Podría empezar recordándole a todos nuestros lectores qué es Atoms For Peace, quienes se esconden detrás, que la actuación de ayer era algo especial por su exclusividad (apenas unas pocas ciudades en el mundo, apenas un millar de entradas a la venta), por permitirnos ver en acción al verdadero corazón del proyecto, pero no creo yo que continúe haciendo demasiada falta. Ustedes ya conocen la historia hasta aquí, ya se la hemos contado nosotros y muchos otros. Así que les hablaré de ayer, de Thom y su amigo Nigel, y de Tarik Barri, que no tengo ya tan claro si está allí por cuestiones de afinidad o por esas proyecciones que –sin descubrir nuevos caminos o formas de expresión revolucionarias- sí encajaron a la perfección en el espectáculo.

Les decía que se trataba de una noche especial, una de las escasas ocasiones de asistir a una actuación de Atoms For Peace en formato reducido y a pocos metros de los artistas. Y una vez más hacerlo así tuvo mucho sentido, sobre todo gracias a que la actitud nada altiva del supuestamente apocado vocalista de Radiohead rompió barreras. A uno no le daba la impresión de estar frente a una gran estrella internacional, sino de un tipo que se lo estaba pasando realmente bien con su amigote. Tanto era así que conversaban cuando les apetecía, que se reían de vayan ustedes a saber de qué. Y eso se contagia. Por lo menos a un servidor que, lo reconozco, no iba nada convencido de que dos horas de Atoms For Peace fuesen a cundirle demasiado. En contra de lo que esperaba, el capricho de Thom Yorke ganó interés sobre el escenario. Le encontré todo el sentido. Y me monté mi propia película. Thom quiere pasarlo bien y no hay mejor forma que hacer sus canciones sin presiones, sin un montón de músicos, sin una banda cuya responsabilidad recae en él. A Thom le gusta bailar y moverse espasmódicamente, le gusta trabajar con maquinitas y birlarle sonidos a la factoría Warp, y le gusta tener a su lado a Nigel Godrich, pero no al Nigel gran productor internacional que ha trabajado con el grupo británico más grande del mundo o con el  bajista de The Beatles, sino al Nigel que tiene tiempo para grabar canciones con Ultraísta o de bajar a tomarse unas pintas a media tarde cuando se le llama por teléfono a cualquier hora. Porque hasta las grandes estrellas de rock necesitan, alguna vez, sentirse realmente cómodas y olvidarse de todo el peso que cargan a sus espaldas. Y yo, sin que su actuación fuese nada especial por su parte musical (unos siete temas de Atoms For Peace, unos tres o cuatro de “The Eraser”), les preferí así. Porque vi a la esencia de Atoms For Peace y la entendí como no la había entendido aun en disco. La encontré en concierto con formas casi de sesión más apta para el Sónar de medianoche que para festivales indies. Porque “Ingenue” –abrieron con mi favorita de “AMOK”- debería ser siempre interpretada como lo fue, con un ordenador, con unos pocos pads y con Yorke agitándose de un lado a otro sin mover los pies de sitio. No pensé ni por un instante que ahí hacían falta otros músicos. Ya saben, esta noche tres ya hubiesen sido multitud. Atoms For Peace son lo que vimos ayer, eso es todo. El grupo completo será más mediático y más apto para grandes festivales, pero también una cosa distinta.

Sus seguidores, muchos y muy fieles, aplaudieron casi cada cortorneo de caderas de Yorke. Bastaba con que se acercase al borde del escenario para que las ovaciones aumentaran de intensidad y los móviles de última generación surgiesen de la oscuridad con apetito voraz de captar una borrosa imagen que colgar al segundo en redes sociales. Incluso aplaudieron que, acabado el concierto, se pinchase algún clásico disco funk, alguna perlita de actualidad o algún topicazo. La diferencia es que, mientras en otros casos, a uno se le hubiese agriado el carácter viéndolo, esta vez hasta lo encontré agradable.

Finalmente fueron casi dos horas de actuación. Ni Atoms For Peace tocaron el cielo en ningún momento, ni lo tocamos nosotros, pero dio gusto verles, incluso para un seguidor descreído como servidor, a un tipo que llevaba el hacha oculta bajo su chaquetilla de entretiempo. Por una vez Nigel y Thom, o a la inversa, no parecieron preocuparse de otra cosa que de pasárselo bien y, malditos sean, consiguieron contagiarme. Si es que algunos críticos somos unos blandos.