Comentábamos los sospechosos habituales (prensa, técnicos y otros enteradillos de la “industria”) lo extraño del caso Villagers. Estos irlandeses llevan casi diez años editando discos de gran calidad, fáciles de escuchar, de esos que regalas a un amigo y te lo agradece para siempre pero que cuando lo comentas con esos colegas que flipan tanto con otras luminarias del indie-folk como Fleet Foxes o The Shins te miran con cara de tampoco serán para tanto. Pues lo son. Y así lo demostraron en un Kafe Antzokia a media entrada pero que respiraba ese ambiente de anticipación nerviosa ante algo grande que va a pasar y que muchos se van a perder.

Con extrema puntualidad, a las 20:30h salió al escenario Conor O’Brien (voz y guitarra acústica) acompañado de Danny Snow (bajo), Cormac Curran (teclados, programaciones, samples, theremin, corneta), Gwion Llewelyn (batería, corneta, voz) y Mali Llywelyn (piano y voz). Con los primeros compases de “Sweet Saviour”, una de las mejores canciones de “The Art of Pretending to Swim” (Domino, 2018), dejaron claro que la huida que han emprendido del folk hacia una especie de indie blue eyed gospel soul ha sido un gran acierto. Tras disfrutarla con un sonido perfecto desde el primer rasgueo de guitarra el público correspondió con un largo aplauso, calor que se demostraría al final de cada una de las canciones de los de Dublín.

Con el escenario en riguroso verde en homenaje a su tierra, atacaron la melancólica “Again”. Aunque el germen de las canciones de Villagers surjan de la guitarra acústica y la portentosa voz de O’Brien, las canciones del álbum que presentaron en su integridad crecen con la aportación de sus compañeros.

Tras el intenso final de grooves y base electrónica con que terminan “Again” hacen una primera excursión a su pasado orgánico con los acordes de piano de “I Saw the Dead”. Mali Llywelin, versión angelical de Maureen O’Hara, adquiere protagonismo tocando el piano como el Rufus Wainwright más melodramático con la ayuda de Gwion Llewelyn, que abandona sus tareas rítmicas para soplar la corneta. Ambos aportan intensidad máxima y ayudan a conectar íntimamente con un respetuoso público que guarda silencio atento a la fácil dicción de O’Brien, que permite no perder ni una sola palabra de lo que canta.

En “Love Came With All That It Brings” vuelven a los aires soul de su último trabajo con la ayuda del sampleo de dos voces. La enlatada que se escucha en el disco y la del propio cantante registrada ante nosotros por el teclista en un pasaje de la canción que están interpretando. Ya no hay una corneta sino dos, la del propio sampleador, que también se suma a los vientos para mayor gozo de los presentes.

La perfecta sencillez de “Everything I Am Is Yours” (“Darling Arithmetic” Domino 2015), la emoción humedece los ojos de muchos de los allí presentes. Fenómeno que se repetirá en varias ocasiones, sobre todo al volver sobre este disco, en 2015 en dos categorías de los Mercury Prize y Mejor Álbum de 2016 en los Ivor Novello Awards concedido por Academia Británica de Compositores y Autores.

El error del grupo en el falso inicio de “Fool” sirve para demostrar que estos músicos aunque no lo parezcan son humanos. Y para volver al presente y dejar claro que hoy lo que mejor va a sonar son sus nuevas canciones. Es posible que los patrones de sus clásicos sean incuestionables pero vienen a que descubramos las costuras de sus nuevas confecciones. Lo consiguen con creces en “Long Time Waiting”. Yacht soul-pop de altura a lo The Style Council, con el O’Brien ayudado en los coros por la teclista y con mezcla final de breakbeats y theremin ensuciando la reluciente cubierta melódica de un tema en el que el cantante se ha despojado de su guitarra y se ha convertido en un auténtico crooner discotequero, animando al personal con sus bailes y su charm.

“Real Go-Getter” y su monolítico ritmo kraut nos reafirman en la fe en los baterías sencillos y efectivos, esos en los que uno no repara pero que sustentan todo para que se luzcan los del frente del escenario. Otro tema nuevo que gana mucho en directo.

Con “Hold me down” vuelven a bajar las revoluciones. O’Brien la presenta como una canción sobre el interior del alma y consciente de lo presuntuoso y obvio de lo que acaba de decir, suelta una carcajada que se contagia pero que se convierte en una sonrisa de placer cuando las perfectamente engrasadas voces de la pianista, el propio Connor y el batería nos llevan a un final casi prog-rock que enlaza a la perfección con el inicio noise de “Memoir”. Una de sus clásicas indie torch songs de borracho herido de amor que termina con O’Brien proyectando su voz fuera de micro a toda la sala desde las escaleras del escenario.

Otro clásico de “Darling Arithmetic”, “Hot Scary Summer”, emociona hasta niveles inaguantables, sobre todo a aquellos que arrastramos resaca del sábado pero no queremos que termine este bello suplicio emocional. Todos somos “half a person half a monster” y está bien que nos lo recuerden.

Villagers terminan el repaso completo a su último disco con su particular homenaje a Ada Lovelace, la dama del SXIX considerada la primera programadora informática. Precioso final antes del bis en el que la agradecen y a la vez la responsabilizan de nuestra actual dependencia de la tecnología. Melodía y ambiente de post psicodélia west coast que comienza recordando a los momentos más introspectivos de David Crosby o Dennis Wilson para mutar en catarsis gospel y terminar como los Radiohead más electrónicos.

Tras un breve bis atacan “Twenty Seven Strangers” y uno vuelve a preguntarse dónde están esos fans de Lambchop o Iron & Wine perdiéndose un perfecto concierto de domingo invernal.

It took a little time pero por fin escuchamos una de sus grandes pequeñas sinfonías pop. “Courage”, que empieza como una canción marinera los acaba enlazando con ese breve fenómeno surgido a finales de los ochenta llamado Big Music, que consistía en adaptar a las dimensiones de los estadios estructuras folk pensadas para tocar en los pubs. Obviamente el fenómeno tuvo grandes aportaciones irlandesas, y escocesas, como The Waterboys, Hot House Flowers, Del Amitri, e incluso Simple Minds y U2.

Con ese ambiente de sesión de pub gracias a la interacción del cantante con un espectador terminó el que seguramente será uno de los mejores conciertos del año en esta villa. “Nothing Arrives” termina a las dos horas exactas de haber comenzado el concierto con otra contenida demostración del poderío vocal de O’Brien, esta vez recordando a Jeff Buckley y acompañado a los coros por un público que tras una larguísima ovación se marcha sin poder poner un pero a una velada mágica.

Por favor, que no tarden otros tres años en volver.