“La vida es diversión. Son tiempos oscuros, pero hay que seguir celebrando”. La filosofía de vida a la que Freddie Mercury rindió homenaje con su ‘The Show Must Go On’, una idea a la que bastantes años antes Chavela Vargas ya había consagrado toda su vida. El dolor más alegre, la sonrisa más triste personificadas en la historia de la música. Dorian Wood no sólo hizo un concierto el pasado miércoles en el Centro Cultural Manuel Benito Moliner de Huesca para celebrar los 100 años desde el nacimiento de esta leyenda, que ya descansa en paz, si no que se enfundó en su piel para que todo el mundo viera por qué Chavela debe ser recordada por las generaciones que están por venir.

Dorian Wood, cantante, artista de performance e icono queer de Los Angeles, pero de ascendencia costarricense, igual que “la chamana” desplegó su “Xavela Lux Aeterna”, un espectáculo intenso y emotivo reducido a la mínima expresión musical y con un cantante absolutamente espléndido (al que sólo le faltó la voz desgarrada para ser igual que la costarricense), ataviado con un poncho y entregado a movimientos espasmódicos como si fueran parte de un conjuro para resucitar a los muertos. Con Marcos Junquera a la batería y Xavi Muñoz a los sintes y efectos sonoros diversos, también modulando la voz de Wood, un acompañamiento minimalista y versión actualizada del estilo de Chavela, siempre sola frente al respetable a la lumbre de un rasgueo de guitarra, para cambiar el ritmo a su antojo como si fuese el desgarro imprevisible de un borracho desamparado.

Desde la oscuridad fueron iluminando al público que abarrotaba la sala algunas de las canciones más conocidas a las que puso voz Chavela: “Macorina”, compuesta por Chavela a partir del poema de su amigo asturiano Alfonso Camín; también con un ambiente mucho más inquietante, “Llorona” de autor desconocido, como cantada desde la profundidad y soledad de un sepulcro; “Se me olvidó otra vez” de Juan Gabriel, con un cantante casi implorando con los ojos brillantes de lágrimas; “Paloma Negra” de Tomás Méndez, una ranchera minimalista y deliciosa; y “Gracias a la vida” de la inolvidable Violeta Parra, sin duda uno de los momentos más impresionantes del espectáculo, con un Dorian Wood que desbordaba nostalgia y arte a raudales.

“Espero que este show os haga salir con el corazón abierto, especialmente a los que no son como nosotres”. El angelino utilizó el género neutro para referirse e integrar tanto a hombres, mujeres y transgénero en sus presentaciones que conmovieron por momentos a un público entregado desde el principio hasta el final. Por eso, tras cerrar el concierto con una impresionante versión de “Piensa en mí”, escrita por los mexicanos Agustín y María Teresa Larra, con un ritmo de tango deconstruído; tuvo que volver a los pocos segundos para ofrecer un bis, en el que mezcló un fraseo con partes de la biografía de Chavela con la canción “Amor Eterno” de Juan Gabriel. En esta canción los efectos hicieron que la voz de Dorian Wood y una voz de mujer se fusionaran poco a poco, hasta el punto que pareció que el artista y “la chamana” estaban ambos, uno al lado del otro, cantando eso de… “eres el más triste recuerdo de Acapulco”.