Seward es una de las bandas más particulares de nuestro territorio. Los barceloneses transitan muy lejos de lo convencional. Y eso es algo que su segundo álbum, “Second Two: Chapter Home” (Foehn, 15), demuestra sobradamente.

Al margen de lo inclasificable de su sonido, una extraña pero arrebatadora amalgama de nutrientes cuyo rastro genérico tiene algo que ver con el pop, el free jazz, el folk, el blues o el post-rock (sin que ninguno se transparente demasiado), hay al menos un par de decisiones que evidencian que Seward transitan muy lejos de lo convencional. Y que también se concretan en “Second Two:Chapter Home”, su segundo álbum. La primera, su alergia al incesante y perentorio autobombo al que recurren el noventa y nueve por ciento de bandas de este país en las redes sociales. “Desde el principio, nuestra intención nunca ha sido ir en contra de nada, sino dedicarnos exclusivamente a la música, valorando a los profesionales de otras disciplinas, construyendo así una forma propia de equilibrio artístico colaborativo en relación a los excesos insultantes de las costumbres digitales actuales impuestas a los músicos: gratuidad por norma, multi-tasking sin sentido, visibilidad veinticuatro horas…”. Consideran que, de esa forma, “la relación con el público es mucho más cercana y, por tanto, más real”. La otra es haber ido diseminando las canciones de su álbum de forma periódica, previa a su edición global, alimentando -quizá involuntariamente- el runrun que les acredita como uno de los secretos a voces más valiosos del underground barcelonés. “Queríamos ir desvelando las canciones del disco poco a poco sin un orden concreto en relación al relato del álbum pero sí eligiendo bien los medios y las maneras en las que se publicarían”.


Si ya es complicado definir su propuesta para cualquier plumilla, no lo va a ser menos para ellos mismos, músicos de vuelo libre que no reparan en taxonomías. “Nosotros decimos que es ‘canción libre’, que es ‘género de punto’… Y así vamos riéndonos de y con la norma”, cuentan, aunque al mismo tiempo reconocen la necesidad de las etiquetas, curiosamente desde una perspectiva que será nueva, o no será. “El momento actual en el que vivimos merece de nuevos términos, de sentirse representado por un folklore del presente y no tanto por estilos de otras generaciones”. Matt Pence (Centro-matic) se ha convertido, por cierto, en su habitual ingenierio de sonido, merced a un ya lejano encuentro en el Palau de la Música en un concierto de Micah P. Hinson. “La propuesta se le antojó un reto y desde entonces hemos venido caminando de la mano, ya que mezcló nuestro primer disco, ‘Home. Chapter One’, en 2011, un año más tarde fuimos a grabar dos singles a su estudio en Argyle (Texas), y ahora este álbum, mezclado y masterizado por él. Matt es un miembro más de la banda, que aporta siempre ideas brillantes a nuestras composiciones”.

La alta graduación emocional que destila su propuesta también implica que el escenario sea su mejor campo de operaciones, un terreno abonado para que cada noche sea única. “Cada concierto es diferente, cada canción se ve afectada por el espacio donde se toca y por las personas que la presencian y forman parte de ella. Nuestra música no viene del escenario. No hay separación de los componentes elementales de un espectáculo. Nuestra música es el escenario y el público está con nosotros en ese escenario”.