Jueves 22 de septiembre

La apertura del BAM servía como declaración de intenciones preludiando lo que vendría después: voces personales y en su mayoría políticas, fuera explícita o implícitamente. Y también miradas tanto a la escena catalana como fuera de ella, aunque en este caso dentro del ámbito estatal. Isaac Ulam abría en la Plaça del Angèls con una presentación necesariamente condensada de “Ratpenat” (Bankrobber, 16), disco doble que publicaba la pasada primavera y presentaba en junio en Barcelona. Si entonces había espacio para jugar con las distintas caras del disco aquí optó por un viaje más dirigido, del folk al rock musculoso y casi progresivo, en el que la intensidad emocional sirve de hilo conductor en todo momento. Tanto la banda como el Cor de Cambra Sota Palau, salvando una guitarra eléctrica que sí acapara los flashes a veces, dan un paso atrás en protagonismo pero no en solidez. Todo está en su sitio, dejando que la única imperfección sea la que Ulam abandera orgulloso y convierte en parte de su discurso.

Y si hablamos de discurso, nadie puede obviar a Niño de Elche. Muchos lo han criticado por excesivamente experimental o lo han calificado de marcianada para críticos y gafapastas. Pues bien, ahí estuvo el jueves triunfando unánimamente en una fiesta popular delante de todo tipo de público. Delante también del MACBA, a quien dejó un recado dedicando un tema a Paul B. Preciado, firmante de una exposición censurada el año pasado por su dirección. Y eso que no arrancó con una apuesta segura, sino creando ambiente con un poema de Enrique Falcón que fue tan aplaudido como lo que vendría después. Ya tirando de “Voces del Extremo” (NDE/Telegrama, 15) sacaría adelante un concierto que funcionó especialmente por lo rítmic, quizás algo renqueante en sonido pero igual de impactante que siempre tanto en forma como en contenido.

Viernes 23 de septiembre
Abrir la tanda de conciertos en la Plaça dels Àngels tras el fuerte diluvio del viernes no se presentaba como una tarea fácil, pero el pop enérgico y electrizante de la francesa Jeanne Added convenció a los pocos valientes que fueron a verla, quienes movían sus paraguas al ritmo de sus canciones.

A esas horas -diez y media aproximadamente- ya habíamos dejado de mirar al cielo y Juventud Juché venían de lujo para entrar en calor. Abrasivos como de costumbre y con un repertorio centrado en “Movimientos” (Sonido Muchacho, 16), la hora y el sonido no ayudaban pero mantuvieron a buena parte de los que estaban allí sin apartar la mirada del escenario ni un solo momento. Impactaron más que hicieron bailar o poguear, vaya. Pero siempre es eso mejor que lo de SassyBlack, que no consiguió ni lo uno ni lo otro. Arriesgó plantándose completamente sola en el escenario, disparando las bases desde el portátil, y fue el factor que terminó por inclinar la balanza. Una balanza en la que ya pesaban unas producciones en solitario que no acaban de explotar y la sensación de que se queda a medio camino de todo, a pesar de que se adivina potencial tanto vocal como compositivamente. Hubo peregrinación lenta pero constante a la plaza de al lado en la que empezaban Ephemerals, que son bastante menos arriesgados -soul retro y formación clásica- pero tiran de oficio y de cara al público la cosa funciona. Instrumentalmente sólidos e impecables, una voz que brilla por sí misma y temas que reciclan los códigos clásicos sin quedarse en un revival mimético. Como se suele decir, si la fórmula funciona para qué cambiarla.

Juventud Juché

Juventud Juché

Pero si hubo un concierto que destacar del viernes fue el de MHD. A modo de presentación rápida: es uno de los culpables -junto con otros ilustres compañeros bautizados con tres letras- de que se hable de renovación en el rap francés, abandera el afrotrap y ha creado un fenómeno que va más allá de Francia. Y esto no es una exageración periodística. La Plaça dels Angèls estaba llena hasta la bandera, la media de edad bajaba cada minuto que se acercaba el comienzo del concierto, el “paw paw paw paw” típico de MHD era gritado una y otra vez desde todos los puntos de la plaza… Todo ello sumado a una diversidad racial en el público que, por mucho que se cuelguen medallas de ciudad multicultural, cuesta ver en Barcelona. Un concierto bailado y coreado de principio a fin, con temas como “La Moula”, “Molo Molo”, “Roger Milla” y sobre todo “Champions League” recibidos como himnos. El final de fiesta esperaba en Moll de la Fusta con EEK & Islam Chipsy, que pasaban hace unos meses por el Primavera Sound pero tenían en la Mercè, como fiesta popular, un contexto más propicio a su género. Dicho y hecho. Pirotecnia instrumental recibida enérgicamente en unos casos y con sorpresa en otros, dejando con ganas de más en ambos casos.

