Lidia Damunt alumbró los caminos del folk-blues destartalado en español a fuerza de gaznate, guitarra, armónica y pandereta. La publicación de “En la Isla de las Bufandas” (Lucinda/Subterfuge, 08) la convirtió en uno de los nombres más celebrados del año pasado. Sin margen para el respiro, nos regala en tiempo récord un susto mágico, un viaje onírico por paisajes medievales inspirado en una novela del siglo XIII sobre la Tabla Redonda. Tormina está de vuelta con “En el cementerio peligroso” (Subterfuge).

“Cuando terminé de grabar el primer disco seguí escribiendo canciones. Es algo que no dejo de hacer, lo hago por entretenimiento. Cuando tenía unas cuantas con el mismo rollo de oscuridad, empecé a pensar lo del cementerio. Justo el año pasado me pilló leyendo la novela que da nombre al disco y ya estaba dándole vueltas a la cosa medieval, siempre me ha gustado y quería que este disco tuviera un toque de fantasía. De hecho, Guinglain, el protagonista de una de las canciones, es un personaje que también sale en ´En la Isla de las Bufandas´. Kanel y Vanilj aparecían en el primer disco y, bueno, Tormina me acompaña desde el nacimiento de todo, ella está conmigo desde siempre”.

“El castellano es el idioma en el que hablo, en el que sueño, en el que pienso. Además me gusta mucho y nunca en la vida me plantearía cantar en otro idioma”

Con un lenguaje propio en clave de trovadora del bluespunkabilly medieval desgarrado, Lidia parece encontrar en sus personajes el refugio perfecto para esconderse del mundo, construyendo a través de ellos un bucle ingeniosamente simple de piezas empalmadas, de historias rescatadas de las fábulas de su propio imaginario “donde el azar se llena de significado destinacional”. Un ejemplo es “El hundimiento del Sirio”. “Es una historia real que me contó mi madre. Habla de un barco italiano que naufragó en Cabo de Palos cuando se dirigía a América en 1906. Se hundió enfrente de la costa y se ahogó mucha gente. La mayoría eran inmigrantes que iban en la bodega y tras el naufragio muchos de estos cadáveres empezaron a llegar a la playa. En Cabo de Palos hay una calle que se llama Sirio, le pregunté a mi madre por qué y me contó la historia. También añadió que un amigo suyo con una casa justo donde ocurrió el naufragio, tiene fantasmas y por las noches se oyen ruidos. En esa época los cuerpos que quedaban en el mar no se recogían para enterrarlos. Como hay una leyenda popular que dice que lo de los fantasmas es porque no les han enterrado bien, pues se me ocurrió mezclar la historia real con la mía, más fantasiosa. Por eso empieza con lo del Sirio y termina con la historia del fantasma, imagínate”. Historias alucinadas que se adaptan perfectamente a los sonidos de raíz americana gracias, entre otras cosas, a mucho Davy Graham en el walkman. “Si quieres influencias, en la hoja de prensa tienes una lista”. Sumen pues Odetta, Shirley Collins y Calvin Johnson a las escuchas. Pero a pesar de poner las orejas al otro lado del Atlántico, Lidia se aferra al sentimiento carpetovetónico. “El castellano es el idioma en el que hablo, en el que sueño, en el que pienso. Además me gusta mucho y nunca en la vida me plantearía cantar en otro idioma. ¿Para qué? ¿Para que gente de otros países entienda lo que digo? Que lo traduzcan igual que yo he traducido toda la vida. La cuestión es que como estamos en un mundo que con la globalización es anglófilo y el inglés es el idioma dominante, se pierden muchas cosas. Hay grupos que cantan en alemán o en sueco o en portugués y suena precioso. Eso de que el español es menos melódico y suena mal en una canción es una chorrada, no estoy de acuerdo”. Y bien que lo demuestra nuestra heroína cuentacuentos recuperando, con un clasicismo genuinamente moderno, la tradición de los asaltantes de caminos solitarios guitarra en mano. A ellos hace referencia en “Guinglain”, un highlight de coros luminosos (a cargo de Emma Croona) e inmediatez espontánea. Para cerrar el círculo, Lidia acudió a los estudios Perrotti, donde el tándem Damunt-Cobo funcionó a la perfección. “Solo conocía el estudio porque había grabado gente como Billy Childish o Holly Golightly. Allí conocí a Jorge y a Mike Mariconda. En un principio pensaba: ´grabo mi guitarra, mi zapato, mi voz y me arreglo sin tonterías´. Él ya me había comentado que quería meter un banjo y yo era muy cerrada, no quería. Pero una vez allí me dio muy buena impresión y tenía ideas chulas. Él es muy sixties y de alguna manera vintage y creo que las ideas que aportó me vinieron genial. Mike también tenía muy buen gusto, metió alguna guitarra, piano, bajo, pero todo muy sutil. No rompe el concepto para nada. Luego en Madrid solo pensaba en volver a Gijón, tenía un poco síndrome de Estocolmo, me pasé una semana hablando del estudio”.