba un melotrón medio escondido en la penumbra. Venían a defender el discretísimo “Surfin The Void”, a convencernos de que lo suyo no fue flor de un día, hermosa flor aquel “Myths Of The Near Future”, por mucho que haya quien aún se empeñe en señalarlo como olvidable producto de la tendencia del momento. Y a fe que lo consiguieron. Con un volumen atronador y un sonido que de la confusión inicial fue derivando en incisivo y contundente, nos hicieron pensar qué habría pasado si su sello no le hubiera metido mano a su segundo disco convirtiéndolo en algo mucho más inofensivo de lo que su puesta en directo da a entender. Porque sí, vale que los grandes temas de Klaxons, los que son acogidos con alborozo por la chavalería -muy a tener en cuenta la juventud de su público, que por momentos hasta improvisa un inofensivo pogo frente al escenario-, aún siguen siendo los “Magick”, “Golden Skans”, “It’s Not Over Yet” y demás hits de su debut. Pero en directo temas como “Echoes”, “Valley Of The Calm Trees” o “The Same Space” potencian los puntos fuertes de Klaxons en 2010, un magnífico juego de voces y melodías de corte oscuro que les convierten treinta años después en lo que Siouxsie & The Banshees significaron para la juventud británica en los tempranos ochenta: goticismo, bailoteo y una reivindicación posmoderna de los clásicos. Si además James Righton se suelta a hablar en castellano, recuerda sus años como ciudadano madrileño y nos regala una de sus sonrisas, el resultado no puede ser otro que la locura generalizada. Por favor, para el próximo que pongan bien lejos a Ross Robinson y les dejen a ellos. Saben lo que se hacen.