Sábado 24 de septiembre de 2016
Pese a la poco favorecedora acústica de la sala pequeña de la Fábrica Damm, Da Souza volvieron a brillar con un concierto intenso, cargado de su particular poesía con cortes como “Tot és per sempre” y “Abril”, capaces de convertir en bello todas esas situaciones comunes. Los mallorquines saben cómo dibujar metáforas a golpe de pop guitarrero. Entre bromas sobre dinosaurios y política local, recuperaron el hitazo que es “Aixopluc”. Puños al aire, camisas pegándose peligrosamente a la piel y la certeza de que todo el público fue por unos minutos, algo más mallorquín.
Al universo onírico de Nothing Places sólo le habría faltado una noche de lluvia para terminar de ofrecer un concierto memorable. Pese a ser una noche aparentemente fría -quizá la suya es una propuesta que cuesta de encajar en el sentido más festivo del BAM-, la banda consiguió tejer un manto con el que arroparnos a todos con su lo-fi pop psicodélico. Atmósferas hechas añicos con guitarras distorsionadas, el constante latido de la batería guiando al resto a través de nubes ruidistas, loops y voces rasgadas.

Y la sauna del sábado noche corrió a cargo de C. Tangana. Baño de multitudes en un recinto que no podía albergar, ni de lejos, el número de gente que se acercó a ver al madrileño, que casi multiplicaba por un número de dos cifras el público que tuvo en su penúltima visita a Barcelona (la última fue en el Primavera Sound y era aún menor). Gente que se quedó en la puerta, cola en la barra, cola en el baño, cola en los food trucks y asfixia si se intentaba conseguir una visibilidad decente. Y me consta que no fue la excepción sino la tónica en la Antiga Fàbrica. Eso sí, los que estaban en condiciones de hacerlo cantaron cada verso de un repertorio que, en coherencia con el asalto a los cielos que está llevando a cabo, cada vez mira menos hacia los tiempos de “LOVE’s” (12) y “C. Tangana” (11). Y no es ningún golpe de suerte: el éxito que ha logrado a lo largo de este último año es calculado y merecido. Esta vez lo volvió a demostrar.

C. Tangana

C. Tangana

Con todo a su favor, sin lluvia que pudiera entorpecerlo y con bastante público en la Plaça del Àngels, Chris Cohen fue el claro ejemplo de que no basta con ejecutar bien, en este caso, su repertorio de pop psicodélico. Con un público que pedía a gritos algo animado y con fuerza, al cantante le faltó sangre y actitud, dejando dormido a más de uno.

En otras partes el ambiente era también tranquilo pero bastante más dinámico. Baloji & L’Orchestre de la Katuba venían etiquetados como hip-hop, pero lo que dieron fue una lección de pop congoleño para todos los públicos. Un concierto relajado, con la banda disfrutando tanto o más que el público, quizá demasiado amable para los que buscaban fiesta a esas horas pero perfecto para cualquier vecino el barrio que pasaba por ahí, a juzgar por los que se quedaron. Flamingods ya iban mas al grano y aunque en algunos momentos transitaban códigos rockeros más occidentales dieron un recital de psicodelia, llegando a lo progresivo a veces, que miraba especialmente a las músicas del Asia Occidental. El cierre en Moll de la Fusta lo ponían Imarhan, una de las últimas promesas del blues tuareg que recoge el testigo de Tinariwen pero lo lleva a un terreno más urbano que probablemente explique su buena acogida fuera de Argelia. Fuerza rítmica y una banda muy compacta que busca lo hipnótico y lo logra -aunque algunas veces crucen la línea que lo separa de lo repetitivo- sin renunciar a lo bailable. No fue el final de sábado más espectacular que podría imaginar uno, pero el buen sabor de boca que dejaron fue unánime. Además, el gran punto y final para el BAM estaba asegurado al día siguiente con Saul Williams y Konono nº1 meets Batida.