Recapitulando a través de la multiplicación laponiana, así es como “Tú siempre ganas” (El Genio Equivocado, 18) ha cerrado una gran ronda pop donde erudición y misterio siempre han sido sinónimo de diversión. Pop de diván del que Lolo Lapón nos da las claves. Invitación de lujo a un cancionero en el que Franco Battiato y Vainica Doble se cruzan en una viñeta imposible de Charles Burns.

Después de la explosión de un disco como “No son tu marido”, ¿por qué el final de Hazte Lapón, justo en vuestro momento de mayor repercusión?
Aquí hay dos cuestiones. Una es que, a veces, el buen momento de calidad musical no siempre significa que las cosas pasen a ser fáciles. Al final, nosotros, como otros grupos de nuestra generación, no hemos logrado salir de esa etiqueta de grupo de culto que, más o menos, funciona; pero que en realidad funciona con dificultades. Debido a que seguimos cobrando cachés bajos, seguimos teniendo que hacer un esfuerzo económico para grabar los discos, luego lo recuperado es para volver a ser invertido, etcétera. Hay que medir cada euro. Es un camino siempre un poco arduo, nunca hemos dado el salto. Creo que, prácticamente, nadie de nuestra generación lo ha hecho. A lo mejor alguno un poco posterior, como El último Vecino. Pero de los grupos que aparecimos un poco antes de la crisis, todos nos hemos quedado un poco ahí: seguimos con nuestros trabajos, nunca hemos tenido una agencia de booking dedicada a buscar conciertos. Al final, todo va un poco a rastras. Y, por otro lado, tampoco he soñado nunca con dedicarme únicamente a esto. Siempre apelo a la anécdota de Chéjov, que era médico, como yo, y decía: “La medicina es mi esposa, la literatura solo mi amante”. Desde luego, se le recordará más por sus aportaciones literarias que por sus aportaciones a la medicina. Claramente, a mí también se me recordará más por el pop que por lo que pueda aportar a la psiquiatría. Pero es verdad que mi profesión me gusta y nunca he querido abandonarla para ser exclusivamente músico. Me siento cómodo en esta doble condición de artista, que no deja su otro quehacer profesional. La otra cuestión es un poco salir de eso en lo que Hazte Lapón se ha convertido, una especie de broma privada en un lugar público. Me he obligado a contar las canciones desde la experiencia personal. Y creo que si no se da por muerto el proyecto, cualquier otra cosa que emprenda que no vaya por ahí siempre quedará un poco extraña, al menos, si la hago desde el nombre de Hazte Lapón. Se pueden cerrar las cosas; luego ya veremos si hay una continuación o no, pero será con otros códigos.

“El prisma era poder hacer lo que quisiéramos con cada canción y, en ese sentido, discos como “69 Love Songs” estuvo siempre presente”.

En tu caso, has llegado a integrar la psiquiatría en tu manera de concebir el pop, sobre todo en el área letrística. ¿Cómo llegas a esa conexión para enfocar la materia pop desde esa base que tienes de la psiquiatría?
La psiquiatría y, sobre todo, el psicoanálisis es un campo que me empezó a interesar hace muchos años, cuando era residente de psiquiatría, justo cuando se formó el grupo. Me ha dado un cierto prisma de cómo ver la realidad. Influye mucho en cómo veo las relaciones entre las personas, las relaciones de las personas con sus propios deseos, con su propia realidad… Por eso, al ir escribiendo, se ha ido colando esa mirada. A veces, me gusta retorcer escenas de convivencia, verlas desde una perspectiva menos clásica y darles siempre una vuelta. Me gusta observar qué es lo que une las relaciones más allá del amor. Me gusta hacer canciones en las que algunas vayan sobre el amor, pero otras sobre cosas más oscuras o aspectos más confesionales. Bromeo con el masoquismo o con la tensión dialéctica en la relación hombre-mujer. Siempre digo que en las relaciones hay un reverso oscuro que también hace su función. Las fantasías más atípicas también hacen su función a la hora de hacer que las parejas funcionen.

Esa parte oscura también me recuerda a un grupo como Sparks.
Los grupos que más nos gustan son esos: Sparks, The Auteurs, que también tiene una manera de ver la realidad muy particular. Evidentemente, Stephin Merritt, que es un hombre que se ha prestado a hacer canciones de su biografía. De aquí, en España, por ejemplo, nos gustan mucho Espanto, Vainica Doble… Gente que da en sus canciones otra vuelta de tuerca, canciones con un subtexto que a veces usa el humor, pero donde también hay un sentido trágico detrás de la broma.

