La cantautora deconstruye el amor romántico en “Estómac” (Satélite K, 18), su octavo álbum. El más inspirado y vívido (y a la vez muy social), un ejercicio arrancado de sus entrañas y que lleva turbulencias personales a la música. Pasará este 7 de febrero por Madrid para presentarlo (Café Berlín).

¿Qué diferencia a un buen artista popular de uno malo? ¿Que es capaz de llevar lo personal a lo universal? ¿Que de una vicisitud, como todos las tenemos, puede desarrollar material que ayude, inspire o critique? Tal vez, y parafraseando a la propia Clara Peya en “Estómac”, lo del arte es poco más que un “destello de azahar”. Sea como sea, la catalana ha conseguido aunar en los trece temas que componen su séptimo largo cada una de las variables que había transitado durante su carrera: compromiso, ambición y vanguardia.

“El disco nace de un proceso muy concreto: quería hacer un álbum muy político”. Ahí había poco que rascar, creativamente hablando. Así lo explica Peya, al otro lado del hilo telefónico: “Al tiempo de empezar a componer vi que sólo sabía escribir sobre el amor. Lo acepté. El disco nace de la necesidad: mi cabeza no cree en el amor romántico pero tenemos una cultura basada en Disney y Hollywood que habla del amor como frustración”.

La cantautora explora los virajes en “Estómac”: cada uno de los temas se retuerce sobre sí mismo. De las composiciones y voces más dulces a las rupturas más crudas, a base de rap o electrónica. Un paseo por lo contrahegemónico, y de ahí tanto giro. Combatir lo normativo no es un camino de rosas. “En un momento dado de mi carrera me di cuenta del privilegio que suponía tocar el piano. Por ello empecé a sentir que tenía que hacer de mi arte una responsabilidad. Pero, ¿cómo desvincularme un poco de mí? Ahora soy más punzante. No importa si toco bien o mal el piano, mi música no va por ahí. Me gusta sentir”.

Tal vez ese rastreo por las entrañas, por pulir el ego para luego pasarlo a un plano más colectivo (enmarcado en las teorías feministas), haga de “Estómac” no sólo un ejercicio de denuncia, como había pasado en otros capítulos de su carrera, sino algo que destile duda y embrollo. En el mejor sentido. “Tierra de hielo” –más dura, más brusca, junto a Alessio Arena– convive bien con la seminal “Cicatrius”. ¿Cómo se traducirá esa montaña rusa al directo? “El directo es mucho más potente. Prefiero que me vengan a ver a que me compren el disco”, zanja.

Ha costado encontrar hueco para la charla. Peya, a la vez que prepara la gira que la llevará, entre otros, a Madrid (Café Berlín, 7 de febrero), ultima una obra sobre la obsesión, Suite Toc num. 6 (Sala Beckett). “Es mucho mejor estar obsesionarse con la música que con ninguna otra cosa. Suite Toc me ha llevado a cuestionar las etiquetas: ¿Qué podemos considerar enfermo? ¿Cómo generar estigma de alguien y que lo normal sea estar enganchado al móvil?”.