La primera edición del ciclo “As Noites Do Parque” dejó en A Coruña dos noches para demostrar ese poderío femenino que habita en los escenarios de nuestro país. Dos noches para poner el foco en dos talentos cuya obra está marcada por la emoción, la sensibilidad y, al mismo tiempo, por dos formas completamente distintas de entender la música. La primera de ellas llevó hasta la ciudad herculina a Judeline (en la foto principal), inmersa ya en las últimas fechas de una extensa gira en la que “Bodhiria” ha ido dejando de ser únicamente un disco para convertirse en un universo propio, tras sumarse nuevos capítulos como el EP “VERANO SAUDADE” o singles recientemente publicados como “BESITO”. Y quizás por eso su visita tuviera algo de punto de encuentro entre la artista que todavía habita en “Bodhiria” –en sus canciones, sus personajes y esa atmósfera casi hipnótica que atraviesa buena parte de su propuesta–, y la artista que ha ido apareciendo por el camino, cada vez más segura de quién es y de todo lo que quiere contar.
Sobre el escenario, las propias canciones fueron importantes, pero casi nunca estuvieron solas. Luces, imágenes, movimiento y baile construyeron, alrededor de ellas, un espectáculo en el que lo visual funcionó como una extensión de la propia música. Porque es cierto que la música es lo más importante, pero hay ocasiones en las que una canción no termina de entenderse (o al menos no se interpreta igual) sin todo aquello que la rodea. Y Judeline ha sabido construir precisamente eso, un lenguaje propio en el que música, imagen y cuerpo forman parte de una misma historia. Un recorrido que también ha servido para comprobar cómo aquella artista que irrumpía con fuerza en 2024 ha ido creciendo hasta convertirse en una de las figuras más singulares y con más personalidad de la nueva escena. Pero, sobre todo, fue un viaje por la propia historia de Judeline. Una historia en la que resulta prácticamente imposible no volver la mirada no solo a su persona, si no también hacia Andalucía, hacia sus raíces y hacia esa identidad que, lejos de quedar en segundo plano, cada vez ocupa un espacio mayor dentro de su propuesta, luciend como pilar fundamental en el último tramo del directo.
Y si la andaluza convierte el escenario en un universo al que entrar, Valeria Castro consigue algo quizá todavía más difícil: que durante su actuación el público sienta que la artista está teniendo una conversación directa con cada uno de los asistentes. Su concierto fue, ante todo, emoción y silencio. Algo no tan habitual, pero que en noches como esta ayuda a engrandecer lo que está sucediendo. La artista canaria presentó un repertorio lleno de piezas que no dejan indiferente, que atraviesan y que encuentran lugares dentro de cada uno que quizá ni siquiera sabía que seguían ahí. De esas que hacen que quien está bien descubra que quizá no lo está tanto y que consiguen que quien llega roto pueda sentirse un poco mejor. Canciones que, en definitiva, acompañan. En eso ayuda, y mucho, la interpretación de una Valeria Castro que canta con la voz, pero también con la mirada, con los gestos, con cada expresión. Hay algo de pura verdad en su manera de interpretar, una forma de exponerse que hace que resulte prácticamente imposible permanecer al margen de lo que está sucediendo. Tampoco necesita exagerar la emoción, porque la emoción ya está ahí, en sus canciones y en la manera en que decide entregarlas.

Valeria Castro
Y en las letras, unas letras directas y crudas, que golpean de forma muy directa. Hay algo de otro mundo en verla sobre un escenario. Una maravilla que tiene mucho que ver con esa voz única, pero también con su capacidad para tornar cercana cada canción, incluso cuando habla de sentimientos que no sabemos explicar. Con ella, el tiempo pasa mientras el público se siente arropado. Y quizá ahí resida una de las mejores formas de resumir lo que provoca su directo: la sensación de que, durante un rato, alguien ha puesto palabras a aquello que se lleva dentro y no se sabe cómo decir. La sensación de que alguien está cantando para cada uno de los presentes. Y quizás ahí esté precisamente lo bonito de estas dos noches. Que no hace falta entender la música de la misma manera para conseguir algo tan difícil como hacer sentir. Por eso resulta tan complicado hablar solo de música y no de emociones. Porque al final lo que queda es todo aquello que provocaron cuando dejaron de ser solo canciones. Un universo al que entrar con Judeline; un lugar en el que sentirse arropado con Valeria. Dos maneras muy diferentes de hacerlo, pero dos noches de esas que, cuando terminan, todavía siguen abrigándote emocionalmente durante un espacio de tiempo.

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