Tonic Immobility
Discos / Tomahawk

Tonic Immobility

9 / 10
Adriano Mazzeo — 26-03-2021
Empresa — Ipecac
Género — Rock

Tomahawk es posiblemente el proyecto más inadaptado tanto del vocalista multi función Mike Patton (Faith No More, Mr Bungle) como del guitarrista lisérgico Duane Denison (The Jesus Lizard, Unsemble, Hank Williams III). A través de tres discos más menos geniales pero que no prescindieron de momentos desconcertantes y una maravilla conceptual (el imperdible “Anonymous”, en el que reinterpretaban el music book de las melodías aborígenes de Norteamérica), gestaron una carrera extraña, la cual siempre genera interés por el simple hecho de los laureles que poseen los músicos mencionados y los de quienes les acompañan, nada menos que Trevor Dunn en bajo (Mr Bungle, Melvins) y el baterista John Stanier (Helmet, Battles).

En “Tonic Immobility” la banda se muestra tan fiera y deforme como en su debut de 2001 o el “Mit Gas” de 2003, con la sorprendente diferencia de que este disco es aún más sólido que aquellas referencias ¿Ha llegado el momento de la madurez completa de Tomahawk? Parecería que sí. Todo lo que pudo haber derrapado en el pasado, se encauza genialmente en este disco, que cuenta con una impecable producción de Paul Allen.

“SHHH!” abre el juego a todo math rock. La digitación laberíntica de un Denison que sale con los dientes afilados se amalgama de maravillas con el amenazante pulso de Stanier: su golpe certero lo convierte en un cyborg de las baquetas. Aparece la primera distorsión de guitarra -que marcará varios momentos importantes del disco- en formato de riff rocker clásico mientras Patton divide su garganta entre la de un hardcoreta desaforado soulman robusto.

“Valentine Shine” toma la posta desde el estruendo y muestra una pesada y sofocante base de Dunn y Stanier, mientras Denison juega al punk rock disonante y Patton predica con desesperación, quedándose sin aire pero con maestría.

Para el tercer tema -“Predators & Scavengers”, que suena a comedia-metal, y esto no es peyorativo, sino todo lo contrario- ya podemos pensar que Tomahawk son unos geniales deformadores de los conceptos zappianos y crimsonianos más enrevesados, simplificándolos a tope, dándole un incontestable aura de violencia punk.

En “Doomsday Fatigue” aparece la faceta lounge del grupo, y resulta obvio decir que Patton brilla sin despeinarse, sobre todo en esa vocalización al comienzo que recuerda a Alice In Chains. Ojo, que sea lounge no quiere decir que no sea inquieto: hay una sensación de tensión constante que sobrevuela todo el disco, no importa si la banda está a los gritos o susurrando.

El primer corte, “Business Casual” no aporta demasiada novedad, podría ser parte del primer disco de la banda, pero aquí el que hace la diferencia es el productor ya que el sonido de la base es simplemente fascinante, al punto de dar nociones de “reemplazo de sonido” -sound replacing, una técnica de estudio que se usa para homogeneizar sonidos- en el perfecto golpe de Stanier.

Lo mismo sucede con “Howlie”, cinematográfica pieza que contiene un contundente riff en la vena del de “Digging The Grave”, de Faith No More.

Antes de entrar en un gran final digno de análisis particular, el resto de tracks sostienen el ritmo a fuerza de misterio (“Tattoo Zero”), brutales ondulaciones decibélicas (“Fatback”) y experimentación (“Eureka”).

El final es donde el disco finalmente se ubica un escalón por encima de sus predecesores. “Sidewinder”, que comienza como una pseudo balada soul en la que -otra vez- Patton enamora sobre una minimalista base de piano, de golpe vira al dramatismo más descarnado con un riff alla Robert Fripp, para luego pasar a un intermedio reflexivo en el que Patton vuelve a predicar, sufrir, desgarrarse, aconsejar en otra completa muestra de su delirante universo sin filtro.

“Recoil” es posiblemente la jugada más arriesgada del disco: ¡Tomahawk coqueteando con el reggae! ¿Quién lo hubiera esperado? En alguna entrevista con Greg Werckman -socio de Patton en Ipecac- se dijo que el único género que no se editó en ese sello era el reggae. Este tema no revierte la tendencia del todo, pero al menos fuerza a Patton a moverse -con torpeza e inocencia- en un género que le es ajeno por completo. Luego de salir de tierras jamaicanas a otro inspirado pasaje rocker gentileza de Denison, llegamos al corte que cierra el disco “Dog Eat Dog” en el que pasa un poco todo lo mencionado anteriormente en su justa medida, convirtiéndola en una de las canciones más redondas del catálogo de la banda.

Así están las cosas, el mundo está hecho una mierda comparado con lo que era en 2001, pero Tomahawk, como buenos bandidos que son, siguen a contramano y 20 años después de su debut firman el mejor disco de su carrera.

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