Viernes 7 de julio.

Año de crecimiento para el Cruïlla, gracias a un cartel que se ha fijado mucho más en grupos que podían conectar con la audiencia al margen de géneros. Hubo pop electrónico, world music, rock, rap, rave, electroswing… De todo y bastante bien mezclado, la verdad. Pero empezemos por lo peor del festival, para allanar el camino. Esta vez, el escenario Movistar + fue más problemático que en años anteriores. Por un lado, porque el ruido generado por la acumulación de público impedía escuchar con claridad las propuestas más minimalistas (Luthea Salom fue sin duda la gran perjudicada del festival en ese sentido). Por el otro, porque la programación de ciertos artistas en la carpa habían provocado un lleno tal que era imposible disfrutar en condiciones (Neuman, que no se amedrentaron e hicieron a sus fans un poco más fans y a sus detractores, un poco menos detractores. Viva Suecia quedaron un poco por detrás, pero casi consiguieron superar todas las adversidades que sumaba la carpa). De ahí que sacarle partido fue no menos que cuestión de fortuna: sonido inconcreto y volumen inusualmente bajo. Nunca sabremos hasta qué punto El Petit de Cal Eril tenía un plan maestro para superar las dificultades. Fuera como fuera, su espectáculo –mezcla de su ya honda carrera– supo aprovechar los espacios para crear algo místico y psicodélico. Más si cabe. Joan Pons y los suyos anduvieron sueltos; cuando uno encara el segundo año en la carretera de un disco (“La Força”, 2016) sólo puede hacer dos cosas: aburrirlo y que cada toma sea un trámite, o dejar al bicho crecer hasta que casi se apodere de uno… ¿Está clara la vía tomada, no?

Una vez resumido eso, volvamos a la primera jornada del festival. Nuestra jornada se inició con Dorian Wood, acompañado por Xavi Muñoz (A Veces Ciclón, y músico de gira de Laetitia Sadier) y el joven veterano Marcos Junquera (Balano, Estrategia Lo Capto!, Betunizer…), con quienes ha grabado su intenso “Xalá” (Atonal Industries, 17). Verle aparecer en escena, vestido en rollo chillón y sentado frente a un piano de cola, dejó ya muy claras cuáles iban a ser sus intenciones para desplegar un repertorio que combinó pasado y presente, pero que sirvió además para difundir un mensaje (y una música) que reclama todavía más atención. Ver el mismo show en sala será un placer.

Que el Cruïlla empezara las actuaciones del escenario Time Out con uno de los artistas más importantes y populares africanos, fue todo un atrevimiento. Eso significó que ese escenario tan acogedor y a plena luz del día, no presentara su mejor versión. Pero eso dio igual a un Youssou N’Dour en plena forma, rodeado de una numerosa banda. Sabido es que You reparte su producción entre su material para Senegal y su material para el resto del mundo, y lo mismo hizo con su repertorio. Empezó con el vibrante “Set”, con profusión de percusión, pasando por “Li Ma Weesu” -con solo de saxo incluido algo que hace tiempo no veíamos en su banda-, el dinámico “Bamba” con el que puso a mover de un lado a otro al público o el inapelable “Birima”. Evidentemente no faltó el clásico “7 Seconds” o el emotivo “New África”. Dejó también un par de temas de su último disco editado aquí “Africa Rekk”, el delicado “Serin Fallu” y esa divertida unión de música latina y africana que es “Money Money”. Y recta final con “Senegaal Rekk”, una excelente muestra de lo que es el mbalax y despedida con “Happy”. Para los que aguantaron allí bailando con el calor que hacía fue el calentamiento perfecto para este festival que prometía mucho movimiento.

