El metal nacional no se entiende sin su presencia. Santo y seña de una escena sólida, Hamlet inician una nueva etapa con las ilusiones intactas. El colosal “La puta y el diablo” (Roadrunner/Divucsa), su primera referencia para Roadrunner, refresca y redimensiona su propio legado histórico.

Un tipo la mar de entrañable. Así es Luis Tárraga, único superviviente junto al vocalista J. Molly de la flota original en la escuadra madrileña. Honesto, divertido, sincero. Luis habla con nosotros horas antes del concierto de AC/DC en Madrid. Reconoce sentir un cosquilleo en el estómago y se le ve tan ilusionado como un niño.

“Nuestro sonido se había convertido en algo un poco frío, mimético, un poco en lo que se ha convertido el metal actual”

Lo mismo le sucede al hablar de esta nueva etapa de Hamlet, que se abre con “La puta y el diablo”. “Te mentiría si dijese que todos los discos son iguales, que todos tienen el mismo nivel. Esta vez se han juntado varias cosas. Por ejemplo que durante mucho tiempo hemos tenido casi la misma formación, y ahora ha habido cambios. Hicimos la gira del veinte aniversario, y lo pasamos muy bien, ya que recuperamos muchas canciones antiguas, de ‘Sanatorio de muñecos’ y ‘Revolución 12.111’, e incluso pensamos que a lo mejor nos estábamos metiendo en demasiadas aventuras. Luego había lo del sello, el contrato con Roadrunner, o el vernos de golpe con un miembro nuevo allí entre nosotros (ndr: el guitarra Alberto Marín, procedente de Skunk D.F.). Y no es que de repente se viniese todo abajo, pero sí era una situación diferente. Eso hace que el disco sea especial, y en vez de anquilosarnos, hemos cogido el toro por los cuernos. No como si fuésemos un grupo nuevo, pero en muchos aspectos, te lo juro, ha sido como si fuese nuestro primer disco. Nos hacía mucha ilusión lo del sello, la inclusión de Alberto, y eso en el disco lo notamos mogollón”. “La puta y el diablo” arranca como un torbellino con “El hábil reino del desconcierto”, y, a partir de ahí, metal de bandera, cambios de ritmo cargados de melodías subliminales en “Siete historias diferentes”, retazos grindcore, algún oasis instrumental y mucha crispación. “Es un disco con más diferencias de las que suponíamos. Si lo repasas fugazmente, poniendo un minuto de cada canción, no te darás cuenta de los matices, aunque están. Pero el sello de Hamlet también se mantiene. Por otro lado, tenemos muchos discos, y sabemos las cosas que nos gustan y las utilizamos. En este disco, ha sido clave la gira de aniversario. Nos trasladó a una época, a un sonido, y eso nos metió en una especie de vorágine que nos molaba mucho, y cada canción en este caso es un mundo. Eso me gusta, porque incluso nosotros, como autocrítica, etiquetábamos nuestros discos. En ‘Syberia’, todo era más melódico y todo estaba encuadrado ahí. Esta vez, dijimos, ¿Por qué coño nos vamos a encasillar? Y esa es la similitud con los primeros álbumes. Para nosotros ha sido como meternos en un garaje de verdad, tocando muchas veces las canciones, meneando la cabeza, rockeando como cabrones. Nos hemos quitado capas de encima. Había demasiada depuración”
S.A. dio el mismo paso antes que Hamlet, formando parte de ese gran sello especializado en metal que es Roadrunner.“Curiosamente, nosotros firmamos antes que ellos. Y no es que esto sea una competición por saber quién ha sido el primero, ya que somos grandísimos amigos de S.A., pero en nuestro caso no queríamos grabar tan rápido. No queríamos hacer diez canciones a todo meter. Queríamos estar preparados, y nos pusimos un término a la larga, unos siete meses. En cambio, ellos tenían el disco casi acabado cuando firmaron. Nos ha valido para saber cómo les ha funcionado. Aunque igualmente, ya nos habíamos tirado al barro. Estar con ellos nos va a dar la posibilidad de expandirnos un poco. Nos hemos recorrido España cincuenta veces, y hay canciones como ‘Jodido facha’ e ‘Irracional’ que las hemos tocado todas las noches, y aquí sí no las tocas alguien te puede matar. En cambio, tocar fuera nos permite cambiar de repertorio. No es que esto sea una flipada y ahora pensemos que ya somos un grupo internacional. No se trata de eso. Es una cuestión de que podremos abrir más puertas y salir por el extranjero con algo físico, con un disco que la gente pueda escuchar y que, al menos, un centenar de los que nos vayan a ver conozcan las canciones”.
Alberto Seara ha sido de nuevo el productor, y el intocable Colin Richardson ha dejado su sillón a Logan Mader (Machine Head) en las mezclas. “Por tema de agendas, no pudimos cuadrar con Colin. Aunque estábamos contentos con él y nos une una buena amistad, era una buena oportunidad para dar un giro. Quizás nuestro sonido se había convertido en algo un poco frío, mimético, un poco en lo que se ha convertido el metal actual, y a nosotros nos apetecía abandonar ese sonido de laboratorio que hace que casi todos los discos suenen igual. Queríamos algo más orgánico, que fuera más vivo”