El caso es que el viernes, tras siete esforzadas y maqueteras bandas de la región, se dio paso al rapero marroquí Bigg, que, tras presentarse a golpe de Carmina Burana y algún que otro ritmo cercano a los discos de Guru Jazzmatazz, sirvió de aperitivo al veterano rimador El Chojín. Faltaba una hora para la última actuación de la noche y cuatrocientas almas eran la suma en el albero. Sólo un ganador de dos palmas de oro en Cannes y su orquesta de locos podía obrar el milagro. Comienza a sonar el extinto himno de la U.R.S.S y para cuando Emir Kusturica y sus secuaces se lanzaron con una pieza de “El tiempo de los gitanos”, las luces iluminaban a unas cuatro mil personas. Comenzó la fiesta. Folk, jazz, punk, ska y yo que sé más para nueve tipos que caminan con soltura y descaro por las canciones de su único disco, “Unza Unza Time”, y las bandas sonoras de “Underground”, “Gato negro, gato blanco” o “La vida es un milagro”. Y al menos hasta que veamos el biopic de Emir sobre Maradona, tenemos más que suficiente. Con ritmo, a toda zapatilla, impulsados por tuba, violín y acordeón, el resto de los del circo miraban la guitarra de Kusturica y al verdadero líder de la comparsa: el cantante Nelle Karajic. Lo más parecido al borracho pesado de una boda, que pronto cambió el traje con camiseta de fútbol serbia por calzoncillos con americana y pelo en pecho. La conexión Sarajevo-Leganés funcionó a la perfección, las chicas de primera fila eran invitadas a bailar con Mister Karajic en “Was Romeo Really A Jerk”, “Djindji Rindji Bubamara” o “Devil In The Business Class”. Y dio tiempo para que nos hicieran un completo: los riffs de Emir llamando a Sergio Leone y Deep Purple, los solos de saxo de Nexo Petrovic, el violinista Dejan Sparavalo haciendo gala de virtuosismo sobre un arco gigante sujetado por dos guapas del público, o Nenad Gajin con una guitarra de luces que giraba sobre su barriga. Poco antes de terminar la extraordinaria locura, Kusturica preguntaba si estábamos listos para la revolución, y ante la respuesta afirmativa espetó un “very good” que sonó a “pues vosotros sabréis”. Y así, a nueve euros el mini y saliendo por el tendido 7, la gente decidió en los aledaños de la plaza por dos tipos de bar: de techno o de reggaeton. Para todo hubo. Al día siguiente el ambiente era mucho mejor, después de los esforzados Nunnery y The Blackout, y para cuando Lostprophets sorprendían La Cubierta estaba ya llena hasta la bandera. La primera fila era regada con agua y se sacaba a algunos por desmayo antes del pogo. Por si había algún despistado, Linkin Park se podía leer bien grande sobre un fondo blanco que se levantó con casi una hora de retraso en el escenario. Esta única actuación en España traía gente de todos los lugares. Ocho años después de su debut, los miembros del grupo continúan con la misma cara de niños que se quieren comer el mundo, algo que están logrando paso a paso. Quizá por eso “One Step Closer” sigue siendo la canción con la que cierran sus conciertos. Seis tipos que, con batería y Dj a sus espaldas impulsando a la banda, repasaron sus tres discos en algo menos de hora y media. Primero los peros: la escenografía no les dio dolor de cabeza. Joseph Hahn y sus platos se fueron con la cazadora puesta, mucho no sudó, y molestaba su indolencia ante el esfuerzo de sus compañeros. Todo sonó tan perfecto, tan a claqueta que nace de los samplers y las programaciones, que quizá se echó en falta la improvisación que es parte fundamental de un concierto de rock. Eso sí, por encima de todo está la emoción, y en eso son campeones. Los temas de su debut eran los más aclamados, canciones como “In The End” o “Papercut”, pero de su último lanzamiento “Minutes To Midnight” funcionan a la perfección esos dos hitazos que son “Given Up” o “Bleed It Out”, de lo mejor de la noche. La magia en esta banda prende cuando se encuentran los fraseos de Mike Shinoda con la voz de un Chester Bennington, que tuvo una ejecución perfecta. Ahí está su fuerza y debilidad en directo: son impolutos, correctos, no fallan. En los bises corrieron más riesgo y entrega, pero cuando más estábamos disfrutando Linkin Park se fueron, y dejamos La Cubierta camino del control de alcoholemia.