Encumbrados como acontecimiento antes de haber tenido siquiera tiempo de digerir lo que supone ser una banda, Westside Cowboy son los enésimos debutantes con ínfulas que Reino Unido nos regala. Los últimos finalistas en esta febril cadena de montaje en la que parece haberse convertido el pop británico, y cuyo objetivo con “It Goes On” (26), sin embargo, pasa por defender el derecho a no caer en el éxito pasajero de la mano de un disco deliberadamente imperfecto, y por ello mismo, hermoso.
Conviene separar el grano de la paja y mirar más allá del runrún de promesa mesiánica que se ha generado alrededor del jovencísimo cuarteto de las islas. Y es que, aunque formen parte irremediable de esa maquinaria que confunde descubrimiento con consagración, los de Mánchester parecen empeñados en reivindicar con su primer trabajo la música como ese territorio de evasión y libertad que los llevó a juntarse en primer lugar, aun a riesgo de terminar entregando con ello un debut que se comporta más como un work in progress que como la obra maestra definitiva que tantos le adjudican.
Así, y con Loren Humphrey (Geese, Wunderhorse) en nómina, la banda deja varias costuras a la vista que le distancian visiblemente de esa incontestable carta de presentación que todos quieren ver, echando mano de un repertorio plagado de crescendos redundantes y hasta de una cierta planicie dinámica que, especialmente en su segundo tramo, acaba amortiguando el énfasis inicial. Porque eso sí, el elepé arranca comiéndose el mundo. “Kick Stones (The Boys)”, ungida como joya de la corona con esa comunión eléctrica entre Reuben y Aoife, sale de los toriles destinada a funcionar con sorprendente inmediatez a través de su estribillo y su americanizada herencia estética. Rasgo que, por cierto, se convertirá en una seña recurrente en la firma del conjunto de aquí en adelante, con referencias cada vez más evidentes a un imaginario de otra latitud y otro tiempo, como ese riff en “Dobro”, descaradamente rescatado de T.Rex.
Los ecos a la tradición pop norteamericana continúan en “Well Done Kid, You Did It”, un desgarrador mano a mano entre la letanía melódica de Pavement y la angustia ensimismada de Dinosaur Jr. que encuentra en su respectiva acumulación vocal y percusiva los mimbres propios para un himno generacional en toda regla. De hecho, y aun sin la más mínima intención de erigirse como voceros de sus contemporáneos, el compacto nos regala varios guiños a la histórica incertidumbre del joven promedio, conscientes de un presente tan extraño como hostil donde demuestran que su músculo ni se agota ni se resiente entrando en el terreno más emocional ("Your panic feels more real than a thought", cantan en “Worried Age”, su personal oda a la desazón compartida).
La reiteración de ese mecanismo de combustión lenta y súbita deflagración empieza a dejar cierto poso de previsibilidad a partir de “Patchwork”, y cuando Aoife toma el absoluto mando en “Coyote” las comparaciones continúan siendo difíciles de eludir (con ese timbre que recuerda inexorablemente al folklorismo nasal de Adrianne Lenker); hechos que terminan por hacer aún más visible la naturaleza tentativa de un proyecto de enorme potencial escénico, pero con buena parte de su gramática todavía por resolver. Quizás convenga, por tanto, sustraerse al vértigo de la canonización temprana y poner este primer aldabonazo en el lugar que le pertenece: el de una prometedora primera piedra con un alcance llamado a dilatarse en sucesivas entregas.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.