Antony Gonzalez vuelve al ruedo con la mirada puesta en el pasado y sin intenciones de explotar lo que hizo de M83 uno de los grupos clave del nuevo milenio. Nos citamos con el prolífico artista de origen galo para hablar de influencias improbables, bandas sonoras y series de los ochenta. Puede que ‘Junk’ (Naïve Records, 2016) no sea un disco pensado para gustar a todo el mundo, pero cuenta con todas las armas para conseguirlo.

En este disco hay una fuerte carga de disco old scohol, con claras influencias setenteras y ochenteras. Es como si te hubieses despedido para siempre del sonido shoegaze del “Saturdays = Youth” (Naïve, 2008) y de ese lado más experimental que respiraban discos como “Dead Cities, Red Seas & Lost Ghosts” (Gooom, 2003) o “M83” (Gooom, 2001). ¿Ha sido deliberado?
En todo caso, tenía ganas de liberarme del peso y el éxito de mi último disco [el sobresaliente “Hurry Up, We’re Dreaming” -Naïve Records, 2011-] y de ese sonido grandilocuente. Incluso de mi voz, que estaba muy presente todo el tiempo. Me apetecía llegar con algo más ligero y divertido pero a la vez melancólico y donde mandaran las emociones. Aunque en este disco canto menos, creo que es mi trabajo más personal.

¿En qué sentido?
Para la creación de este álbum he intentado recordar todo aquello que me ha marcado en la adolescencia. Influencias que han sido cruciales para mí y que me han fascinado como oyente. Sentía una especie de necesidad de volver a esos referentes. Hay un lado muy old school en el disco, porque es lo que más me identifica. Es la manera en la que me he educado musicalmente.

Hasta ahora, por ejemplo, jamás me habría imaginado que George Michael podía estar entre tus influencias.
¿En serio? Ah, pues no sé. No es una referencia mía especialmente, pero si lo has visto por algo será (Risas).

Creo que en “Walk Way Blues” suenas a él a muerte. ¿De qué forma dirías que ha evolucionado tu sonido desde los comienzos del proyecto?
Desde que empecé en la música he querido hacer cada vez un disco diferente. Me encanta gente como Beck [el californiano colabora en el corte “Time Wind”], que es capaz de renovarse disco tras disco, y llegar con un sonido nuevo a cada vez. El “Midnite Vultures” (DGF, 1999), por ejemplo, tenía un sonido disco muy marcado, y sin embargo, al poco aterrizó con “Sea Change” (DGT/Interscope, 2002), cargado de baladas y arreglos de cuerdas. Lograr hacer eso y poder trasportar a tus fans a universos tan dispares me parece maravilloso. Más que un grupo que conserva el mismo sonido a través de toda su discografía.
Con el tiempo, todos evolucionamos. Mis gustos también empezado a ser un poco diferentes, pero a pesar de probar nuevas cosas, he intentado siempre conservar una especie de unidad sonora. Quizá suene un poco egoísta, pero cuando hago música antepongo mi diversión a todo lo demás. Imagino que si yo disfruto haciéndolo, quien lo escuche disfrutará también.

“Desde que empecé en la música he querido hacer cada vez un disco diferente. Me encanta gente como Beck, que es capaz de renovarse disco tras disco”.

Llevabas cinco años sin publicar disco propio. ¿No es mucho tiempo?
Con el disco anterior estuve girando dos años, lo que es muchísimo. Después, estuve haciendo la música para “Oblivion” y para la película de mi hermano [Les Rencontres d’après minuit, de Yann Gonzalez]. Hay quienes me dicen que llevo cinco años sin hacer un álbum, sin embargo, estos dos trabajos no dejan de ser parte de mi discografía. Aunque son otro tipo de proyectos, siguen siendo discos de M83.

¿Te sientes cómodo poniendo música a las imágenes de otros?
Desde siempre me han fascinado las bandas sonoras, ya sean de Morricone o Goblin, o de las pelis de Dario Argento. Me atrae mucho la idea de crear música para acompañar imágenes. Quizás por eso, para mí era lógico que algún día me metiera en esto. De hecho, fue con esa intención con la que me mudé a Los Ángeles.