Ani DiFranco tuvo durante la segunda mitad de los noventa, y gracias a discos como “Dilate” o “Up Up Up Up…”, su momento de gloria que la llevó incluso a llenar recintos como la sala Razzmatazz de Barcelona. Luego pasó por una etapa más anodina que provocó cierto desinterés en su público menos fiel que desconectó de su propuesta. Es precisamente ahora, con discos más que correctos como su reciente “Binary”, cuando parece haber recuperado algo el pulso, y en parte su actuación vino marcada por ese voluntariosos deseo de volver a estar en el candelero. Lo logró solo en parte, porque aunque iba bien arropada y ella se dejó la piel en el intento, tuvo que luchar con el mismo grado de indiferencia al que llevaba unos años condenada. El resultado final fue un concierto que no será recordado por ser uno de los más interesantes del festival, pero que sí puede ser un buen punto de partida para iniciar esa operación retorno que muchas de sus canciones, más humanistas que políticas, reclaman.

Por lo que respeta a la actuación del aragonés Kase.O –junto a sus compañeros de gira y de muchas otras cosas más R de Rumba y El Momo- podríamos extendernos durante líneas y líneas para intentar describir el magnetismo que el rapero atesora y que no deja de crecer a base de sinceridad y de una proximidad que desarma a quienes acuden a sus conciertos. Kase.O es una estrella con la que seguramente podrías irte a tomar unas Ambar bien frías y hablar de la puta vida. Pero cuando se sube al escenario no puedes hacer otra cosa que rendirle pleitesía, sea tanto cuando dispara a bocajarro su “Esto no para” como cuando se suelta con una coreografía junto a El Momo, cuando nos sermonea –en el buen sentido- o cuando obliga al público a cantar su “Mazas y catapultas” con más entrega. El señor del rap.

Two Door Cinema Club

Two Door Cinema Club

Lo de Two Door Cinema Club es digno de estudio. Pocas bandas pueden presumir más y mejor de tener una batería de canciones tan resultonas directas y efectivas como los irlandeses y, sin embargo, tiene uno la sensación de que es precisamente ese sambenito de grupo facilón la losa más pesada que deben soportar a la hora de defender su propuesta. A nadie se le escapa que su imagen no se queda impregnada en la retina de nadie, por muchos sombreros de ala ancha que calcen (lo de la camiseta futbolera más que sumar resta puntos), pero no es menos cierto que su bolo cobra un dinamismo de felicidad que te deja flotando en una auténtica nube. Nada que objetar, al contrario. Su actuación el viernes fue una de las más celebradas, bailadas y vividas del Cruïlla. Y es que cuando cuentas con canciones como “Do You Want It All”, “Something Good Can Work”, “Are We Ready (Wreck)” o la indiscutible “What You Know” lo que digan los demás debería importante un soberano pito.

Dorian podrían pasarse la vida girando. Más que nada porque les gusta enfrentarse al público y que sus canciones las cante cuanto más gente mejor. Eso le da sentido a ser un grupo de pop. Sumemos a eso que pocos grupos se toman más en serio a su público que los catalanes, de ahí que hayan ido sumando y sumando seguidores con cada disco. Pero, pese a jugar en casa y cumplir una asignatura pendiente –participar en el Cruïlla-, no fue su gran noche. La primera parte de su set funcionó a la perfección, pero el sonido se desinfló a partir de “El temblor”. Incluso su nueva canción, “Hasta que caiga el sol”, se fue difuminando segundo tras segundo, lo que no impidió que su actuación fuera la más masiva del escenario Radio3.

Aspencat son el perfecto ejemplo de músicos comprometidos y militantes y su directo es, como se suele decir, para bailar pensando. Y este era un concierto especial para la banda valenciana, ya que después de más de diez años están encarando el final de su gira, tras la cual se separarán, así que lo dieron todo. A pesar de coincidir parte de su concierto con Jamiroquai, tuvieron un público cómplice y dispuesto. No faltaron sus himnos “Antimatèria”, “Música naix de la ràbia” o “Som moviment” que entonaron sus dos cantantes Kiko e Ivan, pero acompañados por las múltiples gargantas de sus jóvenes seguidores. Cuando se iban recordaron que años atrás habían estado tocando en pequeños locales de barrios de Barcelona y que era un placer tocar en el Cruïlla.

