Garbage llegaron a A Coruña, dentro de la programación del O Gozo Festival, con esa aura extraña que tienen las bandas capaces de atravesar décadas sin quedar convertidas en un cromo que coleccionar. En la Sala Pelícano se entremezclaba público que veía al grupo por primera vez con fans llegados desde distintos puntos de España, guiados por una fidelidad trabajada durante años. Y es cierto que la audiencia pareció reaccionar con especial intensidad ante las canciones de finales de los noventa y primeros dosmiles, tramo en el que Garbage fijaron buena parte de su peso generacional. Pero también sería injusto reducir el concierto a un ejercicio de nostalgia.
En todo momento, incluso cuando el repertorio se alejaba de los momentos más reconocibles, las composiciones mantuvieron al público metido dentro del concierto, atento y enganchado a una banda que sigue defendiendo sus canciones con plena convicción. La banda sonó poderosa, sólida, con una energía que desmentía cualquier lectura acomodada de su trayectoria. Butch Vig, figura esencial para entender buena parte del rock alternativo de las últimas décadas, sigue transmitiendo una presencia magnética desde la batería. Y Shirley Manson, directamente, brilló.

Su voz mantuvo filo, elegancia y poderío, pero fue su actitud la que terminó por encumbrar el concierto. Sonriente, comunicativa, disfrutando de verdad, buscó constantemente la mirada del público, como si quisiera establecer una conexión individual con cada persona de la sala. En artistas de semejante dimensión no siempre es fácil encontrar esa voluntad de cercanía. Garbage ofrecieron en A Coruña algo más que un repaso a una colección de canciones reconocibles. Dejaron la imagen de una banda veterana, sí, pero todavía encendida, consciente de su legado y, sobre todo, capaz de defenderlo con admirable vitalidad.

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