Si hay alguien con entidad sobrada para traducir lo que significa en esencia el mundo del circo, ese es Philip Astley, un soldado británico que se valió de su agilidad como jinete para convertirse en equilibrista y padre fundador de dicho espectáculo tal y como hoy lo entendemos, a medio camino entre lo lúdico y lo acrobático. Fueron las propias palabras de su principal ideólogo las que no dudaron en asumir que se trataba de un lugar donde, en una misma función, los sueños se rompen y se cumplen. Una dualidad derivada del riesgo innato que contrae todo aquel que salta a una pista y también del que observa desde su asiento, porque si la integridad del artista corre peligro, las ilusiones del espectador igualmente están en liza. Un concepto que parece ser el eje vertebrador del nuevo trabajo, en formato EP, de la banda vasca Chico Infierno, quienes extienden su propia carpa donde es el rock and roll de ascendencia callejera quien oficia como maestro de ceremonias en ese constante equilibrio de funambulismo en el que se convierte la vida, a veces de manera inevitable y otras, aquí comprendidas, como innata necesidad para conseguir que la sangre siga hirviendo.
No son todos estos elementos un mero decorado metafórico, asumido en primera persona por su relato lírico, sino un espíritu que permea en el factor sonoro del álbum hasta el punto de consolidar un idioma musical en clara consonancia con esa idea conceptual. Un teatro de los sueños, más cercano a la representación de “Freaks” que admirador de la purpurina extendida por Cecil B. DeMille, transportado entre unos ritmos evocadores y sinuosos que, nutriéndose por supuesto del arraigo lumpen y visceral característico de la formación, y que encarna con perfección y singularidad Pako Ramos, sirven de herramienta para construir este escaparate de insinuante firmeza. Identidad de un trabajo que desemboca en un sentido unitario que, aunque no renuncia al dinamismo estilístico siempre asumido por la banda, hace de “El gran circo de ilusiones” un repertorio especialmente cohesionado, a lo que probablemente ayude el número limitado de canciones escogidas, y por extensión capaz de desplegar una atmósfera global de ceremoniosa turbulencia.
Si hubiera que buscar un elemento concreto al que “responsabilizar” del clima particular desatado en este disco, probablemente dicho papel debería recaer en la trascendencia que el sonido blues asume. Y no lo sería tanto en calidad de una representación canónica ni tampoco por buscar un protagonismo absolutista, más bien al contrario su presencia es determinante pero no invasiva. Así actúan las bases rítmicas que nos encontramos en la bienvenida al disco, que parecen encarnar ese machacón trote escuchado en estándares del género, como “Lonely Avenue”, para servir de brújula a un hipnótico “Amor prohibido” que sin embargo encuentra su discurrir hegemónico alrededor de esos particulares crooners eléctricos que pueden responder a los nombres diversos de Corcobado, Javier Colis, Sed de mal o incluso Diego Vasallo, todos ellos, y lo que representa ese dialecto del rock and roll, se convierten en coordenadas válidas para ilustrar este recorrido señalado por una irrefrenable devoción por escapar de cualquier terreno vedado.
Un paisaje sensorial alrededor de los abismos que discurre sin embargo alejado de un cauce monolítico, amplitud que se manifiesta en el vibrante inicio, recogiendo ese impetuoso y actualizado sentido del gospel amasado por las manos de The Black Keys o Nick Cave, de una “Cuchillos” que avanza entre una melódica oscuridad, o una inmersión en desiertos lisérgicos de “Quiero volver” que pronto adopta un tono cabaretero abierto a la entonación colectiva, digna de unos especialmente turbios Le Punk, con el fin de celebrar la belleza que anida en todo aullido. Turismo existencialista con alma de burlesque que en el intenso tema homónimo se materializa en una bienvenida a ese hogar donde las vitrinas están llenas de trofeos inscritos con el nombre de los perdedores.
“El gran circo de ilusiones” consigue la difícil misión, a la que no entorpece el verso libre, que no disruptivo, representado por el decadente romanticismo de “Tu voz”, embebido de la florida canallesca de Robe Iniesta, de construir un discurso musical y léxico absolutamente identificativo y personal, tanto en lo que concierne al ADN de la banda como sobre todo al exhibido por esta obra. Para atravesar este particular entorno habitado por acróbatas, contorsionistas, domadores y otros tantos embajadores de sueños imposibles, la banda ha escogido convertir su rock and roll en un escenario sobre el que se cierne una sugerente e impetuosa niebla eléctrica, perfecta banda sonora para ese vendado lanzador de cuchillos al que solo el riesgo le vale como única forma de mantenerse vivo.
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