Patrice podría representar la esencia misma del Cruïlla (o al menos del Cruïlla que no programaba a primeras espadas del pop): mezcladito es doble premio. En sus músicas no sólo descansan reggae, afrobeat o dancehall. Con su último disco, “Life’s Blood” (2016), el hijo de padre sierraleonés y madre alemana, ha añadido un punto de músculo a la fórmula. Y también de modernidad: el avance se deja notar en directo, un show menos de género y más enfocado al baile. Pese a la competencia (compartió parte de su slot con Jamiroquai), músico y acompañantes pusieron patas arribas el escenario Time Out.

Muchos de los comentarios en el concierto de Jamiroquai iban sobre el chandal de Jay Kay, sobre si está mayor o sobre sus recientes problemas de espalda. Aquí no vamos a pararnos a señalar que la gente envejece con los años, porque los más observadores ya os habréis dado cuenta. El caso es que pese al estatismo vocalmente estuvo impecable, y greatest hits aparte los temas de su nuevo disco fueron lo mejor del concierto. Tanto “Shake It On”, con la que empezó, como “Automaton”, “Cloud 9” y “Superfresh” rayaron un nivel que varios de sus temas antiguos y sobre todo los desarrollos instrumentales, que amenazaron con sacar bostezos, no alcanzaron. El sonido no fue una maravilla, y quizás por eso los cortes más electrónicos acababan ganando la partida, pero lo compensaron con una segunda mitad de concierto sobresaliente y unos visuales que, sin ser especialmente elaborados, encajaban muy bien con el futurismo retro de los Jamiroquai actuales.

Los Fabulosos Cadillacs salieron a matar, pero se pasaron de frenada. Solo había que ver la actitud desenfrenada del recién incorporado Sergio Rotman (saxo y voces) para darse cuenta de que las ganas que tenían de transmitir el espíritu más pandillero, arrabalero y crossover de la banda, pudo por encima de la capacidad de mantener el groove con cierto sentido del tempo. Y es que a veces la suma de individuos duplicando tareas (¿dos baterías?, ¿dos bajos?), no provoca más que cierta distorsión y un batiburrillo sónico que puede enviar al traste temas que ya de por sí son complicados de llevar a buen puerto. Por eso hubo momentos, sobre todo al principio del bolo como los protagonizados por “Mi novia se cayó en un pozo ciego” o “El aguijón”, que generaron más distorsión que placer por ver que el repertorio recogía canciones inesperadas. Fue precisamente, tras el obligado parón provocado por la avería de una consola, que la banda sacó a relucir su batería de clásicos incontestables como: “Carnaval toda la vida”, “Carmela”, “Mal bicho” o “Matador”. Entonces sí, entonces el concierto cogió un aire de celebración y de fiesta, provocado más por la añoranza de un tiempo pasado que por la habilidad del grupo de llenar de forma nítida los huecos. Y por favor, que alguien le diga a Flavio que lo de disparar tiros con el bajo es algo tan casposo que no le hace gracia ni al fan más trasnochado de Red Hot Chili Peppers.

Die Antwoord

Die Antwoord

A pesar de que Jamiroquai y Kase.O venían calentando con dos de los mejores conciertos del día, Die Antwoord reinaron el viernes por encima de todo y de todos. Un espectáculo que consiguió equilibrar una profesionalidad medida y coreografiada con un directo que va a la yugular, que recorre todos los palos de la banda -del trap al trance-, pero tiene sus puntos álgidos, lógicamente, en la electrónica rompecuellos. Tampoco es fácil encontrarles competencia en la puesta en escena, con unas proyecciones construidas alrededor del triángulo central que acaparaban toda la atención, una Yo-Landi con más cambios de vestuario que Alaska y un Ninja absolutamente magnético. Ni se podía apartar la mirada ni se podía dejar de saltar (eso sí, era necesario estar frente al escenario). A estas alturas se nota que van más que rodados, se nota que repertorio no les falta y se nota que saben lo que funciona y lo que no en directo. Y esta vez, al menos, funcionó todo. Otro puñetazo en la mesa más y otra razón para no hacer ni puto caso a los que los consideran unos The Prodigy de segunda fila.

