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Wedding Present

Es curioso: “Going, Going…” es “sólo” el noveno álbum de estudio de la banda de David Gedge desde su debut hace 30 años. Parece que The Wedding Present han hecho mucho más, pero eso es porque su reencarnación paralela, Cinerama, e infinidad de directos, singles, recopilatorios y reediciones, han añadido incontable material.

Dicho esto, la incontinencia creativa que propulsa a Gedge desde que reactivó su banda seminal hace poco más de una década con “Take Fountain”, se redobla en este nuevo trabajo, que llega cuatro años largos después del estupendo y conciso “Valentina”. De primeras, intimida un álbum doble de 20 cortes acompañados por una serie de espartanos y enigmáticos vídeos (la versión especial del disco viene acompañada por DVD, CD y un 45 rpm con versiones acústicas). Es evidente que Gedge quería hacer algo distinto, dentro de su reconocible y distintivo universo particular. Diferente y grande.

La primera parte del álbum juega al despiste con toda la intención: The Wedding Present encadenan cuatro instrumentales repletos de nebulosa melancolía, que desembocan en la tormenta de nervio y electricidad que completa un primer disco sobresaliente, con bombazos de pop energético, ocasionalmente espídico (guiños a “George Best”) y lleno de matices, ritmos demoledores y melodías certeras. “Two Bridges” o “Bear” vuelan muy alto. Sin novedad en las letras, por supuesto: Amor, desamor, reproches, callejones sin salida, sueños románticos posibles e imposibles. La eterna tragicomedia sentimental en toda su gloria pop.

El segundo disco arranca con la espléndida “Bells”, y aunque se resiente de algún bajón (inevitable encontrar algunos cortes de relleno con tanto material), culmina en la enorme “Santa Monica”, otra balada épica de estribillos explosivos para la antología de la banda.

En cualquier caso, “Going, Going…” mantiene las constantes de The Wedding Present, a partir de ese sonido crudo y orgánico de banda en directo que desde siempre (y más con aquel “Seamonsters” grabado por Albini en el 91) es parte consustancial del show. Pero, además, el grupo se adentra en territorios rítmicos más robustos (“Emporia”) y lleva a su terreno melodías y estructuras más audaces -a veces, con vocación abiertamente cinemática y casi post-rockera-, sin perder el norte de su esencia pop. Que una cosa es viajar, como propone el título y el arte del disco, y otra cosa no saber adónde se va ni cómo. En “Lead” y sobre todo “Rachel”, el genio de Gedge y compañía para escribir canciones pop perfectas brilla a la altura de sus mejores momentos.

Nos queda un disco enérgico y delicado a la vez, tan denso como luminoso y ligero, que pone en el tapete, de nuevo, las mejores virtudes de una de las bandas verdaderamente imprescindibles del pop británico de las últimas tres décadas. Se queda a unos dedos de lo excepcional, sí -los dobles es lo que tienen- pero como consuelo, a David y compañía aún les quedan canciones en la recámara.

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