Talibanes: afilen bien sus dientes. Porque Gojira es lo más grande que le ha pasado al metal desde Pantera. Y no lo digo yo, lo dice su directo. Una impecable y aplastante máquina musical que trasciende el género, infiltrándose en cualquiera que pase por ahí y tenga los oídos bien abiertos.

He aquí, por fin, el metal del siglo XXI. No son unos bestias malolientes con el pelo lleno de cerveza, ni esos niñatos escrupulosamente vestidos y tatuados, que tanto gustan ahora a los blancos de clase media-alta que ponen cara de malote en las fotos. Gojira son veganos y comprometidos con el medio ambiente, no viven de su imagen (aunque cuidan mucho el aspecto gráfico de su trabajo) y adoran la tradición del metal, pero tienen muy claro que, para llegar a algún sitio, sólo se puede ir hacia adelante. Suenan como si fueran la banda más grande del planeta, pero desprenden humildad y cercanía, y su música es gloriosamente inclasificable: ni death metal, ni metal progresivo, ni trash, sino pura y genuinamente Gojira.

Aquí vuelve a jugar en contra la consabida discriminación geográfica; si no viniesen de una pequeña localidad del sur de Francia, ya estarían coronando carteles de macro festivales. Pero es cuestión tiempo; ya en el pasado Sonisphere barrieron a los mismísimos Metallica, a deshoras y en el escenario pequeño. Afortunadamente para quienes estuvimos anoche en el Kafe Antzokia bilbaíno –o en cualquiera de sus otras citas por la geografía española– aún es posible verles como dios manda: en sala de aforo medio y a tumba abierta.

Con las entradas agotadas, el Antzokia era un hervidero de fans que enloquecieron desde el primer acorde. No es para menos: resulta bastante complicado escapar de un riff de Gojira, como resulta imposible permanecer impasible ante una banda que suena ASÍ. Su discografía es la perfecta ruta de una formación en expansión, creciendo constantemente y desarrollando algo tan complicado como una personalidad propia.

En directo esto se transmite a la perfección: son una banda sin fisuras, con un repertorio equilibrado compuesto, uno a uno, por temazos. Composiciones que no son tan brutas ni tan complejas como las de otros grupos de la escena, pero que se imponen con honestidad, ingenio y una ejecución espectacular. Eso sin contar los acojonantes riffs, los pasajes llenos de recovecos armónicos, los complejos breaks y los intervalos sorprendentes. Tanto si quieres entregarte al desenfreno primario de las primeras filas, como si escuchas con atención lo que ocurre en el escenario, Gojira captura tu atención desde el principio hasta el final del show.

El Kafe Antzokia fue un escenario perfecto para el espectacular concierto. La banda bajaba ocasionalmente a tocar a escasos milímetros de los fans, y había un ambiente cercano e íntimo. Joe Duplantier aprovechó para sellarlo diciendo “somos casi vecinos, venimos de Bayona. No somos vascos, pero tenemos un gran respeto por el rock vasco, especialmente por la banda Su Ta Gar” (Duplantier ha afirmado más de una vez que Aitor Gorosabel es su guitarrista favorito). El público estalló una vez más, como lo hizo constantemente desde el “Explosia” que abre su reciente “L’Enfant Sauvage”, al “Remembrances” de su segundo álbum o el monumental “The Gift Of Guilt” que cerró el concierto, con el público en éxtasis y la banda dándolo todo. Memorable, por buscar una palabra que se le acerque.

Sea en el aspecto que sea, Gojira van más allá. Por eso son tan buenos. Van más allá del death metal sin caer en la parodia. Van más allá del metal sin recurrir a clichés o a lugares comunes. Van más allá del metal, del rock, de cualquier género. Definirles es vulgarizarles. Son una banda enorme, y punto.