Nicola Cruz jamás te cargaría los cubatas. Para él la borrachera debe ser sostenida, tanto que igual no tendrías paciencia como para compartir toda una noche de juerga bajo su filosofía. A las 3AM, kaput. Tal vez por eso hubo alguna cara desubicada durante su hora y media de set, que sólo al final pasó de los 90 bpm’s (poco para un cierre; y más tras el desenfreno de Die Antwoord). La sesión escaló poco pero el tránsito fue exitoso: la música andina desnuda –a veces demasiado– se mezcló con electrónica ligeramente tropical. Los que supieron querer a Nicola como es entendieron que la calma impuesta es un peaje hacia el baile cósmico. De lo que él no tuvo culpa fue de un sistema de sonido que le privó de bajos.

Sábado 8 de julio.

Cerca de nuestra oficina hay un restaurante en el que cocinan un chuletón increíble. La carne –la mejor de las mejores- la traen de otra provincia, pero el talento del cocinero que la lleva a su mejor punto sobre las brasas es indiscutible. Pues bien, no se me ocurre mejor símil, por muy estúpido que pueda parecer, para hablar de lo que ofrecen Exquirla sobre los escenarios. Niño de Elche navega libremente sobre las capas de guitarras y los ritmos milimetrados de Toundra, y juntos dan forma a unas canciones que abren nuevos caminos. Tanto da si habrá recorrido posterior como si no, porque lo importante es que hay magia e intensidad de la buena, y eso tal y como están las cosas no es algo que uno se encuentre con demasiada frecuencia.

Una de las cosas que no se le pueden discutir al Cruïlla es esa labor de descubrimiento de grupos y no cabe duda de que una de las sorpresas más agradable del festival fue la de M-Lamomali. El nombre es una contracción sonora de “l’âme au Mali”. Se trata de una propuesta y un disco que nacen del viaje de M, alias del francés Mathieu Chedid, a ese país africano, de su enamoramiento y de su encuentro con el virtuoso de la kora Toumani Diabaté. Y su puesta en escena fue impresionante. Once músicos con M y Toumani a la cabeza, todos vestidos por el gran Jean Paul Gaultier que quiso apoyar el proyecto. Destacó la presencia de Fatoumata Diawara, de voz espectacular, y de Sidike, hijo de Toumani, a la kora y con otra potente voz. Su actuación fue un constante diálogo musical que dio como resultado una actuación maravillosa que tendió un puente entre París, Bamako y el mundo.

Benjamin Clementine está feliz en su pellejo ahora mismo. Para alguien con tanta facilidad para llenar un escenario, lo sorprendente es que no hubiese tenido oportunidades antes de pasear su magia en estas condiciones. El londinense ha ido engordando su directo desde que iluminara al mundo con “At Least For Now” (2014). En un principio defendía su material sin más ayuda que un piano, luego se sumaron algunos músicos y ahora son una gran familia, pero el resultado epata del mismo modo: gorgoritos asfixiantes y mamporros al piano. Clementine es estrella (como su camisa con chorreras). Lo deja notar con sus músicas y también con sus exigencias: al inicio, se marchó del escenario al ver que todo el mundo andaba sentado en las gradas que secundan el Time Out. Volvió, claro.

Del show de Enric Montefusco  poco podemos añadir que no hayamos dicho al respecto de las presentaciones de “Meridiana” (Buena Suerte/Sony, 17) por el país. Tanto Montefusco como su banda han sabido reducir con franca inteligencia la distancia entre grupo y público (y no solamente físicamente, como suelen demostrar en los minutos finales de cada actuación), sino que lo que ya empezó años atrás con Standstill se ha mantenido en la actualidad en esta nueva aventura del catalán. Si llevase sombrero, me descubriría una vez más en un gesto de reverencia. Hubo que perderse buena parte de la actuación de Little Steven y su superbanda, pero no hubo arrepentimiento ninguno. Se lo aseguro.