A mí me da la impresión de que este es vuestro “69 Love Songs” particular. Un trabajo en el que habéis querido aglutinar todas las fases de vuestra educación musical.
Ese ha sido un leitmotiv. Había una serie de canciones que habían quedado sin grabar y que veíamos que merecían ser grabadas. También que el grupo, tal como lo habíamos concebido, ya estaba un poco desarticulado, y había una oportunidad de hacer lo que quisiéramos. Podían colaborar músicos que habían estado con nosotros en otras épocas, pero la idea era hacer un disco más de estudio. El prisma era poder hacer lo que quisiéramos con cada canción y, en ese sentido, discos como “69 Love Songs” estuvo siempre presente. También “lllinois” de Sufjan Stevens, “Giant Steps” de The Boo Radleys, “Skylarking” de XTC… Discos que eran muy significativos, porque también eran discos conceptuales, pero, a la vez, muy eclécticos a nivel sonoro. La sombra de estos discos ha sido alargada…

Me llaman mucho la atención discos como “Jordan: The Comeback” de Prefab Sprout o el vuestro, que llevan el pop más allá de la impronta de consumo rápido que siempre ha tenido el pop desde los años sesenta.
Yo tengo un punto enciclopédico que soy consciente que a mucha gente le irrita un poco, porque parece que estás dando una lección magistral. Yo no soy ningún erudito, solo una persona que escucha mucha música. Soy consciente de que hay mucha gente que tiene un conocimiento mucho más exhaustivo de la historia del pop que yo. Lo que sí que tengo es un eje cuando consumo música: sé lo que me interesa. Y he ido cogiendo gente que me interesa, haciendo música que no está adscrita a un estilo concreto. Me pueden interesar mucho The Smiths, pero por ejemplo me también me interesa Juan Luis Guerra. Creo en la capacidad que tuvo ese hombre al hacer una crítica al consumismo y el turismo en un país que podemos decir que no es del primer mundo, invadido por el turismo…, y meter todo eso en letras de canciones que sonaban a canciones del verano, como “El costo de la vida” o “Woman del callao”, que mete unas críticas enormes, con mucho sentido del humor. Me gusta de verdad, no es ironía posmoderna, digamos…

Un poco como un Battiato, que también conecta con esa manera de enfocar la materia pop.
Battiato es otro autor que ha sido elemental para nosotros. En el anterior disco ya se notaba mucho; había canciones muy battiatescas, como “El cielo protestó”; y en este, “La paz mundial”, que tiene una manera narrativa muy Battiato. Ha sido fundamental. Por ejemplo, también nos gusta mucho Ricchi e Poveri. Aquí no tanto las letras como esa especie de concepción melódica maximalista, de hacer canciones melódicamente perfectas, como Abba.

“Los discos los concibo como una sucesión de canciones, no como una colección de single”.

Es curioso porque el otro día David Rodríguez me decía que ahora estaba obsesionado con Lucio Battisti.
Cuando, con David, grabamos el EP “El traje del emperador”, hablamos mucho de Battisti. Cuando íbamos a grabar este disco, estaba pensado para que lo grabara él, pero al final no le pillé en un buen momento para hacer tantas canciones, así que no salió. Una de las cosas que compartimos desde el inicio, desde luego, era Lucio Battisti, porque yo venía de escuchar mucha psicodelia y había llegado a unas canciones de un grupo que se llama The Rokes, que es un grupo de británicos, pero creo que residían en Italia. Por lo menos sus éxitos fueron en Italia, incluso algunas canciones las hicieron en italiano. Algunos temas se los hacía Lucio Battisti, con las letras de Mogol. Y hay una, “When The Wind Arises”, que es muy buena, pura psicodelia… El tío a todo lo que le metía mano le daba su toque… Es más conocido como cantautor de canción melódica italiana, pero también estuvo componiendo rock psicodélico en los sesenta, con mucha gracia…

