Muse siempre han sido una banda de dimensiones poco razonables. No solo por las temáticas de sus canciones, que suelen orbitar entre conspiraciones apocalípticas y vida alienígena, sino por una forma de componer que tiende irremediablemente a lo expansivo. Ahí están siempre sus reconocibles líneas de bajo distorsionadas y esos cambios de intensidad casi operísticos.
En”The Wow! Signal”, su décimo disco, el espacio exterior regresa como una de sus obsesiones principales. El título remite a la misteriosa señal de radio de setenta y dos segundos detectada en 1977 desde la constelación de Sagitario: una anomalía breve, intensa e inexplicada que alguien rodeó en un papel antes de escribir a su lado una exclamación casi infantil: “Wow!”. En manos de Muse, esa imagen se convierte en el punto de arranque perfecto: una transmisión suspendida entre la incerteza de saber si nos encontramos ante un contacto real o si simplemente confirma nuestra necesidad desesperada de encontrar respuestas en mitad del vacío cósmico.
Porque, aunque los extraterrestres siempre se paseen por sus canciones, para Muse el cosmos no es solo un decorado vistoso, es también el escenario ideal desde el cual amplificar su propio universo emocional. Es por eso que, más allá del concepto espacial, “The Wow! Signal” es también un disco atravesado por la fragilidad, la pérdida, la necesidad de salvación y las heridas afectivas; un álbum que utiliza la ciencia ficción para hablar, en realidad, de todo aquello que cuesta nombrar de frente.
Lo interesante es que, esta vez, la grandilocuencia no funciona como un lastre. Después de unos años en los que la banda parecía debatirse entre actualizar su sonido, mirar de reojo a su legado o rozar la autoparodia, el álbum suena a rendición convencida de su propio exceso. “The Wow! Signal” parece preguntar si todavía hay alguien al otro lado, si la banda sigue siendo capaz de convertir esas preguntas existenciales en algo enorme, absurdo, emocionante y plenamente suyo.
Esa falta de contención se percibe desde el arranque. “The Dark Forest” nos invade con teatralidad, tensión apocalíptica, guitarras al galope y una vocación casi cinematográfica que condensa buena parte del imaginario de la banda. Si el álbum va a mirar hacia el espacio, queda claro desde el principio que no lo hará desde la contemplación, sino desde el exceso. A partir de ahí, el disco encuentra sus mejores momentos cuando consigue ordenar esa desmesura sin renunciar a ella. “Hexagons” recupera el pulso más espacial y arpegiado del grupo, “The Sickness In You & I” recupera su lado más juguetón y funk sin perder músculo, mientras “Unravelling”, una de las piezas más directas del conjunto y no en balde uno de sus primeros adelantos, demuestra que la banda todavía sabe levantar estribillos enormes sin que parezcan simples ejercicios de nostalgia.
La parte más interesante del álbum aparece cuando la ciencia ficción deja ver ese lado más emocional y personal que atraviesa todas sus canciones. “Shimmering Scars” abre una grieta más melancólica entre tanta maquinaria cósmica, y “Be With You” convierte la necesidad de salvación en una subida progresiva que arranca con un órgano casi litúrgico y termina expandiéndose entre electrónica y rock, como si buscara algo más allá.
“The Wow! Signal” no es el disco que vuelve a Muse más contenidos ni más elegantes. Es, precisamente, el que les permite volver a ser exagerados sin pedir perdón por ello. Puede desbordar, puede cansar, puede rozar lo excesivo hasta el absurdo. Como aquella señal de 1977, puede que el disco no ofrezca una respuesta clara, pero sí deja una certeza: Muse todavía tienen algo magnético para que nos quedemos escuchando.
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