Txarango

Txarango

Si cada banda tiene su momento en la historia, este parece ser el de Txarango. Y lo mejor que les ha podido ocurrir es que, a pesar de su juventud, todo esto les haya pillado con los pies en el suelo. De hecho siguieron el mismo guión de sus multitudinarios conciertos el pasado mayo en el Poble Espanyol, dentro del Cruïlla Primavera. Su cóctel de ritmos latinos, ska, reggae, rumba, etcétera, con espíritu punk festivo, les funcionó de maravilla una vez más. Pero sobre todo es admirable que no se cansen de mandar mensajes para que la gente reflexione y que demuestren apreciar muchísimo que la gente cante con ellos, estrofa a estrofa, sus canciones. Ahora les falta llevar su éxito más allá de Catalunya, pero es solamente cuestión de tiempo porque su directo es inapelable.

Había tanta expectación de ver a Ryan Adams en Barcelona que el principal riesgo al que se enfrentaba el estadounidense era el de no estar a la altura de las expectativas. Pues bien, nada más lejos de la realidad. El cantautor no solo dejó su huella, sino que dio una autentica lección de cómo debe sonar en la actualidad el rock americano de aroma más clásico. Esa auténtica combinación de elementos que parten de la tradición, pero a los que cabe sumar su desbordante personalidad y unas tablas de músico ya curtido en cien mil batallas. Derrochó clase y sudó parte del sobrepeso que le han dado los años. Y lo hizo basando el repertorio en sus dos últimos discos, consciente del buen momento de forma competitivo en el que se encuentra, ya sea por un desengaño amoroso, ya sea por esa lucha, tan yanqui y perenne, contra los demonios propios y ajenos. Da igual. La única verdad a la que nos enfrentamos en el Cruïlla es que ha tardado mucho, demasiado, en volver a tocar en Barcelona desde aquel mítico (por diversos motivos y un zapato) concierto en la sala Bikini del año 2002. Lo único que podemos desear tras verlo de nuevo sobre un escenario es que no vuelve a tardar muchos años en volver a visitarnos. Un pisotón en pleno corazón a base de rock’n’roll del de toda la vida. De Dylan a Springsteen, de Young a Petty, de Orbison a Parsons. Tradición, pura tradición. Una tradición bien distinta siguen Pet Shop Boys, unos artistas como la copa de un pino que han pasado por etapas mejores y peores, pero que jamás decepcionan. ¿Cómo iban a hacerlo con tal batería de hits y con una puesta es escena que siempre se disfruta desde el minuto cero? Neil Tennant no lució su mejor voz, pero pasan los años y continúa siendo un tipo con tanta clase, que pocos peros se nos ocurren.

Pet Shop Boys

A René Pérez, Residente, le ha sentado de maravilla eso de iniciar su propio proyecto en solitario. Sale al escenario con una energía liberadora y desbordante que logra transmitir al público gracias a una fantástica banda de apoyo que dota a la música del Calle 13 de una pulsión más rockera y contundente. Desde el minuto uno, con “Somos anormales”, su show se convierte en una apisonadora en el que unos excelentes visuales dan la réplica perfecta a su combinación de rap, rock y sonidos latinos. Es cierto que todavía echa mano de muchos de esos clásicos incontestables de su anterior proyecto (“El aguante”, “Fiesta de locos”. “La vuelta al mundo”, “Vamos a portarnos mal”…), pero también es verdad que canciones de su último disco como “La sombra” y sobre todo esa maravilla titulada “Apocalíptico” no desmerecen para nada en el conjunto de un set que provocó más de una cara de sorpresa entre los que no sabían de la propuesta del puertorriqueño. Y es que haberlos haylos.

La imagen que había desde lo alto de las gradas del escenario Time Out con miles de personas bailando y saltando, desde la primera fila hasta la última, incluyendo a todo el mundo de las gradas, durante la actuación de Parov Stelar era impresionante. En el escenario una estructura repleta de luces, en lo alto el director del proyecto, el Dj y productor austriaco Marcus Füreder. Debajo, tres vientos, un bajista, un batería y la cantante Cleo Panther. A lo suyo le llaman electroswing, pero todo está tramado como si fuera una estudiada sesión de Dj y el efecto que consiguen con esas paradas, aceleraciones y explosiones de ritmo son espectaculares. Presentaban nuevo disco, “The Burning Spider”, pero temazos como “Chambermaid Swing”, el imparable “Booty Swing” o el tremendo “All Night”, quedarán para la memoria.