En estos tiempos de fast food comunicativo, la idea de sacar un disco doble de pop erudito es pura transgresión. ¿Cómo surgió la idea?
Eso en concreto es muy voluntario. Llámalo transgresión a eso de imponer otro tempo, sí. Lo arriesgado de la propuesta es que el oyente no sepa lo que va a escuchar después, que no lo sepa con solo una o dos canciones. Es algo que era muy frecuente antes, lo ves muy bien en ciertos discos de los noventa, cada canción es distinta, pero es algo que se ha ido perdiendo. Los discos ya no suelen ser tan eclécticos a nivel sonoro. Lo arriesgado aquí era pretender que la gente se escuchara las veintidós canciones. Por eso toda la manera de lanzarlo en digital y en físico pretende que la gente se vincule directamente con cada canción, o que alguien pueda decir “pues de las veintidós, las que más me gustan son estas doce o trece”. Pero para eso te lo tienes que escuchar entero. Nos hemos exprimido la cabeza para que eso pudiera suceder. Para salir un poco de esta cuestión, hemos hecho no-sé-cuantos-mil adelantos y particiones, cambios de orden y, finalmente, un disco con un juego que pretende que cada persona se vincule con cada canción, con cada historia, porque a mí me interesa la canción como un valor en sí mismo. Los discos los concibo como una sucesión de canciones, no como una colección de singles; lo que marca el disco es esa sucesión, y donde cada canción es importante, te obliga a estar atento. No puedes estar a otra cosa mientras la escuchas.

Al igual que las aventuras quijotescas de “Tusk” con respecto a “Rumours” o “Sandinista” con “London Calling”, “Tú siempre ganas” tiene un paralelismo similar a “No son tu marido”. A nivel de producción, es como si entrarais en una juguetería. No hay más que dejarse llevar por filigranas de poso artesanal como “Maravillas de la autosuficiencia”.
Esa canción en particular suena a juguete porque es una nana donde tomo unas frases que escuché a Manolo Martínez, de Astrud, en el festival Primera Persona de Barcelona sobre la muerte. Al final es una nana sobre la muerte porque todas las nanas son sobre la muerte. Hay algo de horror en todas las nanas, y en la mía también. Para eso me fijé en una obra de música clásica poco conocida de Carl Orff, el de “Carmina Burana”, que hizo una serie de obras folclórico-campestres con xilófono que salían en la banda sonora de “Malas tierras”, de Terrence Malick. Me quedé un poco pillado con esa música de xilófono y empecé a escuchar muchas de esas piezas. Y me dije: “Por aquí tiene que ir la melodía”. Efectivamente, “Tú siempre ganas” es un disco del estilo de “Sandinista” o “Tusk”; he tratado de ir más allá del anterior. Si te fijas, tanto “Sandinista” como “Tusk” no se pueden entender sin sus discos precedentes, como “London Calling”. No es que sea un cambio de tercio; es ir más allá. Podría haber habido otra opción, una más sintética. Pero hemos preferido optar por la multiplicación: “esto pero más”.

¿Cómo se os ocurrió la idea del juego de mesa? ¿Qué parte representa en el concepto final del disco?
Siempre quise concebir el juego como una accesorio y no como la base. El disco tenía que funcionar sin el juego, por eso también la edición digital ha salido antes que la edición física, porque no quiero que las ideas estrambóticas aparten la atención de lo importante, que son las canciones. Por eso pensamos que una cosa fundamental era que el juego tenía que servir para multiplicar el vínculo entre oyente y las canciones. No podía ser una cosa aparte, sin relación. Lo del juego comenzó como una broma de Cristian Pallejà, porque yo quería transgredir el formato. No quería sacar otro disco en vinilo para que, al final, la mayoría de la gente joven se compre el vinilo sin tener reproductor para el mismo. Quería romper con el vinilo, que respeto, pero me parece que no podía complicar la edición física del disco debido a su coste. Había que separarse de eso porque si no podía poner un poco en jaque la economía del proyecto, y lo importante era grabarlo. Entonces salió la idea del formato novedoso. Un amigo mío tenía en ese momento tiempo libre, porque es militar y se encarga de cuestiones técnico-logísticas. Estaba en misión fuera de España y tenía mucho trabajo, pero también muchas horas muertas… Le planteé la idea de inventarse un juego, porque él sabe mucho de este tema. Empezamos a pensar en varias opciones y, al final, fue él quien se inventó un juego que tenía algo de juego de rol. Lo que yo hice fue ampliar el repertorio de personajes relacionados con el disco. De este modo, podía ser gracioso que cada canción se relacionara con algún personaje del juego, que tuviera cierta relación con la canción. O que la tenía ya, como la que estaba dedicada a los Nabokov, o que la podía tener si se le daba una vuelta. También que Saray y yo saliéramos como dos personajes era algo muy acorde con la temática del disco. Así que era una buena idea que el disco, además, estuviera dentro del juego. Es una manera de ampliar el imaginario. Se puede jugar y es divertido.

