Yann Tiersen no es un sabor de temporada, ni mucho menos. Aunque el gran público sólo conoce su extensa y compleja obra a través de las bandas sonoras (o, peor aún, de la publicidad), con todo lo que eso implica, su concierto de Madrid sorprendió a muchos de los espectadores tomando la forma de una liturgia guitarrera, de intensidad poco común, en la que el acordeón y el violín tuvieron una presencia impactante pero sólo testimonial. Aparte de alabar a la extraordinaria banda de apoyo que respaldó al protagonista, cabe decir que éste se reveló como un músico de grandes cualidades tanto como líder como en sus intervenciones en solitario, cuando interpretaba piezas largas y complicadas sin partitura y sin dejar de moverse. Aquellos para quienes el rock galo empieza con Diablologum (o, si hay suerte, con Noir Desir) es normal que se sorprendan con tanta versatilidad, pero eso implica no reconocer el hecho de que Tiersen es el más brillante heredero vivo de ese brillante afterpunk francés (¿nadie se acuerda de Orchestre Rouge?) que hibridaba a la Velvet con la tradición musical de su país sin renunciar al escalofrío. Y esta noche los escalofríos abundaron.