¿A qué director le dirías que sí con los ojos cerrados?
David Lynch, Todd Haynes… Hay tantos.

¿Qué reacción piensas que tendrá tu público después de oír tus temas nuevos? En mi opinión, no creo que sea el álbum que los fans del “Hurry, Up…” estaban esperando.
No tengo ni idea. Solo de pensarlo me da miedo. Supongo que la gente se sorprenderá y que habrá división de opiniones. Habrá a quienes les encante y quienes lo odien. En todo caso, dará que hablar. Es un disco muy personal pero que no deja de lado el sonido M83, aunque ahora no esté tan presente como antes. En todo caso, yo creo que a quienes le gustaron mis últimos discos, este no les defraudará. O al menos, no del todo.

En todo este tiempo, habrás ganado confianza.
No te creas, ando siempre estresado con la crítica. Me da mucho miedo saber qué piensa la prensa o mis fans. Soy una persona que se cuestiona constantemente. Después de dos años trabajando en el estudio tenía muchas ganas de dar a conocer este trabajo, pero al mismo tiempo, solo la idea de que salga a luz me aterra.

Una de las cosas que más sorprenden de este disco es la presencia en los créditos de Steve Vai -guitarrista icono del heavy metal de los 80-. ¿Cómo llegaste a él?

Crecí escuchando su música. Cuando empecé a tocar la guitarra a los 12 años, su figura siempre estaba presente. Ese tipo es pura mezcla de técnica y expresión. Sus solos de guitarra me hacen pensar en el sonido del espacio. Me pareció que encajaba genial con la atmósfera del disco y le pedí que colaborase en “Go!”. A él le encantó el tema y todo salió de una manera muy espontánea.

“El reto de este álbum es precisamente hacer que convivan estilos muy diferentes y conservar a la vez una idea da unidad”.

En el pasado trabajaste con productores como Ken Thomas (Sigur Ròs, The Sugarcubes, Suede, Cocteau Twins) o Ewan Pearson. Esta vez, vuelves a contar con la ayuda de Justin Meldal-Johnsen. ¿Qué delegas en la figura del segundo productor?
Después del éxito de “Hurry Up, We’re Dreaming” podría haber elegido a un productor más moderno o famoso. Supongo que mucha gente se esperaba que después de ese disco llegara con un sonido más comercial. Sin embargo, pienso que el éxito me ha llevado en querer volver a confiar a aquellas personas que participaron en ese álbum. Volver a contar con Justin era para mí algo evidente. Es la primera persona a la que le enseño mis demos porque tiene una visión muy clara de mi música, sabe perfectamente hacia dónde quiero ir. Su opinión es crucial para mí; es como un hermano mayor -además de ser mucho más organizado que yo-.

Tu música no parece venir de alguien poco metódico.
Mi forma de trabajar es muy caótica. Empiezo siempre una canción a partir de ideas, melodías sueltas, etc. Él, digamos, cumple el rol de poner orden a mi locura.

Tu trayectoria es de lo más ecléctica; has pasado por la new wave, la electrónica experimental, el chiclepop, el disco o el shoegaze. ¿Alguna vez has temido de perder tu identidad entre tanta mezcla de género?
El reto de este álbum es precisamente hacer que convivan estilos muy diferentes y conservar a la vez una idea da unidad y el sonido M83. Tenía en mi cabeza la imagen de una radio flotando en el espacio de la que sale música completamente diferente, como una especie de reflejo de nuestra sociedad y nuestra cultura musical. No siento que mezclar géneros haga que el disco sea menos coherente o que porque vaya del pop convencional a una balada setentera no sea un disco moderno.

Yo creo que has hecho tu disco más francés con diferencia hasta la fecha.
Puede ser. Este año en Los Ángeles ha sido muy difícil para mí. Me sentía muy solo y he echado mucho de menos Francia, a mi familia y amigos. He intentado acercarme a mis raíces y el hecho de escribir algunos temas en francés me ha hecho sentirme un poco más cerca de mi cultura. Supongo que tenía ganas de decirlo en este disco. Es mi mensaje de amor particular a Francia y a Europa.

