Anatomía de un esqueleto
ComicsPep Brocal

Anatomía de un esqueleto

6 / 10
Quim Pérez — 09-07-2026
Empresa — Astiberri
Fotografía — Archivo

En “Anatomía de un esqueleto”, Pep Brocal (Terrassa, 1967) se ha marcado un mamotreto. Tiene un ritmo ágil, pero con algunas escenas de diálogo largas. Brocal narra con una facilidad pasmosa, incluso podemos hablar de incontinencia narrativa. El uso del color pretende hacer narrativamente ágiles las viñetas en lugar de hacerlas más estéticamente bonitas. Tras leer esta obra el lector está convencido de que cambiar algo de fluidez narrativa por más intensidad hubiese remado en favor del cómic. En resumen: explicar lo mismo en menos páginas, ya que hay varias escenas alargadas. A favor de Brocal hay que destacar unas composiciones de página y unas splash pages más que meritorias que parecen concebidas bajo el influjo del espíritu de Fred, el creador francés del personaje “Philémon”.

¿Qué nos cuenta esta novela gráfica? Habla sobre las dificultades de dar a conocer una obra maestra y los conflictos con las editoriales. Es una crítica contenida a la industria editorial del noveno arte, pero se nos antoja una crítica algo superficial, con poco mordiente y de otros tiempos. Resulta extraño que el villano tenga los rasgos de Josep Toutain, un editor español que falleció hace tres décadas y, en cambio, sólo se hable muy superficialmente de la IA. La crítica le ha salido con la fecha de caducidad ya vencida.

“Anatomía de un esqueleto” trata también de la muerte. El historietista muere en las vías del tren y se reencarna en esqueleto para ir en busca de su obra maestra inédita y perdida. El argumento es disperso pues toca diferentes temas unidos por enlaces muy débiles. La culpa no es una de trama con su buena dosis de surrealismo, sino de la sensación de que todo se mueve rápido, pero sin llegar a profundizar. Brocal aquí se siente muy libre al narrar, le pone mucho entusiasmo y es un dibujante muy dotado, pero a este esqueleto… le falta chicha.

Esta obra está poseída por un tono fresco, nada solemne, dicharachero, y de tropa de personajes que van para ahora para aquí y ahora para allá. Se nos antoja un estilo narrativo muy próximo al de Lorenzo Montatore y al del último Max. Este tono alegre, algo simplón en consonancia con el esqueleto que lo protagoniza, tiene como contraste muchas citas explícitas a referentes culturales de primer orden: de George Herriman a Franz Kafka, del Antiguo Testamento a la Divina Comedia.

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