Entrevistas históricas especial 200 – Death Cab For Cutie
Entrevistas / Death Cab For Cutie

Entrevistas históricas especial 200 – Death Cab For Cutie

César Luquero — 27-11-2012
Fotógrafo — Brian Tamborello

“Transatlanticism” es otro de esos discos que nos marcó a todos los que confeccionamos la revista y que no paró de sonar en nuestro reproductor. Nadie, ni los más listos de la clase, esperaba que DCFC se sacaran un as tan gigantesco de la manga, pero lo hicieron.

Tiempo. Y nada más. Lo que somos, lo que hemos sido, lo que algún día podremos llegar a ser. Cuestión de tiempo. En el caso del cuarteto de Seattle, tiempo geológico. Lento, calmo, casi interminable, apenas perceptible, pero tiempo al fin y al cabo. Los años luz que median -en lo artístico; sólo dos de nuestro calendario- entre “The Photo Album”, su anterior trabajo, y “Transatlanticism” han ejercido una acción poderosa en las canciones a las que Ben Gibbard dota de verbo. Su voz, ahora, resuena entre la bruma infranqueable del Atlántico -“Transatlanticism”, la canción-; reverbera tenuemente en el páramo agrietado y oscuro -“Passenger Seat”-; agrieta la escarcha de la campiña con paso firme y decidido -“We Looked Like Giants”-, o simplemente se desvanece entre las explosiones y las risotadas de Nochevieja -“The New Year”-,
como si tal cosa. Como si no pasara nada. Una advertencia, innecesaria de todas todas, en los segundos finales del disco -“Son hechos, no ficción, por primera vez en años”-, nos hace girar la cabeza, inevitablemente, hacia los textos que hicieron de “We Have The Facts And We´re Voting Yes” (Barsuk, 00) un mapa del sentimiento humano aún sospechoso de afectación y de “The Photo Album” un cuaderno de bitácora existencial todavía alejado de las esencias. Pero aquí, y ahora, no hay prueba del algodón que valga. No es necesaria. Las nuevas canciones de Death Cab For Cutie calan. Gritan libertad. Imploran perdón. Manifiestan arrepentimiento. Nos invitan al ensueño. Y Gibbard lo sabe. Vaya si lo sabe. “Siempre suele ocurrir que el último disco que grabas te parece el mejor que has hecho, pero te aseguro que estoy muy orgulloso de éste. Y estoy de acuerdo en que es lo mejor que he escrito. Siempre intentas ir mejorando en lo que haces, así que me gusta pensar que es el caso de este disco. Pero, eso sí, creo que la música y las letras tienen la misma importancia“. Seguro que es así. A decir verdad, sus predecesores adolecían de cierta planicie argumental plenamente superada ahora gracias a un trabajo mucho más arriesgado en lo compositivo y mucho menos genuflexo ante tótems que ya se antojan inevitables. Pero es en la escritura donde encontramos esos pasajes realmente excepcionales, en su transparencia y capacidad evocadora, que antaño sólo cabía intuir. En canciones como “Title And Registration”, “Tiny Vessels” o “A Lack Of Color” hay arrojo y valentía, pero sin bravuconadas. Chris Walla, guitarrista del grupo y productor del disco, también es consciente de que su compañero, esta vez, se ha salido. “Creo que, efectivamente, Ben escribe cada vez mejor. Siempre me ha impresionado su forma de escribir, pero su trabajo en este disco es más completo y más centrado que el que había llevado a cabo en el pasado. Se ha alejado de la abstracción para ahondar en el terreno de lo literal, así que en estas canciones la carga confesional es mayor que la de antaño y eso ayuda a dar veracidad a las historias que cuenta”.

Historias que acuden a lo metafórico pero que sortean con soltura las trampas del exceso -no resulta difícil terminar bogando, empapado, al ritmo cansino del tema titular. Historias que hacen foco en el detalle para ir abriendo un plano majestuoso y estremecedor en su belleza -busquen algunas de las estrofas del año en “Lightness”. Historias localizadas en espacios abiertos e inasequibles en los que la melancolía, el sentimiento de culpa y, claro, la necesidad de redención parecen flotar y desvanecerse al mismo tiempo.
Historias, en definitiva, cargadas de esa verdad acusadora que tanto escuece y que tanto puede llegar a doler, bien por contagio -(Walla) “Hubo algunos momentos, especialmente durante la grabación de las voces, que fueron realmente duros. Recuerdo especialmente cuando tocó hacer ´Passenger Seat´… se me cayeron algunas lágrimas. Esta es mi canción favorita y creo que es la mejor canción que Ben ha escrito jamás. La verdad es que no puedo estar más feliz con los resultados”, o de manera directa, aunque Gibbard parece portador de los anticuerpos apropiados: “Bien, a ti te parece el disco más triste que hemos hecho, aunque en mi opinión hay otros adjetivos más apropiados para definirlo, porque creo que en el disco hay una especie… uno puede encontrar cierta esperanza en el disco. Es un disco triste, de acuerdo, pero creo que es un disco post-depresivo”.