Parece que la lengua gala vuelve a estar de moda. No hay más que ver el éxito de la propuesta bilingüe de Christine and the Queen.
Creo que en cierto modo el francés se ha ido democratizado poco a poco en la música. Se había perdido eso de escribir y cantar en francés y parece que ahora se vuelve a apostar por la música en nuestra lengua. Pienso que hay una generación que ha tomado conciencia del patrimonio francés de los años 70 y 80, y de esos artistas que son hoy la base de nuestra historia musical. Supongo que en su momento nos alejamos de esas influencias porque era la música que oían nuestros padres. Ahora que hemos crecido, por fin parece que nos hemos dado cuenta del enorme talento de los artistas de entonces.

¿Le has pillado el punto a la fama o echas de menos la falta de presión de cuando M83 era entonces un grupo que solo conocían tres ‘enteraos’?
No me doy mucha cuenta de lo que pasa a mi alrededor. Me parece tan grande poder vivir de esto o tener mi residencia en los Estados Unidos, tocar por todo el mundo, conocer otros lugares, etc. que se me olvida que hay gente a la que le gusta lo que hago. De todos modos, no creo que yo sea un artista esencial. Me veo más bien como alguien con mucha suerte que intenta trasmitir su mensaje, con sus imperfecciones y su sensibilidad, a través de la música.

¿Cómo ves la escena contemporánea? En este disco, más que nunca, parece que fueras a contracorriente.
No me reconozco en la música actual. Los artistas que funcionan hoy día en los Estados Unidos no me dicen nada. Hay muchos artistas que buscan ese sonido moderno tipo R&B que no tiene nada que ver conmigo. El sonido del futuro me aterra. Prefiero hablar del pasado y mirar más hacia detrás que hacia delante.

¿Has hecho contactos en Los Ángeles para futuras colaboraciones?
No soy el tipo de músico que va en busca de otros artistas; prefiero que las colaboraciones vengan por sí solas. Me he cruzado varias veces con Ariel Pink, pero jamás me presentaría y le diría “Hola, soy M83 y me encanta tu música”.

Hay temas como “Solitude” en los que concedes mucha importancia a las cuerdas. No había oído muchas hasta el momento en los discos de M83.
Sí había, pero su función era más la de complementar la melodía principal, por eso no se percibían igual. Ahora, cuando meto cuerdas procuro que lleven la voz cantante. Es un tipo de arreglos muy diferentes a los del anterior álbum.

He leído que “Sunday Night 1987” la escribiste en homenaje a la técnica de sonido ya desaparecida Julia Brightly. Cuéntanos un poco.
Julia era una artista de los pies a la cabeza. Inteligente, llena de inspiración. Alguien que escucha muchísimo a los demás y que habla muy poco de sí mismo. Su pérdida me sentó como un jarro de agua fría. Es alguien que me llegó muchísimo. Llevaba el sonido de mis conciertos y cuando se fue, tuve la sensación de perder por una parte a una gran amiga y, por otra, a una de las personas en las que más he confiado musicalmente.

Además de Susanne Sundfor, con quien ya colaboraste en el pasado, oímos en varios de los cortes a la cantante francesa Mai Lan.
Mai y yo nos conocimos de casualidad y empezamos a colaborar de una forma muy natural. Escuché su música y conecté mucho con su personalidad. Tiene ese lado camaleón que me gusta y una enorme capacidad para cambiar su voz y hacerte sonreír o llorar según se proponga. Es como una actriz que interpreta un papel, pero sin dejar de sonar espontánea y sincera.

Si algo caracteriza a tu música es que es muy visual y deliberadamente esteta. ¿Cuáles son tus grandes referentes iconográficos?
Me siento muy afortunado por haber crecido en Francia durante los años 80. En esa época, tuvimos por primera vez acceso a series americanas como “Punky Brewster” o “Who’s The Boss?” y a los primeros dibujos animados japoneses que hablaban del espacio, pero también de temas tan adultos como el amor o la muerte. Recuerdo especialmente esas melodía nostálgicas de las cabeceras. Son cosas que me han marcado mucho. Durante 20 minutos hacían que te olvidaras completamente tus problemas de niño. Estoy convencido de que hay toda una generación de artistas franceses, como Daft Punk o Air, marcados por esos años y por estas mismas influencias, y que se puede oír en lo que hacemos.