¿Está Bunbury en uno de los mejores estados de forma de su carrera? Yo creo que sí. Porque si “Cuentas pendientes”, su disco de 2025 ya me pareció el álbum nacional del año, difícilmente descabalgaré a este “De un siglo anterior” de esa posición en 2026. Además, el zaragozano está consiguiendo casi lo imposible, gustarle a quien nunca le ha gustado. Pero ¿qué está haciendo Enrique para conseguirlo? Nada. O todo. Vayan ustedes a saber. Con esto me refiero a que Bunbury se ha limitado a hacer lo que sentía en cada ocasión y eso, que en un momento llegó a ser calificado de impostado, intencionado o incluso calculado, le ha acabado dando la razón. Por abrasión.
Hablar del nuevo disco de Enrique Bunbury es asumir que ya no existe vuelta atrás. Donde en “Cuentas pendientes” algunos veían un desvío calculado se revela aquí como una mutación completa. Bunbury no está explorando territorios nuevos por curiosidad, sino instalándose definitivamente en ellos. Y eso implica renuncias, pero también una libertad creativa difícil de discutir. El álbum, grabado en México con una banda nutrida de músicos latinoamericanos, profundiza en una idea clara. La tradición no como refugio nostálgico, sino como herramienta para interpretar el presente. De ahí que el título no funcione como una mirada melancólica hacia el pasado, sino como un contraste con el ahora. El propio disco se sitúa en ese territorio ambiguo en el que lo antiguo y lo contemporáneo conviven sin jerarquías.
Desde el punto de vista musical, la apuesta es radical en su coherencia. Aquí no hay concesiones al rock que le dio fama, aunque la mirada de algunos temas tenga algo de aquello. Lo que domina es un mosaico de géneros latinoamericanos, del bolero a la ranchera, pasando por la zamba, el tango o la cumbia, tratados con respeto, pero también con una evidente voluntad de reinterpretación. En lo lírico, Bunbury se mueve en su terreno habitual, pero con un enfoque más reflexivo que combativo. No se ha cansado de luchar, pero apuesta por hacernos pensar, que más nos vale. El disco gira en torno a la identidad, el paso del tiempo y la necesidad de encontrar un lugar propio en un mundo saturado de ruido y opiniones. Sin dejarnos saber si con él se cierra la etapa que se abrió con el disco anterior, si continúa en ella o si, incluso, inaugura otra ¿Importa eso? Pues no mucho. Porque lo que sí importa es el crecimiento artístico tan sorprendente como imparable de un artista que, ahora mismo, no parece tener techo. Cuenten cuántos pueden decir eso con tantos años de carrera a sus espaldas.
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