Creo que, como Suede, a veces, tiráis por una épica vitalista en la música que contrasta con las letras más crípticas. Como en “Vidas de Santos”. ¿Cómo surge ese balance?
Yo siempre intento que todas las canciones tengan un cierto misterio. También me gusta que algunas sean muy claras y que se sepa claramente de lo que hablan. Pero las de misterio apelan al oyente a que lo resuelva. También son misterios relativamente fáciles. Tampoco se trata de ser exégetas del autor. No soy un autor de letras surrealistas. No digo que renuncie a cierto surrealismo, que lo hay, pero no es lo que más me interesa. Me interesa que las canciones se puedan descifrar. Yo soy muy nabokoviano, en ese sentido. Estoy más cerca de Nabokov que de Joyce. Nabokov, a veces, parodiaba a Joyce porque era un tipo con mucha cultura literaria, pero siempre ponía enigmas que se podían descifrar. Trataba siempre al lector como alguien inteligente que podía descifrar los juegos de palabras que iba repartiendo por los libros. Yo lo procuro hacerlo así también. Si, por ejemplo, tomo un concepto, una frase, un personaje de un libro, pues como en “Sabes la Noche”, que me recordaba un poco al matrimonio trágico de Scott Fitzgerald y su mujer, pues en vez de “Suave es la noche”, que es el título de la novela de Scott Fitzgerald, uso una homofonía, hago un cierto cambio en la sonoridad…

“Tengo que reconocer que soy de los que han picado el anzuelo con el disco de Rosalía”.

Me recuerda mucho a Vainica Doble y a sus juegos de palabras, que no solo se quedaban con ese cambio de significado o de interpretación.
Se puede jugar con los significados, pero también se puede jugar con los significantes. Y por eso la homofonía en el pop está muy guay. Que uno pueda jugar al despiste, como en el disco anterior cuando decía “al borde de este abismo, y bailando”. Y en un momento dado hay algo en el oído que hace que te preguntes, ‘¿pero este no estaba diciendo ‘al borde del abismo’? ¿Y ahora qué ha dicho?, ¿al borde del sadismo? Al final las dos metáforas son lo mismo. En una relación, puedes estar al borde del abismo y bailando, pero también al borde del sadismo. Estas cosas, Vainica Doble, Astrud o Espanto, esta tradición de pop con sentido del humor retorcido, lo hacen muy bien.

Sé muy bien que eres un gran fan de Moonshake y grupos del post-rock british. ¿Se te pasó en algún momento materializar su influencia con Hazte Lapón?
Soy fan del post-rock primigenio. Siempre me ha gustado mucho Moonshake. Siempre que escucho a Pony Bravo, me recuerdan a unos Moonshake a la andaluza. Callahan, el de Moonshake, es un tipo muy interesante. Lo veo muy retorcido en la manera de hacer las letras y la música. Tengo que reconocer que soy de los que han picado el anzuelo con el disco de Rosalía. No digo que quiera, ni pueda, hacer un disco parecido, pero ahí hay algo en ese sonido que me interesa, quizá explore por ahí. En cierto modo, sí que veo que ese sonido puede entroncar con la vía del primer post-rock, sobre todo por la influencia de El Guincho. El Guincho hacía una electrónica que entronca con Animal Collective, un grupo que asimismo es muy difícil de entender sin Disco Inferno. Abre una cierta fijación mía por unos sonidos menos orgánicos, pero esto, ya he dicho, me obligaría a separarme de la narrativa de Hazte Lapón.

A veces te imagino como una especie de Charles Burns del pop.
¡La portada de “No son tu marido” era cosa mía! Sí, los cómics siempre andan por ahí, en mi cabeza. Y también me gustaría escribir, incluso cosas no narrativas, dedicarle tiempo al psicoanálisis y a ciertos ensayos sobre literatura y psicoanálisis que tengo terminados, pero ahora podría ahondar en la investigación.