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Lo primero que uno puede apreciar durante las primeras escuchas del nuevo álbum de Villagers es que su alma máter, Conor O´Brien, es un inconformista. Tras varios años coqueteando con diferentes registros, en 2015 la banda irlandesa parecía que había encontrado en el folk onírico su zona de confort tras la publicación de su tercer álbum, “Darling Arithmetic” (Domino). Tal era la inclinación hacia este género que al año siguiente veía la luz un recopilatorio titulado “Where Have You Been All My Life?” (Domino, 2016) en donde volvía a regrabar en formato folk temas de sus primeros discos. Ahora, dos años después, los dublineses sorprenden con “The Art Of Pretending To Swim” (Domino, 2018), un cuarto álbum de estudio donde se alejan del sonido intimista en favor de la variedad de texturas y la experimentación, característica que les reconcilia con el sonido de los primeros trabajos de la banda.

Como en todas las entregas anteriores, es el propio O´Brien quien se pone a los mandos de la producción, aunque en esta ocasión el resultado roza el sobresaliente. Tal y como confiesa el propio artista, después de tres discos “quise ponerme en serio y aprender de verdad”. Para ello, lo primero que hizo fue cambiar de método de trabajo, empezando por abandonar la granja localizada en la zona costera de Malahide donde había grabado sus anteriores discos y mudarse a un pequeño piso en pleno corazón de Dublín. Una vez instalado y tras rodearse por primera vez “de un equipo en condiciones”, O´Brien pasó una larga temporada estudiando manuales y haciendo remixes a sus amigos para mejorar sus cualidades a los mandos del estudio. El resultado de todo este aprendizaje es un disco que alcanza unos niveles de exquisitez melódica. Es precisamente esta virtud la que hace que funcione muy bien la conjunción de los diferentes géneros entre los que se mueven los nueve temas que componen el álbum: pop, samples de soul, retazos de folk e incluso un acercamiento a la pista de baile. Todo ello trabajado a través de un proceso muy digital y donde las baterías y los ritmos han adquirido gran importancia, característica que el propio compositor irlandés atribuye al hecho de trasladarse a Dublín y estar en continuo contacto con su “constante tráfico y vaivén de las personas”.

Otro de los puntos fuertes del álbum es lo bien que funciona como obra completa. Si bien es cierto que los adelantos en forma de single que la banda lanzó previamente dejaban cierto sensación de que faltaba algo, es en la escucha de principio a fin donde las canciones adquieren un mayor peso y significado, algo que responde también a ese “ciclo de fe” al que O´Brien hace constantemente referencia a la hora de definir el álbum, una definición que no solo está vinculada a la estructura del disco (el final del último tema conecta con la intro instrumental de Again, la canción inicial) sino también a la parte lírica del mismo, pues la fe es uno de los temas más presentes en las letras de este trabajo. Y precisamente es en este aspecto donde encontramos otras de las llamativas diferencias con respecto a los álbumes previos. En esta ocasión nos encontramos con unas letras que en lugar de centrarse en la desnudez sentimental, se adentran en la espiritualidad, el inevitable y terrorífico domino de la tecnología o el feminismo, llegando incluso a homenajear a la matemática Ada Lovelace en una de las canciones.

Cuando parecía que tenían una ruta establecida y cómoda, Villagers han pegado un volantazo en el estudio para traernos su mejor y más cuidado trabajo hasta la fecha.

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