Josh Ritter es un grande, aunque mucha gente no lo sepa todavía. Con “So Runs The World Away”, su último disco, ha vuelto a subir el listón y, como en las grandes citas deportivas, pocos habrá este año que puedan igualarle. Compruébalo por ti mismo en la Sala El Sol el próximo día 9 de septiembre.

En irlanda lo adoran, en su Idaho natal también. A cada disco que edita (este es su sexto álbum de estudio) la crítica se deshace en elogios, tan merecidos, que, por ejemplo, es incluido en un listado de la revista Paste como uno de los cien mejores compositores vivos de todos los tiempos. Y no sólo eso: su cancionero contiene canciones enormes como “Right Moves”, “Rumors”, “Kathleen”, “Girl In The War” o “Snow Is Gone” por las que cualquier otro trovador con guitarra acústica, vendería su alma al diablo en un cruce de caminos. Vaya, que todo son parabienes para Josh Ritter, lo cual no impide que, al menos en España, no lo conozca ni el tato, y un servidor tenga que asistir con verdadero dolor a su papel de telonero de unos The Swell Season que, Dios me perdone, no le llegan ni a la suela de los zapatos. ¡Qué injusto!… En ocasiones le da a uno la impresión que lo mejor es morirse para que te hagan caso… “Bueno, no puedo imaginar un peor destino para mí o para mi música que el tener que morir para que sea apreciada. El culto a la muerte que rodea con un halo a los músicos es ridículo y pernicioso, y básicamente está ideado por personas que pretenden vendernos algo. Me imagino que desde Hendrix hasta Jeff Buckley y todos los demás, preferirían estar vivos y escribiendo música hoy en día”… Eso, eso ¡Qué no se muer(v)a nadie! Quiero seguir disfrutando de discos como su último “So Runs The World Away”, el cual sucede al exuberante y dinámico rock americano del anterior “The Historical Conquest Of…” entrando en una nueva dimensión mucho más íntima e intensa, donde el discurso gira alrededor de la idea de esa búsqueda constante de la quimera, de algo que a todas luces es imposible. Un disco que posiblemente sea el más completo de su autor, y el que sin duda se disfruta más como un todo, imposible de deshacer en partes. “Creo que tienes razón. Estoy tremendamente contento con este disco como un todo, Como una novela, y eso es algo que se me había resistido hasta ahora. Es siempre extraño ver qué canciones son las que se desmarcan cuando el álbum ya se ha publicado. Eso es parte de la diversión del proceso. Cuando escribo una canción por primera vez es como un potrillo. Es genial y divertido ver cómo el potro empieza a caminar por su cuenta y ver hacia dónde va”. Pues en esta ocasión los pequeños cuadrúpedos se han convertido en unos percherones capaces de arrastrar una muela de molino. Tan sólo hay que sumergirse en la maravillosa historia de amor entre una momia reanimada y su arqueóloga en la conmovedora “The Curse” para darse cuenta de que el Josh Ritter de ahora, ese que está a punto de cumplir treinta y dos años, ha crecido mucho desde su primera colección de canciones grabadas hace once años. Por aquella época Bob Dylan era todo un referente y uno de los motivos principales, junto a Johnny Cash, para abandonar la tradición familiar de convertirse en neurólogo y acabar estudiando nada menos que “historia de Estados Unidos por la música folk narrativa” en la Universidad Oberlin de Ohio. “Los patrones de mis canciones continúan siendo los mismos y no han cambiado con los años, pero por fortuna soy una persona obsesiva y se me hace muy duro lograr una letra de la manera exacta en la que quiero que sea. Claro que escribir canciones tiene que ver con tus intereses, y los míos han cambiado como el viento en estos últimos diez años. Miro atrás y vuelvo a los primeros discos y me pregunto quién es aquel que escribía esas letras. ¡Me pregunto qué pensaría el ‘yo de entonces’ sobre las canciones que escribo ahora!”. Pues que son cojonudas en su apego a la tradición folk-rock de tu país, pero con una personalidad cada día más definida. “Nunca he hablado de originalidad en mi música. La búsqueda de la originalidad es un ejercicio inútil. Todo lo que puedo hacer es escribir canciones que sean honestas con lo que siento, pienso, y que me hagan sentir bien y capaz de vivir con ellas, salgan de la manera que salgan, y sea como sea que las haya conseguido componer”. Unas canciones, las del último álbum, que en algunos casos han recibido el apoyo vocal de su mujer, la también cantautora y productora Dawn Landes. Un matrimonio musical de altura. “Dawn y yo nos conocimos hace bastantes años. Me estaba grabando cuando tocaba una canción de Hank Williams. Tenemos el mismo tipo de vida: interesados en viajar, las noches largas, las horas brujas. Amamos la música, y tocar el uno para el otro, pero a la hora de la verdad no hablamos tanto de música. Ella es una crack, e invierto mucho tiempo en intentar seguirle el ritmo”.