Acaba el
concierto de Elvis Perkins y me quedo con la sensación de que a este chico sus
dos largos no le hacen justicia. En directo su música se expande en múltiples
direcciones provocando sensaciones que van de la tristeza a la esperanza,
pasando por una forma de entender la vida y, sobre todo la muerte, propia del
que está de vuelta de todo. El dominio que muestra de la música tradicional estadounidense
lo calificaría de aplastante y más si se arropa en una banda de tres músicos
que combinan diversos instrumentos (bajo, guitarra, teclados, trombón, saxo,
harmónica, bombo…) en los que se encarama para recrear pasajes que van de la
música de Nueva Orleans, con sus fanfarrias funerarias, al folk-rock de la
Costa Este, pasando por el soul, el gospel o el rock’n’roll. Sonoridades
con  las que, por momentos, te
traslada a una celebración campestre en cualquier granero del Medio Oeste
regada con ese whisky de maíz que lo cura todo. Su habilidad para combinar toda
esa tradición, ese espíritu genuino de lo yanqui, con una personalidad
abrumadora te deja sin aliento y más si cuenta con el contrapunto perfecto de
unos coros que le dotan de la autenticidad de lo primigenio. De hecho no
podemos hablar de un concierto de canciones –tan sólo “Shampoo” y “While You
Were Sleeping” entrarían en esa categoría por la puerta grande- sino más bien
de un viaje físico y doliente, en ocasiones incluso tan denso y desgarrador
(“Doomsday”, “Chains Chains Chains”) que se diría que las notas pueden rasgarse
con una afilada navaja Cherokee. Elvis Perkins tiene una enorme carrera por
delante y aunque las comparaciones con Dylan son una chorrada, en una supuesta
carrera por su trono sería un digno candidato y no sólo por el sombrero a lo
“Desire” que lucía. Por su parte, Dawn Landes me resultó todo lo contrario y me
temo que sus discos están muy por encima de una puesta en escena que la
muestran como una artista con una 
fragilidad tan entrañable como endeble.