Resulta preocupante que, en una ciudad de tamaño considerable como Valladolid, solo sesenta personas acudiesen a una velada que prometía tantos atractivos. Les Lullies hacían parada en la capital castellana como parte de su amplia gira peninsular, precedidos por su fama de grupo incendiario al contacto con el directo y con la intención de presentar su debut homónimo del año pasado. Quizá el deslumbramiento motivado por la aparición (y auge) de festivales de todo tipo esté haciendo olvidar que el origen de todo esto está (y estará) siempre en esas salas pequeñas que curten a los grupos. Y donde, de paso, éstos suelen ofrecer su versión más empática. Precisamente de triunfar en distancias cortas saben bastante los de Montpellier, tal y como demostraron tras completar un concierto contundente y altamente vitaminado. Cuarenta y cinco minutos tocados a toda hostia y a volumen más que generoso, suficiente para focalizar todos esos argumentos que aconsejaban acudir a la cita con los franceses.

El cuarteto factura un punk-rock de aspecto garagero/psych que sobre las tablas resulta de lo más atractivo, sobre todo porque nunca se permiten perder del todo de vista la melodía que subyace entre esas formas tan expeditivas que luce la propia interpretación. De este modo, los de Montpellier se sitúan en algún agraciado punto intermedio entre The Stooges y Buzzcocks, con ecos de MC5 o incluso Sex Pistols (sobre todo cuando el bajista se apropia del puesto de vocalista principal). Desde esas coordenadas paren sus propios temas hasta definir un perfil absolutamente creíble, al amparo de canciones como “Mourir D’ennui”, “Let It Out”, “Stranger To Myself”, “Night Klub”, “Don’t Look Twice”, “Meet The Man” o “7AM”, escupidas a discreción y justo de frente a su público. Y todo remarcado por las ventajas que sólo puede ofrecer una sala de conciertos de las de toda la vida, que es en donde, no lo olviden, se cocina el rock & roll más auténtico.