De The Prodigy poco podemos decir que no imaginéis. Los Prodigy que todos teníamos en la memoria o en la mente -los bienpensados al menos- con un set pensado para vencer y convencer, repleto de hits y sin apoyarse en grandes despliegues visuales. Entraron a matar con un primer tramo en el que sonaron “Breathe” y “Firestarter” junto a los dos singles por excelencia del último disco, “Nasty” y “Wild Frontier”, y después cayeron todas: “Omen”, “Invaders Must Die”, una revisión especialmente brilllante de “The Day Is My Enemy”, “Smack My Bitch Up”, “Voodoo People”, una apoteósica “Take Me To The Hospital” ya en el final… Los himnos siguen siendo himnos, sonaban con la contundencia que se esperaba de ellos e incluso la formación con guitarra les sigue sentando bien. No sé si tuvieron un día especialmente bueno, pero si siguen manteniendo este nivel les queda cuerda para rato.

Si dentro del Cruïlla en algún momento se creó un mundo paralelo, ese fue el que se montaron Oques Grasses. Su concierto fue una autentica fiesta que empezó en el escenario y se transmitió entre un público que coreó cada una de sus canciones (“Cara de cul”, “Sexy”, “Plora i riu”, “Cul”, etcétera) e incluso sus personales versiones del “With Or Without You” o del “Ave María”. Para ellos todo vale.

La noche y el día. Así fueron los dos cierres de las jornadas principales del Cruïlla. Si la elegancia tomó el viernes, el histrionismo inundó el sábado. AronChupa, portero profesional sueco (el equipo de sus amores, el Byttorps IF), no sería precisamente de los que se maneja bien con los pies. Patadón y a buscarla. Aron Michael Ekberg se emplea vulgaridad a combinar EDM, electroswing, subidones de house ibicenco y, sin esconderse, base gorda y a bailar.

Domingo 10 de julio.

El domingo, como en ocasiones anteriores, quedaba como jornada family-friendly en tiempo de descuento. El mayor cambio esta vez era la orientación a un público más joven: de los Elefantes y Calexico de hace un año pasamos a no tener a nadie mayor de veinticinco encima del escenario y a albergar una Holi Party donde casi había círculos concéntricos según la edad, con el sector adolescente como gran protagonista. Un acierto para reforzar la imagen de festival para todos los públicos y menos orientado a lo guiri. Lo mismo consiguieron los colombianos Morat desde el minuto uno con una propuesta totalmente transparente: folk-pop de radiofórmula cargado de coros festivaleros y letras de amores y desamores, con un sonido cuidado y un directo tan amable y poco arriesgado como resultón. Unos Taburete menos odiosos, si se quiere ver así. Si fueran españoles estarían haciendo más festivales que Love Of Lesbian y Sidonie juntos.

Jain, por su parte, sí arriesgaba ya desde la misma puesta en escena. Se bastó para llenar un escenario ocupado tan solo una pequeña mesa desde la que disparaba loops y programaciones, y por el que no paró de correr ni de dejar claro, lenguaje corporal mediante, la influencia del hip hop en el pop de ecos jamaicanos y africanos que practica. Supo aprovechar lo corto de su repertorio intercalando los temas más bombo-palmas con otros en los que desplegaba técnica vocal, siempre con una energía incansable, y se quitó el “Come” de delante a mitad de concierto para acabar por todo lo alto. Un “Come” en el que consiguió sacar una carcajada a medio festival con la inestimable colaboración de dos de los que estaban en primera fila, a los que loopeó y utilizó como estribillo. Cerró con “Makeba”, haciendo un guiño al tema del Inspector Gadget, y dejó un buen sabor de boca unánime con un concierto más festivo de lo que uno podía esperar.