Sobrevolado por una serie de ideas -el tiempo y su inclemente poder erosivo, el viaje como vía de descubrimiento interior, la naturaleza como inagotable y necesario escenario de reencuentro íntimo, la explosión de vísceras y verdades que supone la adolescencia- presentes en el acervo de Gibbard desde que la banda existe, “Transatlanticism” apela a lo verosímil y desdeña la fabulación. Las palabras de Walla a este respecto no hacen sino confirmarlo. “La mejor literatura, para mí, es aquella que nace de lo que conoces o de lo que te gustaría conocer. En los últimos tres años hemos vivido completamente a tope, intentando mantener el equilibrio entre nuestras relaciones y la obligación de estar viajando continuamente. Así que pensamos en todas esas cosas, en el viaje, en la distancia, muy a menudo. Nuestra realidad, en pocas palabras, es esa. Algunas canciones están ficcionalizadas, pero en el fondo siempre hay algo verdadero o real: carreteras enormes, llamadas telefónicas torpes y a deshora intentando poner en orden las dificultades que tienes con la gente a la que quieres desde la distancia. Desde muy lejos”. Una realidad a la que Gibbard se enfrenta animoso y dispuesto a sacar partido literario. “El tema de los viajes siempre está presente. Creo que es material de primer orden, muy interesante. Evidentemente me encanta viajar y tengo la suerte de que además viajo constantemente para hacer lo que más me gusta, que es tocar mis canciones”. Canciones agridulces con las que el resto del grupo -que completan Nicholas Harmer y Jason McGerr- se identifica plenamente, haciéndolas suyas, compadeciéndolas desde el primer acorde. Canciones gestadas tras un arduo trabajo de estudio en el que costó tomar decisiones -(Gibbard) “Nos hemos tomado más tiempo que nunca con este disco, pero creo que también nos hemos implicado más que nunca, dando más vueltas a las canciones, trabajando mucho sobre las maquetas que teníamos y discutiendo mucho antes de hacer una puesta en común definitiva”– y que suponen la vuelta de Gibbard al estándar de trabajo tras su aventura epistolar junto a Jimmy Tamborello (Dntel) bajo el pabellón de The Postal Service, un proyecto, parece ser, marginal a pesar del cálido recibimiento del que ha disfrutado el estupendo “Give Up” (Sub Pop, 03), su primer envite. “Para mí es un proyecto secundario. Le presto menos atención y creo que para Jimmy es más o menos igual. Pero ha sido una buena experiencia, una forma estupenda de aprender a hacer canciones de una manera completamente distinta a la que estábamos acostumbrados”. Canciones que, de puro nítidas, pueden mermar notablemente el grosor de la agenda del cantante, porque remiten a terceras personas desde la primera del singular,- algo que según Walla no es nuevo: “Este no es el primer disco en el que hablamos de gente que existe, así que no creo que este sea un aspecto novedoso”– y que, con todo, no renuncian definitivamente ni al humor ni a la autoparodia, a pesar del tono grave del que hacen gala. “Ninguno de nosotros tiene miedo de crecer y hacerse mayor. Ben no bromea cuando en ´The Sound Of Settling´ dice ´No puedo esperar a volverme gris´. La verdad es que pintaría muy bien con un corte de pelo que resaltara su pelo entrecano. “The New Year´ se refiere a desilusiones que tienen más que ver con lo que se espera de un día en el que todo es artificio que con la idea de crecer y hacerse viejos: en realidad nochevieja no es más que otro día en el calendario”. Sí, aunque lo que se escapa al común es “Transatlanticism”, un disco que, como cualquier manifestación artística realmente importante, dice mucho de sus autores, pero que también es capaz de hablar de tú a tú a las personas implicadas en su escucha. Un trabajo perdurable que, a mi modo de ver, sitúa a los de Seattle en su techo expresivo y que, capricho mío, cómo no, debe ser archivado cerca de otras obras necesarias y definitivas como “Los vagabundos del Dharma” (Jack Kerouac, 58), “El amigo de las tormentas” (Surfin´ Bichos, 94) o “A Bout De Souffle” (Jean Luc Godard, 59). Palabras mayores, qué duda cabe.

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